El drop es el número que todo el mundo lee en la ficha técnica de una zapatilla y casi nadie sabe explicar. Diez milímetros, cuatro, cero. Suena a dato de ingeniería, se vende como si fuera una filosofía y se discute en los grupos de corredores con fervor religioso. Debajo de todo ese ruido hay algo muy simple: una resta. Y alrededor de esa resta, una historia de cuñas de espuma, libros superventas, demandas millonarias y marcas que no miden igual.
Una resta, nada más
El drop, o desnivel, es la diferencia de altura de la suela entre el talón y la parte delantera del pie. Si el talón de una zapatilla tiene 34 milímetros de suela y la zona de los dedos tiene 24, el drop es de 10 milímetros. Si las dos alturas son iguales, el drop es cero y el pie va paralelo al suelo, como cuando estás descalzo.
Conviene no confundirlo con la altura total de la suela, lo que en inglés se llama stack height. Una zapatilla con 40 milímetros en el talón y 40 en el antepié tiene muchísima suela y un drop de cero. Una zapatilla fina, con 14 milímetros detrás y 4 delante, tiene poca suela y un drop alto, de 10. Son dos medidas distintas que cuentan dos cosas distintas: cuánto te separa del suelo y cuánto te inclina hacia delante.
La web de análisis de zapatillas RunRepeat clasifica las zapatillas de correr en cuatro grupos: drop cero, bajo (de 1 a 4 milímetros), medio (de 5 a 8) y alto (de 8 en adelante). En su base de datos de modelos medidos en laboratorio, los de drop alto son unas 18 veces más numerosos que los de drop cero. Las mediciones van desde 0,8 milímetros negativos, es decir, con el talón ligeramente más bajo que los dedos, hasta 16,1.

Dónde se mide, y por qué las marcas no coinciden
Una resta solo es fiable si todos restan en el mismo sitio. Según explica RunRepeat, la referencia más usada es la que fija World Athletics, la federación internacional de atletismo: la altura del talón se mide al 12 % del largo interior de la zapatilla y la del antepié, al 75 %. RunRepeat corta las zapatillas por la mitad para medir con calibre en esos dos puntos exactos.
Hacerlo así tiene consecuencias. En 2025, la web publicó un análisis de 122 zapatillas comparando el drop declarado por cada marca con el medido en su laboratorio. Algo más de la mitad se quedaba dentro de un margen razonable, con desviaciones de hasta el 19 %. Pero 15 modelos se desviaban más de un 50 %. El caso más extremo era una Skechers anunciada con 6 milímetros de drop que medía 16,1. En el lado contrario, una New Balance declarada con 8 se quedaba en 3,3. Por marcas, New Balance era la que más se alejaba de sus propias cifras, con un 34 % de desviación media, seguida de HOKA y ASICS. Nike y adidas eran las más cercanas, con un 10 y un 12 %.
La explicación no siempre es mala fe. Cada marca puede medir en puntos distintos, y si mides el antepié más atrás, hacia el centro del pie, la resta sale menor. La conclusión de RunRepeat, en todo caso, es poco tranquilizadora: ninguna marca es del todo fiable con sus cifras de drop. El número de la ficha es una pista, no una medida.

La cuña que lo empezó todo
El talón levantado de las zapatillas de correr tiene padre con nombre propio.
Bill Bowerman, entrenador de atletismo de la Universidad de Oregón y cofundador de Nike, era un manitas obsesionado con aligerar el calzado de sus corredores. La Nike Cortez, lanzada en 1972, incorporaba una cuña de espuma en el talón. Según recoge la historia del modelo, Bowerman pensaba que esa cuña empujaría al corredor hacia delante y le haría alargar la zancada. La idea triunfó, y el talón grueso y acolchado se convirtió en la norma. Todavía hoy, como hemos visto, los modelos de drop alto dominan con claridad las estanterías.
El libro que le dio la vuelta
En 2009, el periodista estadounidense Christopher McDougall publicó Nacidos para correr (Born to Run), la historia de los rarámuri, los corredores de larga distancia de la sierra Tarahumara de México, que corrían con sandalias finas. El libro fue un éxito enorme y desató la moda del minimalismo: correr descalzo o con zapatillas que casi no separaran el pie del suelo.
El símbolo de aquella época fueron las Vibram FiveFingers, unas zapatillas con un dedo para cada dedo del pie y prácticamente sin amortiguación. Y su caída es la mejor lección sobre lo que no se puede prometer con un zapato. La marca anunciaba que las FiveFingers reducían las lesiones y fortalecían los músculos del pie. Una corredora, Valerie Bezdek, la demandó alegando que esas afirmaciones no tenían respaldo científico. En 2014, según publicó Rubber News, Vibram aceptó pagar 3,75 millones de dólares para cerrar la demanda colectiva. Los compradores podían recibir hasta 94 dólares por par. No se juzgó si las zapatillas eran buenas o malas, sino algo más simple: no se pueden vender beneficios para la salud sin pruebas.

El drop cero nació en un horno de cocina
Del minimalismo salieron marcas que siguen hoy en las tiendas. Una de ellas nació en la trastienda de una zapatería de Orem, en Utah. Golden Harper, hijo del dueño de la tienda Runner’s Corner, empezó a cortar suelas de zapatillas y a recomponerlas con la ayuda de un horno tostador, rebajando la espuma del talón hasta dejarla a la altura de la parte delantera. Con varios socios fundó Altra en 2009, y convirtió el zero drop, el drop cero, en el centro de su marca.
Casi al mismo tiempo, otra marca, HOKA, llegaba en 2010 con la propuesta contraria en cuanto a altura: suelas enormes, muy gruesas. Las dos historias juntas desmontan la idea de que el drop y la amortiguación van de la mano. Puedes tener mucha suela con poco drop, o poca suela con mucho.

Qué cambia de verdad al pisar
Aquí es donde conviene bajar el tono y leer lo que dice la ciencia, que es bastante menos de lo que prometen los anuncios.
Primero, lo mecánico, que es evidente. Al levantar el talón, el pie queda inclinado hacia delante dentro de la zapatilla. Con un drop alto, el talón llega antes al suelo y se suele facilitar un apoyo de talón. Con un drop bajo o nulo, el pie va más horizontal, más parecido a ir descalzo, y se suele asociar con apoyos más hacia la mitad o la parte delantera del pie. Precisamente por eso, como recuerdan los propios investigadores, las zapatillas minimalistas se diseñaron reduciendo el drop.
Lo que mide la investigación es más matizado. En 2015, un equipo de la Universidad de Aix-Marsella y del laboratorio de ciencias del movimiento de Decathlon publicó en el European Journal of Applied Physiology un experimento con doce corredores. Corrieron descalzos y con zapatillas de 0, 4 y 8 milímetros de drop, en cinta y sobre suelo firme. Midieron la fuerza con la que el suelo empuja hacia arriba al apoyar el pie y lo rápido que sube esa fuerza en el primer instante del contacto, lo que se llama tasa de carga. También midieron los ángulos del pie, del tobillo y de la rodilla al tocar el suelo. Su conclusión: el drop sí influye en la forma de correr, pero sus efectos sobre esas fuerzas eran opuestos en la cinta y en el suelo. Pedían, literalmente, interpretarlos con cautela.
La segunda pieza es todavía más interesante, porque mira el largo plazo. En 2017, investigadores del Instituto de Salud de Luxemburgo publicaron en el Journal of Science and Medicine in Sport un ensayo aleatorizado y doble ciego con 59 corredores aficionados. Cada uno recibió, sin saber cuál, una zapatilla acolchada de 10, 6 o 0 milímetros de drop, y la usó durante seis meses o 500 kilómetros. De media corrieron 332. Al final, no encontraron cambios en el ritmo de zancada, la cadencia ni los ángulos de las articulaciones en el primer contacto que dependieran del drop. Solo apareció un efecto pequeño en un movimiento lateral de la rodilla, que no se sostenía al comparar los grupos uno a uno. Su conclusión es prudente pero clara: en zapatillas acolchadas normales, el drop no parece influir en la técnica de carrera a largo plazo.
Juntando ambas cosas, lo que se puede afirmar es poco y concreto. El drop cambia la geometría del pie dentro de la zapatilla y puede modificar cómo apoyas en una carrera puntual. A largo plazo, y dentro de las zapatillas acolchadas habituales, la evidencia disponible apunta a que cada corredor tiende a volver a su forma de correr. Todo lo que vaya más allá de eso, en un anuncio o en un foro, merece la misma pregunta que se hizo con las FiveFingers: dónde está la prueba.
Mucha suela, poco drop y un reglamento
La última vuelta de esta historia la dieron las llamadas superzapatillas, con suelas altísimas de espumas muy ligeras y una placa rígida, a menudo de fibra de carbono, dentro. Su llegada al asfalto fue tan rápida que la federación internacional tuvo que poner límites. En 2020, World Athletics fijó un máximo de 40 milímetros de suela para las zapatillas de competición, de 30 para las de clavos, y permitió una sola placa rígida por zapatilla. Su presidente, Sebastian Coe, lo justificaba así: no era su trabajo regular todo el mercado del calzado deportivo, sino preservar la integridad de la competición de élite.
Fíjate en que el reglamento limita la altura de la suela, no el drop. Una zapatilla puede rozar los 40 milímetros y tener un drop de 8, porque lo que importa a la federación es cuánta espuma hay bajo el pie, no cómo está inclinada.

El número que más se discute y menos se mide
El drop existe también fuera del deporte, aunque nadie lo llame así. Cualquier zapato con tacón tiene, a efectos prácticos, un drop: el talón queda más alto que los dedos. De hecho, esa inclinación se decide antes de fabricar el zapato, porque la horma ya nace con la altura de un tacón concreto. Un zapato de vestir con un tacón de dos o tres centímetros tiene una inclinación mayor que casi cualquier zapatilla de correr, y nadie lo anuncia en la caja.
Lo que hace especial al drop de las zapatillas es que se convirtió en argumento de venta. Es una cifra simple, fácil de comparar y con aspecto científico. Pero, como has visto, las marcas no siempre la miden igual, la investigación encuentra efectos más pequeños de lo que se cree y el reglamento de élite ni siquiera se fija en ella. Es una resta útil para describir una zapatilla. No es una receta. Y si correr te duele, esa conversación es con un profesional sanitario, no con una ficha técnica.
Fuentes
- RunRepeat, «Heel to toe drop: the ultimate guide» y «How brands’ heel-to-toe drop measurements differ from reality in running shoes» (actualizado el 9 de octubre de 2025).
- N. Chambon, N. Delattre, N. Guéguen, E. Berton y G. Rao (2015), «Shoe drop has opposite influence on running pattern when running overground or on a treadmill», European Journal of Applied Physiology 115(5): 911-918.
- L. Malisoux, P. Gette, N. Chambon, A. Urhausen y D. Theisen (2017), «Adaptation of running pattern to the drop of standard cushioned shoes: a randomised controlled trial with a 6-month follow-up», Journal of Science and Medicine in Sport 20(8): 734-739.
- Rubber News (9 de mayo de 2014), «Vibram agrees to pay $3.75 million to settle lawsuit».
- World Athletics, «World Athletics modifies rules governing competition shoes for elite athletes» (2020).
- Wikipedia, artículos «Nike Cortez», «Altra Running» y «Vibram FiveFingers», con sus referencias.
Créditos de las imágenes
- Nike Cortez: LeDroider. Dominio público (CC0), vía Wikimedia Commons.
- Diagrama del drop: feetkeepers.
- Nike Vaporfly cortada por la mitad: Seth James DeMoor. Licencia CC BY 3.0, vía Wikimedia Commons.
- Vibram FiveFingers Speed: CascadeUrbanite. Licencia CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.
- Altra The One: Whoisjohngalt. Licencia CC BY-SA 3.0, vía Wikimedia Commons.
- Nike Vaporfly Next: Hjfm 003. Licencia CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.
