Por qué se arrugan los dedos en el agua tiene una respuesta que casi todo el mundo da por sabida y casi todo el mundo tiene mal. La piel no se arruga porque se empape como una esponja. Se arruga porque el sistema nervioso lo ordena. Es un proceso activo, con nervios y vasos sanguíneos de por medio, que solo ocurre en la piel sin pelo de las manos y de los pies. Y sigue abierta una discusión científica entretenida: si esas arrugas sirven para algo o son un efecto secundario sin función. Para quien se da un baño de pies al final del día, la pregunta tiene su gracia: lo que ve en las yemas no es la piel rindiéndose al agua, sino una respuesta del cuerpo.
La explicación que no era
La idea más extendida es que el agua entra en la capa externa de la piel, que se hincha y, como no tiene adónde ir, se pliega. Un equipo encabezado por M. Changizi la resumía en 2011, en la revista Brain, Behavior and Evolution, como la explicación que da la opinión popular: una reacción osmótica local. Y recordaba el dato que la desmonta. Hace casi un siglo, los cirujanos observaron que un dedo cuyo nervio se había cortado no se arrugaba en el agua. Si fuera solo cuestión de piel empapada, daría igual que el nervio estuviera o no.
Un estudio de 2005 publicado en el Journal of Hand Surgery lo confirmaba desde otro ángulo. N. Tsai y S. Kirkham, del hospital de Westmead, en Sídney, sumergieron las 28 manos de 14 voluntarios sanos en soluciones de distinta concentración, manteniendo igual todo lo demás. Cuanto más concentrada era la solución, más tardaban en aparecer las arrugas. El agua corriente, poco concentrada, es la que las provoca antes. Según la revisión que abre el estudio de 2014 del que hablamos más abajo, en el arrugado influyen la temperatura del agua, su acidez y su concentración.
Una orden de los nervios
Hoy se sabe que el arrugado depende del sistema nervioso simpático, la parte del sistema nervioso que funciona sin que lo decidamos, la misma que controla el sudor o el calibre de los vasos sanguíneos. Cuando la piel de las yemas lleva un rato en el agua, esos nervios ordenan a los pequeños vasos de debajo que se contraigan. Con menos sangre, la yema pierde volumen. Y como la piel de la superficie está anclada a las capas inferiores, no puede encogerse sin más: se pliega.
En 2019, el neurofisiólogo Antonin Gechev, del Royal Free de Londres, lo vio por dentro con ecografías de la yema de los dedos de manos y pies, publicadas en Scientific Reports. Antes y después del arrugado midió unos espacios llenos de líquido en la pulpa de la última falange, entre los tabiques de tejido conjuntivo que la sostienen. Después de la inmersión, esos espacios se reducían a la mitad de su superficie. La yema se vacía por dentro y la piel se arruga por fuera.
Los números de Gechev son precisos. Antes del baño, esos espacios oscuros en la ecografía ocupaban alrededor del 12,9 % de la superficie de tejido blando de la última falange; después, en torno al 6,6 %. La superficie total de la yema apenas cambiaba, ni tampoco la de los tabiques más densos que la sostienen: lo que se movía era el líquido entre ellos. Los tabiques, como pilares, se retraían y convergían hacia el centro, y los espacios entre ellos se aplanaban justo debajo de los surcos de la piel. Gechev llegó a descartar otra explicación posible, la de la grasa de la yema, que pasa de sólida a líquida en torno a los 35 grados: si fuera eso, el agua caliente no tendría por qué reducir el volumen.

Solo en la piel sin pelo
Las arrugas aparecen en las palmas, en las plantas y en los dedos, y no en el dorso de la mano ni en el empeine. Es la llamada piel glabra, la que no tiene pelo. Según una hipótesis de 2013 de E. P. Wilder-Smith, la diferencia está en su anatomía: la piel de palmas y plantas es muy porosa al agua, tiene una red de vasos especializada y muy rica en nervios simpáticos, y un anclaje de la epidermis particular, adaptado para agarrar.
Es también la piel con más glándulas sudoríparas del cuerpo. Según la revisión de los fisiólogos Nigel Taylor y Christiano Machado-Moreira de 2013, la planta del pie tiene de media unas 294 glándulas por centímetro cuadrado, más que la palma de la mano, como contamos en el artículo sobre cuántos pares de zapatos necesitas. Las manos y los pies son, en ese sentido, zonas muy especiales de la piel: hechas para el contacto, la humedad y el agarre.
Esa abundancia de glándulas podría tener que ver con el arrugado. Según recoge la introducción del estudio berlinés de 2014, otros investigadores han propuesto que el agua entra en la piel a través de los conductos del sudor, altera el equilibrio de sales en el tejido y eso dispara la orden nerviosa de contraer los vasos. Es una hipótesis sobre el disparador, no una certeza, pero encaja con que las arrugas aparezcan justo donde más conductos hay.
Y en los pies, igual
Casi todos los estudios se hacen con las manos, por pura comodidad: es más fácil meter una mano en un recipiente y luego pedirle a alguien que mueva canicas. Pero el fenómeno es el mismo en los pies. Los autores berlineses lo describen en la piel sin pelo de los dedos, las palmas y las plantas, y Gechev midió con el ecógrafo tanto las yemas de los dedos de las manos como las de los dedos de los pies, con el mismo resultado. Si la hipótesis del neumático fuera cierta, tendría también su lógica en los pies: unos dedos que agarran mejor sobre roca mojada.

¿Un dibujo de neumático?
Si el cuerpo se toma la molestia de arrugar los dedos de forma activa, cabe pensar que sirve para algo. Changizi y sus colegas propusieron en 2011 una respuesta sugerente: las arrugas serían como el dibujo de un neumático de lluvia. Analizaron 28 dedos de 13 manos en fotografías publicadas en internet, compararon sus surcos con las redes que forma el agua al bajar por las laderas de una montaña y concluyeron que tenían las propiedades características de una red de drenaje, capaz de evacuar el agua de la superficie que se agarra. Es decir, un dedo arrugado podría agarrar mejor en mojado, igual que un neumático con surcos se pega mejor a una carretera mojada.
La idea se puso a prueba dos años después. En 2013, K. Kareklas, D. Nettle y T. V. Smulders, de la Universidad de Newcastle, publicaron en Biology Letters un experimento en el que personas con los dedos arrugados y sin arrugar tenían que trasladar objetos. Con los dedos arrugados, movían más deprisa los objetos sumergidos; con objetos secos, las arrugas no cambiaban nada. Los autores concluyeron que el resultado apoyaba la hipótesis de que las arrugas mejoran el manejo de objetos mojados.
En 2014, un equipo de Berlín, con J. Haseleu como primera autora, repitió la prueba a mayor escala en PLoS One. Arrugaron los dedos de 40 personas sumergiendo las dos manos en diez litros de agua a 40 grados durante 30 minutos, y les pidieron trasladar 32 canicas de cristal, bolas de goma, dados de plástico y pesas de latón. También midieron su sensibilidad táctil con dos pruebas distintas. El arrugado no mejoró la destreza con objetos mojados ni cambió ninguna medida de sensibilidad. Concluyeron que las arrugas no parecían tener un efecto significativo en esas tareas.
El estudio berlinés tenía un diseño cuidadoso. Participaron 15 hombres y 25 mujeres de entre 22 y 35 años, divididos en dos grupos con dos versiones del aparato, una de ellas con el agujero de paso a 75 centímetros de altura. Quienes hacían primero la prueba con los dedos arrugados se lavaban las manos, se las secaban y esperaban 30 minutos a que desaparecieran las arrugas antes de repetirla sin ellas. Los autores apuntaban además otra posible explicación del fenómeno, todavía por demostrar: que la contracción de los vasos en manos y pies sumergidos en agua caliente fuera un mecanismo de protección, el equivalente inverso de lo que hacen los vasos de los dedos cuando se enfrían.
Así que la pregunta sigue abierta. El mecanismo está claro; la función, no tanto.

Siempre el mismo dibujo
Hay un último detalle curioso. En 2025, R. Laytin y G. K. German, de la Universidad de Binghamton, en Nueva York, publicaron en el Journal of the Mechanical Behavior of Biomedical Materials un estudio sobre la forma de esas arrugas. Fotografiaron las yemas de los dedos arrugados en dos momentos distintos y compararon los surcos. Su razonamiento era que, si el arrugado depende de vasos que se contraen y esos vasos están siempre en el mismo sitio, el dibujo debería repetirse. Y se repetía: la orientación de las arrugas coincidía de forma significativa entre una vez y otra. Cada dedo tiene, por así decirlo, su propio mapa de arrugas.
El baño de pies como costumbre
Para mucha gente, el lugar donde más se ve todo esto no es la bañera, sino un barreño de agua caliente al final del día. En Japón, el baño de pies tiene incluso su propia arquitectura pública. La foto que abre este artículo es la de la estación de Kawayu Onsen, en el pueblo de Teshikaga, en Hokkaido, donde los viajeros pueden meter los pies en agua termal mientras esperan el tren, sentados en bancos de madera alrededor de una pila. Según recoge Wikipedia, un ashiyu, palabra que combina los caracteres de pie y de agua caliente, es un baño público para los pies, casi siempre gratuito, que se encuentra en las esquinas de los pueblos con aguas termales, en estaciones de tren, áreas de descanso y parques. Se mete el pie y la pierna hasta la rodilla, sin desvestirse; al contrario que en las termas, no hace falta lavarse antes con jabón, y en algunos sitios privados se pide un donativo de menos de cien yenes para el mantenimiento.


Quien saca los pies de un ashiyu, o de un barreño en casa, y se los encuentra arrugados, está viendo exactamente lo mismo que miden los laboratorios: un dedo que ha perdido volumen por dentro porque sus nervios han dado una orden. Y es pasajero: un rato después de salir del agua, la yema recupera su forma. En el estudio berlinés, con secarse las manos y esperar media hora bastaba.
Si la piel de tus pies cambia de forma que no se va o te preocupa, quien tiene que verla es un podólogo o un médico.
Fuentes
- M. Changizi, R. Weber, R. Kotecha y J. Palazzo (2011), «Are wet-induced wrinkled fingers primate rain treads?», Brain, Behavior and Evolution 77(4): 286-290.
- N. Tsai y S. Kirkham (2005), «Fingertip skin wrinkling: the effect of varying tonicity», Journal of Hand Surgery (British) 30(3): 273-275.
- A. Gechev (2019), «Fluid containing structures in the tips of the fingers and toes delineated by ultrasound imaging before and after induced skin wrinkling», Scientific Reports 9: 1640.
- E. P. Wilder-Smith (2013), «Aquagenic wrinkling of the palms is due to vasoconstriction of palmar skin vasculature», Medical Hypotheses 81(5): 963-965.
- N. A. S. Taylor y C. A. Machado-Moreira (2013), Extreme Physiology & Medicine 2: 4.
- K. Kareklas, D. Nettle y T. V. Smulders (2013), «Water-induced finger wrinkles improve handling of wet objects», Biology Letters 9(2): 20120999.
- J. Haseleu, D. Omerbašić, H. Frenzel, M. Gross y G. R. Lewin (2014), «Water-induced finger wrinkles do not affect touch acuity or dexterity in handling wet objects», PLoS One 9(1): e84949.
- R. Laytin y G. K. German (2025), «On the repeatability of wrinkling topography patterns in the fingers of water immersed human skin», Journal of the Mechanical Behavior of Biomedical Materials 165: 106935.
- Wikipedia, «Ashiyu», y las referencias que cita.
Créditos de las imágenes
- Baño de pies de la estación de Kawayu Onsen: Yasu. Licencia CC BY-SA 3.0, vía Wikimedia Commons.
- Esquemas del arrugado y del neumático: feetkeepers.
- Dedos arrugados: Sebastian Wallroth. Licencia CC BY 3.0, vía Wikimedia Commons.
- Ama no Ashiyu, Hita: STA3816. Licencia CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.
- Baño de pies de Onogawa: 妖精書士. Dominio público (CC0), vía Wikimedia Commons.
