Bota o zapatilla de senderismo es una pregunta que casi siempre se responde con una frase hecha: la bota sujeta el tobillo y la zapatilla es más cómoda. Las dos mitades de esa frase son ciertas a medias, y la más peligrosa es la primera. Una caña alta y dura no es un seguro de vida, y un estudio de laboratorio lo dijo con todas las letras: rigidez no es lo mismo que seguridad. Lo que distingue de verdad una bota de una zapatilla no es la altura ni el aspecto, sino cuatro decisiones de construcción: cuánto sujeta la caña, cuánto se dobla la suela, cuánto pesa el conjunto y qué deja pasar el forro. Cada una cambia la forma de caminar, y cada una tiene su historia.
De los clavos a la goma
Durante siglos, el calzado de montaña se agarró a la roca con hierro. Las botas de cuero llevaban la suela cuajada de clavos, y uno de los más famosos tiene inventor conocido. Según recoge Wikipedia, el clavo Tricouni lo inventó en 1912 Félix-Valentin Genecand, un joyero de Ginebra apodado Tricouni que además era un alpinista conocido: hay un monte Genecand en la Antártida y un pico Tricouni en Canadá. Esos clavos, usados por montañeros y soldados, mejoraban el agarre en superficies muy distintas.
La goma llegó a la montaña tras una tragedia. Según la historia de la empresa que recoge la misma fuente, el 15 de septiembre de 1935 murieron en los Alpes italianos seis compañeros de escalada de Vitale Bramani, y parte de la culpa se atribuyó a un calzado inadecuado. Bramani se puso a diseñar una suela nueva. Dos años después la patentó y la sacó al mercado con un dibujo de tacos llamado Carrarmato, «carro armado», es decir, de oruga de tanque, con el respaldo económico de Leopoldo Pirelli, de los neumáticos Pirelli. Era de caucho vulcanizado y estaba pensada para agarrarse a todo tipo de superficies y resistir el desgaste. En julio de 1954, la expedición italiana que hizo la primera ascensión al K2 llevaba esas suelas. La misma empresa acabaría fabricando, décadas después, el calzado de dedos separados que contamos en el artículo sobre el drop de las zapatillas: del tanque a la piel casi desnuda.

La caña: sujetar no es lo mismo que proteger
La caña es la parte de la bota que sube por encima del tobillo. Su función es sujetarlo, y su precio es limitar lo que el tobillo puede hacer. En 2010, H. Böhm y M. Hösl publicaron en el Journal of Biomechanics un estudio con 15 adultos jóvenes y sanos que caminaron sobre grava gruesa con dos botas de montaña que solo se diferenciaban en la rigidez de la caña: una era un 50 % más dura que la otra. Midieron el movimiento de las piernas, las fuerzas y la actividad de los músculos. Partían de una sospecha: si la caña frena el tobillo, el tobillo pierde capacidad de empujar, otras articulaciones tienen que compensarlo, y la articulación que hay justo debajo del tobillo, la que permite al pie adaptarse a un suelo irregular, puede perder parte de esa capacidad.
Los resultados desmontan la frase hecha. La velocidad y los indicadores de estabilidad fueron los mismos con las dos botas. Pero la caña dura redujo el movimiento del tobillo y la energía que este absorbía al frenar cada paso, y la rodilla tuvo que compensarlo: los músculos se contraían más a la vez, unos contra otros, y absorbían más energía. Los autores concluyeron que la marcha con botas duras podía ser menos eficiente, que la rigidez y el bloqueo del tobillo no debían equipararse a seguridad, y que lo preferible podía ser un equilibrio entre sujeción lateral y movimiento natural del tobillo.
Otro estudio llegó a una conclusión parecida desde el empuje. En 2007, I. Cikajlo y Z. Matjačić, del Instituto de Rehabilitación de Eslovenia, compararon en la revista Ergonomics dos prototipos de bota de distinta rigidez con nueve personas, con y sin mochila. Para medir la rigidez de cada bota usaron un robot construido para la ocasión, que presionaba un modelo de pie metido dentro del calzado y registraba cuánto cedía. La bota con la caña más blanda permitía al tobillo moverse más, y eso se traducía en más potencia en el despegue, pasos más largos y una marcha más rápida. La mochila, en cambio, cambiaba sobre todo el movimiento de la pelvis y el tronco.
La suela: rígida bajo el pie, flexible en la caña
La segunda decisión es cuánto se dobla la suela. Una bota de montaña clásica lleva bajo el pie una placa rígida, pensada para que el pie no se doble sobre cada piedra del camino. Una zapatilla de trail suele prescindir de ella y dejar que el pie se doble. Las dos cosas tienen consecuencias en la mecánica que contamos en el artículo sobre cómo camina el pie: una suela rígida cambia cómo funciona el balancín del antepié y cuánto pueden doblarse los dedos para tensar el mecanismo de torno del arco.
Un equipo de la Universidad de Wollongong, en Australia, separó por primera vez las dos variables. En 2020, J. A. Dobson y sus colegas publicaron en Applied Ergonomics un estudio en el que 20 hombres caminaron sobre grava, en una superficie que imitaba el suelo de una mina de carbón, con cuatro botas que combinaban caña rígida o flexible y suela rígida o flexible. Ni la caña ni la suela cambiaron la comodidad percibida, pero las dos modificaron las presiones bajo distintas zonas del pie. Y cuando se les preguntó, los participantes preferían una combinación concreta: caña flexible con suela rígida. Explicaban su elección por el ajuste, la libertad de movimiento, el esfuerzo al caminar y la sujeción.
En 2022, el mismo equipo publicó en Ergonomics un estudio con otros 20 hombres sobre dos superficies de mina simuladas. La posición de la rodilla y la cadera no cambió, pero la combinación de rigidez de caña y de suela influía en la posición del tobillo y en la actividad de los músculos de la pierna en el momento del despegue. Su recomendación para los mineros, pensando en reducir tropiezos, fue evitar las botas de caña rígida, fuese cual fuese la flexibilidad de la suela.

Los tacos: el dibujo que se gasta
Bajo la suela, los tacos deciden el agarre. Su profundidad, su forma y su separación influyen en cómo muerden la tierra suelta, el barro o la roca, y en cuánto barro se queda atrapado entre ellos. Es lo que buscaba Bramani con su dibujo de oruga. Y todos se gastan.
La fotografía de abajo lo muestra mejor que cualquier explicación. Son tres pares del mismo modelo de calzado de montaña de una persona aficionada al senderismo del noroeste de Estados Unidos que, según su propia descripción, llevaba recorridos 3.300 kilómetros entre esos zapatos y unas zapatillas de correr. Retiró el último par tras una caminata de 47 kilómetros en dos días por el sendero de la Cresta del Pacífico. La foto deja ver cuánto dibujo se pierde con los kilómetros.

El peso, que se paga en cada paso
La tercera decisión es el peso, y aquí la diferencia entre bota y zapatilla es de las más claras. En 1969, Richard Soule y Ralph Goldman publicaron en el Journal of Applied Physiology un estudio clásico sobre el gasto de energía de cargar peso en distintas partes del cuerpo. Según los trabajos que lo citan, el mismo peso llevado en los pies costaba entre 4,7 y 6,3 veces más energía que llevado en el tronco, según la velocidad. En una jornada de montaña de miles de pasos, cada gramo de bota se multiplica. Lo contamos con un gráfico en el artículo sobre zapatos para viajar con maleta de mano.
La membrana: impermeable por fuera, transpirable por dentro
La cuarta decisión es el forro. Muchas botas, y también muchas zapatillas, llevan una membrana impermeable entre el forro y el exterior. La más conocida tiene una historia de accidente afortunado. Según recoge Wikipedia, en 1969 Robert Gore, hijo de Wilbert L. Gore, el fundador de la empresa W. L. Gore & Associates, estaba estirando varillas calientes de politetrafluoroetileno, el PTFE, el material del teflón. En lugar de estirarlas despacio, les dio un tirón brusco y acelerado, y el material se estiró de golpe alrededor de un 800 %, formando una estructura microporosa que era aproximadamente un 70 % aire. Así nació el PTFE expandido, que se vendería como Gore-Tex. En 1976 obtuvieron la patente estadounidense 3.953.566 para esa forma porosa del material, y ese mismo año la marca de montaña Marmot fue de las primeras en usarlo, en un saco de dormir.
El principio es sencillo: los poros son lo bastante pequeños como para impedir el paso del agua líquida y lo bastante grandes como para dejar pasar el vapor de agua. Es decir, la membrana impide que entre la lluvia y deja salir parte del sudor. Después llegaron otras patentes, como la de 1980 para un laminado impermeable, que es la forma en que la membrana se une a los tejidos de prendas y calzado. Wikipedia recuerda también que el PTFE es un compuesto de la familia de los PFAS.
El matiz importa porque el sudor que no sale tiene un coste. En 1999, investigadores del Instituto Nacional para la Vida Laboral de Suecia midieron con un pie térmico artificial que el sudor acumulado dentro del calzado reducía su aislamiento entre un 9 y un 36 %, según el ritmo de sudoración y el tipo de bota. Y las botas más abrigadas perdían, en proporción, más aislamiento que las finas. Una membrana impide que el agua entre desde fuera, pero el pie sigue sudando dentro, como contamos en el artículo sobre cuántos pares de zapatos necesitas. En un día de calor seco, ese forro puede trabajar en contra; en uno de lluvia y barro, a favor.

Lo que decide la elección
Con todo esto, la pregunta entre bota y zapatilla ya no es de estilo. Se responde con cuatro datos del recorrido. El terreno: roca suelta, pedregal y nieve piden más placa y más taco; un sendero de tierra compacta, menos. La carga: según el estudio esloveno, una mochila cambia sobre todo el movimiento del tronco y la pelvis. El tiempo: con lluvia y barro, una membrana tiene sentido; con calor seco, puede sobrar. Y la distancia: cuantos más kilómetros, más se paga cada gramo en los pies.
Y una advertencia del laboratorio para quien elija bota: según los estudios, la caña ayuda en lo que sujeta y cobra en lo que limita. Una caña que deja moverse al tobillo y una suela firme bajo el pie fue, en el estudio australiano, la combinación preferida por quienes la probaron.

Fuentes
- H. Böhm y M. Hösl (2010), «Effect of boot shaft stiffness on stability joint energy and muscular co-contraction during walking on uneven surface», Journal of Biomechanics 43(13): 2467-2472.
- I. Cikajlo y Z. Matjačić (2007), «The influence of boot stiffness on gait kinematics and kinetics during stance phase», Ergonomics 50(12): 2171-2182.
- J. A. Dobson, D. L. Riddiford-Harland, A. F. Bell, C. Wegener y J. R. Steele (2020), «Effect of shaft stiffness and sole flexibility on perceived comfort and the plantar pressures generated when walking on a simulated underground coal mining surface», Applied Ergonomics 84: 103024; (2022), Ergonomics 65(8): 1071-1085.
- R. G. Soule y R. F. Goldman (1969), «Energy cost of loads carried on the head, hands, or feet», Journal of Applied Physiology 27(5): 687-690.
- K. Kuklane, I. Holmér y G. Giesbrecht (1999), «Change of footwear insulation at various sweating rates», Applied Human Science 18(5): 161-168.
- Wikipedia, «Tricouni», «Vibram» y «Gore-Tex», y las referencias que citan; patentes estadounidenses US 3.953.566 (1976) y US 4.194.041 (1980).
Créditos de las imágenes
- Bota de montaña con clavos hecha a mano, Alpes Sarentinos: Bbb, con permiso del fabricante Josef Hochkofler. Licencia CC BY-SA 3.0, vía Wikimedia Commons.
- Suela Carrarmato: Hydrargyrum. Licencia CC BY-SA 3.0, vía Wikimedia Commons.
- Esquema de bota y zapatilla: feetkeepers.
- Suelas gastadas: brewbooks. Licencia CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia Commons.
- Membrana de PTFE expandido al microscopio: autor original en Wikipedia en francés, imagen mejorada por Abrev. Licencia CC BY-SA 3.0, vía Wikimedia Commons.
- Botas ante el Gran Cañón: Jensre. Dominio público, vía Wikimedia Commons.
