Durante más de un siglo, el hombre más poderoso de Europa no salía de su cuarto sin tacones. Rojos, de unos diez centímetros, decorados con escenas de batalla. Luis XIV no se los ponía por coquetería ni por compensar su estatura, o no solo por eso. Se los ponía porque el tacón era, en ese momento, lo más masculino que un hombre podía calzarse. Venía de la caballería, olía a guerra y decía a gritos que quien lo llevaba no tenía que caminar mucho.
La parte conocida de esta historia es que los hombres llevaron tacones. La interesante es por qué dejaron de hacerlo, y quién se quedó con ellos.
Un invento para el estribo
El tacón no se inventó para andar. Se inventó para montar. «Durante siglos se llevó en todo el Próximo Oriente como calzado para cabalgar», explicaba en 2013 a la BBC Elizabeth Semmelhack, conservadora del Bata Shoe Museum, el museo del calzado de Toronto. La caballería persa combatía a caballo con arco, y para disparar el jinete se ponía de pie sobre los estribos. El tacón hacía de tope: impedía que el pie se deslizara hacia delante y le daba estabilidad para tensar la cuerda y apuntar.
La imagen más antigua que se suele citar está en un plato de cerámica excavado en Nishapur, en el actual Irán, de la época del Imperio samánida, entre los años 874 y 1005, que muestra a un soldado con una bota de montar con tacón, según la historia de los tacones masculinos publicada por Google Arts & Culture. En el siglo XVII, los jinetes persas llevaban tacones de unos dos centímetros y medio dentro y fuera del caballo. Y como tener caballos era cosa de ricos, el tacón empezó a significar algo más que una buena postura sobre la silla: dinero y poder. La BBC ilustraba su reportaje con un zapato persa de hombre del siglo XVII forrado de zapa, una piel de caballo a la que se le prensaban semillas de mostaza para darle su textura granulada. Un calzado de lujo, pensado tanto para lucirse como para montar.
La embajada de 1599
A finales del siglo XVI, el sah Abás I de Persia tenía, según la BBC, la mayor caballería del mundo, y buscaba aliados en Europa contra su gran enemigo, el Imperio otomano. En 1599 envió la primera misión diplomática persa al continente, que pasó por las cortes de Rusia, Alemania y España. A su paso se desató una moda por todo lo persa.
Los aristócratas europeos adoptaron el calzado de tacón con entusiasmo. Según Semmelhack, buscaban darse un aire viril y masculino que, de repente, solo parecía dar el tacón. En los retratos de la época, los hombres posan de forma que se les vean bien las piernas y los zapatos: medias ajustadas, calzones abombados y, abajo del todo, el tacón.
Cuando el tacón empezó a bajar por la escala social, la aristocracia respondió subiéndolo. En las calles embarradas de la Europa del siglo XVII, un tacón alto no tenía ninguna utilidad, y precisamente esa era la gracia. «Una de las mejores formas de transmitir estatus es la falta de practicidad», resume Semmelhack. Quien lleva unos zapatos con los que no se puede trabajar en el campo ni recorrer grandes distancias está diciendo que no lo necesita.


Mientras tanto, en Valencia
En la España de aquellos años, lo que levantaba del suelo a la gente con posibles no era el tacón. Era el chapín, y era cosa de mujeres. Según el vocabulario del comercio medieval que elabora la Universidad de Murcia, el chapín era un calzado femenino con suela de corcho que podía alcanzar los 21 centímetros de alto, sujeto con correas de cuero o cintas, y decorado con dorados, cuero pintado o incluso perlas y piedras preciosas.
Los acabados podían incluir pan de oro, plata, cintas de seda o terciopelo. El gran centro de producción estaba en Valencia, cuyos chapineros eran muy apreciados en toda Europa, aunque también se fabricaban en Sevilla, Córdoba o Toledo. Los documentos que recoge ese vocabulario dan una idea de su peso social. En 1317, el rey Jaime II recomendaba chapines a su hija. En 1545, el inventario de la reina Juana recogía más de 26 pares de distintos colores. Y los precios iban de unos pocos maravedíes a casi 2.800 por un par de lujo con plata, en 1488.
El chapín y su primo veneciano, el chopine, no eran tacones. Elevaban todo el pie sobre una plataforma. Lo que llegó de Persia era otra cosa: una pieza bajo el talón, nacida de la guerra y masculina desde el origen.

El rey que medía 1,63
Si hay un nombre propio en la historia del tacón masculino, es el de Luis XIV de Francia. Según la BBC, medía alrededor de 1,63 metros y se añadía unos diez centímetros con tacones, a menudo decorados con escenas de batalla. Tacones y suelas eran siempre rojos: el tinte era caro y el color tenía un aire marcial.
En la década de 1670, el Rey Sol dictó un edicto que reservaba los tacones rojos a los miembros de su corte. En teoría, bastaba con mirar al suelo para saber quién gozaba del favor del rey. En la práctica, circulaban imitaciones. La moda cruzó el canal de la Mancha: en su retrato de coronación de 1661, Carlos II de Inglaterra luce unos enormes tacones al estilo francés, y eso que, según la BBC, ya pasaba del metro ochenta y cinco.
El retrato más famoso de Luis XIV, pintado por Hyacinthe Rigaud en 1701, cuando el rey tenía 63 años, lo muestra con el manto de armiño, la peluca y, muy a la vista, sus zapatos de tacón rojo. Una de sus versiones cuelga hoy en el Museo del Louvre.

Qué lo cambió: primero, las mujeres
El primer giro llegó de un sitio inesperado. «En la década de 1630 había mujeres que se cortaban el pelo, añadían charreteras a sus trajes, fumaban en pipa y llevaban sombreros muy masculinos», cuenta Semmelhack. «Por eso las mujeres adoptaron el tacón: para masculinizar su atuendo.»
Durante unas décadas, la clase alta europea compartió un calzado prácticamente unisex. Hasta que, a finales del siglo XVII, los tacones empezaron a separarse. Helen Persson, conservadora del Victoria and Albert Museum de Londres, lo describe así: los hombres pasaron a llevar un tacón más cuadrado, robusto y bajo, mientras que el de las mujeres se volvió más fino y curvado. Las punteras femeninas se afilaban para que, al asomar bajo la falda, el pie pareciera pequeño. A lo largo del siglo XVIII, el zapato de hombre se hizo más ancho y sólido, y el de mujer, más estrecho y ornamental.
Después, la razón
El segundo golpe fue intelectual. La Ilustración trajo un nuevo respeto por lo racional y lo útil y puso la educación por delante del privilegio. La ropa masculina se volvió más práctica: en Inglaterra, los aristócratas empezaron a vestir prendas sencillas ligadas a la gestión de sus fincas. Es el comienzo de lo que el psicólogo británico John Flügel bautizó en 1930 como la Gran Renuncia Masculina: los hombres abandonaron las joyas, los colores vivos, los tejidos ostentosos y, con ellos, el tacón.
Semmelhack explica el trasfondo con una dureza que conviene citar entera. Empezó a discutirse cómo los hombres, fuera cual fuera su cuna, podían convertirse en ciudadanos si recibían educación. «A las mujeres, en cambio, se las veía como emocionales, sentimentales e imposibles de educar. El atractivo femenino empieza a construirse en torno a una moda irracional, y el tacón, una vez separado de su función original de montar a caballo, se convierte en el ejemplo principal de vestimenta poco práctica.»
El tacón pasó a considerarse una tontería afeminada. Hacia 1740, según la BBC, los hombres ya habían dejado de llevarlo. Google Arts & Culture adelanta la fecha a alrededor de 1730, como reacción a esa feminización.
Y al final, la guillotina
La Revolución francesa de 1789 terminó de enterrar el tacón como símbolo aristocrático. Y no solo en los hombres. Según la BBC, apenas cincuenta años después de que los hombres lo abandonaran, el tacón desapareció también de los pies de las mujeres, que pasaron a llevar calzado plano. Cuando volvió, a mediados del siglo XIX, ya lo hizo como una prenda exclusivamente femenina, y así se ha quedado en el imaginario hasta hoy.
Es una paradoja completa. El tacón nació como herramienta de guerra, se convirtió en símbolo de poder masculino, lo adoptaron las mujeres para parecer más masculinas y terminó etiquetado como el colmo de lo femenino e impráctico. Lo único que no cambió fue el objeto.
Los hombres que no se bajaron
Hubo hombres que nunca se bajaron del todo. Los vaqueros, para empezar. La bota de cowboy, con su tacón inclinado para encajar en el estribo, es la heredera directa de aquella bota de montar persa, según Google Arts & Culture, y nadie la ha considerado nunca poco viril. Su tacón anguloso se conoce también como tacón cubano, y en los años sesenta lo popularizaron los Beatles con sus botines. Cuenta la leyenda que en octubre de 1961 John Lennon y Paul McCartney vieron unas botas en una tienda de Chelsea y encargaron cuatro pares con tacón cubano para su nueva imagen. En los setenta llegaron las plataformas, y figuras como David Bowie llevaron el tacón masculino tan lejos como quisieron.
El Bata Shoe Museum dedicó a esta historia una exposición entera, «Standing Tall: A Curious History of Men in Heels», entre mayo de 2015 y mayo de 2016, para celebrar su vigésimo aniversario. Según la revista World Footwear, reunía calzado masculino de tacón de los siglos XVII y XVIII, botas militares de mediados del XIX, botas vaqueras de los años treinta, botas de motorista de los cuarenta, los botines originales de John Lennon de los sesenta y las plataformas de Elton John de los setenta. «Cuando los tacones se introdujeron en la moda a comienzos del siglo XVII, los hombres fueron los primeros en adoptarlos, y siguieron llevándolos como expresión de poder y prestigio durante más de 130 años», resumía Semmelhack, autora también del libro Heights of Fashion: A History of the Elevated Shoe.
Semmelhack no da la historia por cerrada. Preguntada por si los hombres volverán a llevar tacones, contestaba: «Por supuesto». Con una condición: «Si se convierte en un signo de poder real, los hombres estarán tan dispuestos a llevarlo como las mujeres».
Un tacón, al fin y al cabo, es una cuña bajo el talón, la misma que hoy se mide en milímetros en las zapatillas de correr y que en nuestro artículo sobre el drop de zapatilla explicamos con una resta. Lo que ha cambiado a lo largo de los siglos no es la pieza, sino quién tiene permiso para llevarla.

Fuentes
- William Kremer (25 de enero de 2013), «Why did men stop wearing high heels?», BBC News, con declaraciones de Elizabeth Semmelhack (Bata Shoe Museum) y Helen Persson (Victoria and Albert Museum).
- Maude Bass-Krueger, «The high-life: a history of men in heels», Google Arts & Culture.
- World Footwear, «New exhibition dedicated to heeled footwear in men’s fashion» (2015).
- Universidad de Murcia, Vocabulario del comercio medieval (Legado Gual Camarena), entrada «chapines».
- Wikipedia, artículo «Great Male Renunciation», con sus referencias a J. C. Flügel, The Psychology of Clothes (1930).
Créditos de las imágenes
- Luis XIV, por Hyacinthe Rigaud (1701). Dominio público, vía Wikimedia Commons.
- Sah Abás I, atribuido a Bishn Das. Dominio público, vía Wikimedia Commons.
- Los archiduques Alberto e Isabel visitando el gabinete de un coleccionista, de Jan Brueghel el Viejo y Hieronymus Francken II. Dominio público, vía Wikimedia Commons.
- Chapines venecianos, Metropolitan Museum of Art. Dominio público (CC0), vía Wikimedia Commons.
- Carlos II de Inglaterra, por John Michael Wright (detalle). Dominio público, vía Wikimedia Commons.
- Botas vaqueras de Tony Lama para George H. W. Bush, Archivos Nacionales de Estados Unidos. Dominio público, vía Wikimedia Commons.
