Tacones cómodos existen, y no gracias a una plantilla de gel comprada a última hora: la comodidad de un tacón se decide en la mesa de diseño, mucho antes de que nadie se lo pruebe. Dos zapatos con la misma altura pueden sentirse como objetos distintos según el largo y el ángulo del asiento donde se apoya el talón, la curva de la pieza rígida que va bajo el arco, el grosor de la base o la plataforma de la parte delantera. Todo eso se ha medido en laboratorio. La altura importa, y mucho, pero no lo explica todo: la otra mitad es ingeniería.
Qué hace un tacón con el peso
Para entender por qué un tacón resulta más o menos llevadero hay que empezar por lo que hace: inclinar el pie hacia delante. En 1994, R. E. Snow y K. R. Williams, de la Universidad de California en Davis, pusieron a 11 mujeres a caminar con zapatos de tres alturas, de 1,91, 3,81 y 7,62 centímetros, y lo publicaron en Archives of Physical Medicine and Rehabilitation. De pie, la fuerza que cargaba el antepié, la zona de la planta bajo los dedos y la base de los dedos, aumentaba con la altura del tacón. Al caminar, el tobillo trabajaba cada vez más extendido, en punta, y las fuerzas contra el suelo crecían. Un dato menos conocido del mismo estudio: no encontraron diferencias significativas en la curvatura media de la zona lumbar ni en la inclinación de la pelvis entre las tres alturas.
Un trabajo posterior de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Hong Kong resumía así aquel resultado: un tacón de 75 milímetros puede desplazar la carga del antepié desde alrededor del 39 % del peso del cuerpo hasta alrededor del 57 %. Es decir, con un tacón de siete centímetros y medio, más de la mitad del peso se apoya en la parte delantera del pie.
En 2005, un equipo de la Universidad Médica de China, en Taiwán, comparó en 20 mujeres jóvenes un zapato plano, uno de 3,8 centímetros y otro de 7,6, y lo publicó en Foot & Ankle International. La incomodidad que declaraban aumentaba con la altura. Con el tacón alto, la presión que antes recibían el talón y la parte media de la planta se trasladaba al lado interior del antepié. Y tres variables medidas, la presión máxima en esa zona, la fuerza del impacto y el primer pico de la fuerza vertical contra el suelo, explicaban por sí solas el 75,6 % de las diferencias de comodidad al caminar con tacón. La comodidad, en otras palabras, se puede medir, y depende de dónde y con qué fuerza se carga el pie.

El asiento del talón: largo y ángulo
Si el tacón empuja el peso hacia delante, el diseño puede empujarlo un poco hacia atrás. La pieza clave es el asiento del talón, la superficie interior donde descansa el talón dentro del zapato. En 2009, el equipo de Hong Kong de C. P. Witana y Ravindra Goonetilleke lo estudió con un aparato propio, un simulador de plantillas que permitía cambiar a voluntad la forma de la superficie de apoyo, y publicó los resultados en la revista Ergonomics. Treinta y dos mujeres probaron distintas combinaciones de altura de tacón, largo del asiento e inclinación de ese asiento, lo que se llama ángulo de cuña.
Lo que mejor se sentía dependía de la altura. Con un tacón de 25 milímetros, el ángulo preferido estaba en 4 o 5 grados. Con 50 milímetros, en 10 u 11. Con 75 milímetros, en 16 o 18. El modelo estadístico que construyeron explicaba alrededor del 80 % de la sensación de comodidad a partir de tres cosas: la superficie de contacto entre el pie y el zapato, la presión máxima en la planta y el porcentaje de fuerza que cargaba el antepié. Los autores concluían que tanto el ángulo como el largo del asiento tienen un papel importante en cómo se siente un zapato de tacón.

Dos años después, Thilina Weerasinghe y el propio Goonetilleke afinaron la idea con 12 mujeres de pie sobre el mismo simulador, con tacones de 50 y 75 milímetros. Compararon un asiento corto, de 45 milímetros, con otro que medía lo mismo que el talón real de cada participante, que en ese grupo iba de 62 a 67 milímetros. El asiento a la medida del talón daba más superficie de contacto y menos presión máxima en el antepié, y la combinación mejor puntuada lo incluía. Encontraron además que la comodidad subía cuanto más atrás quedaba el centro de presiones, el punto donde se concentra el peso sobre la planta. Su explicación era anatómica: el pie solo se dobla por sus articulaciones, así que la superficie del zapato tiene que encajar no solo con la piel, sino con la estructura de huesos que hay debajo. Con un asiento de 45 milímetros, el talón sencillamente no apoya bien.
El cambrillón y la curva bajo el arco
Entre el asiento del talón y la zona donde apoya la base de los dedos hay un tramo que en un zapato de tacón queda en el aire: el enfranque. Para que no se hunda, lleva dentro una pieza rígida, el cambrillón, que hace de puente. SATRA, el centro técnico británico del calzado, lo describe en uno de sus boletines como una fuente de soporte oculta del zapato: tiene que ser lo bastante rígido para mantener su forma bajo carga, pero no quebradizo, y aguantar sin romperse los ciclos repetidos de carga y descarga de cada paso. SATRA tiene un ensayo específico, el TM97, para medir la resistencia a la fatiga de los cambrillones de acero: sujeta la pieza por detrás, como iría en el zapato, y la dobla una y otra vez.

El problema viene de lejos. El 7 de mayo de 1918, Lee Ora Cobler y Joseph E. Deandrea, de Dallas, en Texas, obtuvieron la patente estadounidense 1.265.056 para un refuerzo de cambrillón con placa de tacón. Su punto de partida era que en los zapatos de mujer, sobre todo los de tacón alto estilo Luis XV, el cambrillón de la suela, hecho de cuero, cartón prensado o acero, no bastaba para evitar que el tacón se combara, se aflojara y acabara rompiéndose por el frente. Su solución fue una placa metálica que se fijaba a la suela y a la parte superior del tacón para atarlo todo.
La forma de esa curva también cuenta. En 2011, Yan Cong, Winson Lee y Ming Zhang, de la Universidad Politécnica de Hong Kong, publicaron en Acta Mechanica Sinica un estudio sobre la curva del enfranque en zapatos de tacón. Midieron que, con un tacón de 75 milímetros, la altura del arco de la planta llegaba a 7,6 milímetros de media. La norma china recomendaba para esa altura de tacón una profundidad de horma de 8,5 milímetros en esa zona. Al probar una curva más profunda, de 11 milímetros, la presión máxima del antepié bajó todavía más en la mitad del apoyo, mientras la del medio pie subía sin pasar de los umbrales de incomodidad. Los autores proponían curvas algo más profundas de lo que se venía usando. La idea de fondo es que el cambrillón no solo sostiene, también reparte.
La cuña que nació de un embargo
La historia más famosa del cambrillón es la de su ausencia. El zapatero italiano Salvatore Ferragamo reforzaba sus zapatos de tacón con cambrillones de acero metidos en el arco, según cuenta el museo del Fashion Institute of Design & Merchandising de Los Ángeles. Cuando Italia invadió Etiopía en 1935, la Sociedad de Naciones impuso sanciones económicas al país y a Ferragamo le costó conseguir acero. Empezó a probar otros materiales, entre ellos el corcho, elástico y capaz de sostener, y de ahí salió su famosa cuña, un tacón que ocupa todo el hueco bajo el arco y elimina el puente que había que reforzar. La fecha exacta de la invención varía según la fuente entre 1936 y 1937, y no hemos podido consultar la patente original.
El éxito fue rápido. En mayo de 1938, Vogue dedicó dos páginas a diez pares de cuñas para todas las ocasiones, y la cuña siguió de moda durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el cuero y el metal escaseaban para la población civil y la suela se podía hacer de corcho o de madera. El museo lo resume con una frase que es pura biomecánica: para quien buscaba comodidad, las cuñas ofrecían una plantilla mullida y la relativa estabilidad de una base ancha.
Fino o ancho: lo que cambia la base
La base del tacón también deja huella en la planta. En 2020, un equipo chino con colaboradores de Pittsburgh puso a 20 mujeres a caminar en una cinta con zapatos de tacón fino y de tacón grueso a tres alturas, de 3, 6 y 8,2 centímetros, y con un zapato plano de referencia. Lo publicaron en el Journal of Orthopaedic Surgery. Comparados con los gruesos, los tacones finos aumentaban la superficie de contacto y la presión máxima bajo el dedo gordo y la cabeza del primer metatarsiano, el hueso largo que lleva a ese dedo. Y a más altura, más se desplazaba la presión hacia delante y menos recorrido hacía el centro de presiones a lo largo del pie.

El tacón de aguja es la versión extrema de una base fina, y técnicamente es una proeza. Los tacones muy finos de plástico moldeado se refuerzan por dentro con una espiga de acero. SATRA tiene dos ensayos pensados para ellos: el TM20, un ensayo de impacto lateral para tacones de mujer de más de 38 milímetros, especialmente útil para los tacones de plástico moldeado reforzados con una espiga de acero, y el TM21, que mide cuánto aguanta el tacón los impactos repetidos de caminar: lo golpea una y otra vez cerca de la punta, con una fuerza fija, hasta que se rompe. Quién lo inventó sigue en discusión. El Victoria and Albert Museum de Londres recoge que a Roger Vivier se le atribuye la creación del tacón de aguja; en 1954 diseñaba zapatos para Christian Dior. Pero un anuncio de prensa de 1952 ya ofrecía «el nuevo tacón stiletto del que habla Vogue», junto a unos salones con amortiguación de goma espuma.
Una presión que los monumentos no aguantan
Una base pequeña concentra mucho peso en poca superficie, y eso lo sufre también el suelo. La cuenta es nuestra y sirve solo para hacerse una idea: si una persona de 60 kilos apoya en un instante todo su peso sobre una tapa de un centímetro cuadrado, la presión ronda los 60 kilos por centímetro cuadrado, unas 58 atmósferas. Sobre un tacón ancho de 30 centímetros cuadrados, ese mismo peso se queda en unos 2 kilos por centímetro cuadrado.

Grecia tomó nota. En mayo de 2009, según contó la radio pública estadounidense NPR, las autoridades griegas anunciaron que prohibirían los tacones altos, la comida y la bebida en las representaciones celebradas en monumentos históricos, por el desgaste que causaban. Uno de los monumentos afectados era el Odeón de Herodes Ático, un teatro de piedra construido en el año 161 al pie de la Acrópolis, bajo cuyas gradas de mármol los equipos de mantenimiento habían retirado el año anterior casi 27 kilos de chicle. No hemos podido consultar el texto legal que la recogió, así que no podemos confirmar su alcance ni las multas que a veces se citan.
La plataforma y la altura que de verdad cuenta
Una plataforma bajo la parte delantera del zapato no es un adorno: resta inclinación. Es geometría. Lo que inclina el pie no es la altura total del tacón, sino la diferencia entre la altura a la que queda el talón y la altura a la que queda la base de los dedos. Un tacón de 10 centímetros con una plataforma de 3 deja el pie con la misma pendiente que un tacón de 7 sin plataforma. Es la misma idea que en las zapatillas de correr se llama drop, como contamos en el artículo sobre el drop de zapatilla: cualquier zapato con tacón tiene uno, aunque nadie lo anuncie en la caja.
La plataforma, eso sí, añade otras cosas: peso, una suela más gruesa y más rígida que se dobla peor bajo los dedos y más distancia entre el pie y el suelo. Ningún estudio de los que hemos revisado mide todo eso junto, así que la plataforma no es una solución mágica, solo una forma de cambiar la pendiente.
Lo que va dentro del zapato
La superficie que toca el pie también se puede diseñar. En el estudio de Taiwán de 2005, una plantilla de contacto total, moldeada para seguir la forma de la planta, redujo la presión máxima en el lado interior del antepié, y lo curioso es que su efecto era mayor cuanto más alto era el tacón. En 2018, un equipo del Hospital Universitario de Copenhague, en Hvidovre, comparó en la revista Ergonomics unos zapatos de aguja normales con otros que ya traían de fábrica una almohadilla bajo la base de los dedos, un soporte de arco y una talonera. En 22 mujeres que los llevaron varios días de trabajo, los segundos registraron menos presión bajo la base de los dedos y bajo el talón, y mejor puntuación de comodidad en el antepié y en el talón.
Las dos pruebas apuntan a lo mismo que el simulador de Hong Kong: cuanta más superficie del pie apoya en el zapato, menos se concentra el peso en unos pocos puntos. Un tacón no deja de inclinar el pie por llevar algo mullido dentro, pero el reparto cambia.
La zapatilla de tacón de 1925
La foto que abre este artículo es de unas zapatillas de lona con tacón de hacia 1925, de fabricante desconocido, que conserva el Bata Shoe Museum de Toronto. Son la demostración de que la idea de un tacón que se pudiera llevar sin pensar en él no es de ahora.
Un siglo después, el diseño de un tacón cómodo sigue las mismas reglas físicas: un asiento que encaje con el talón real y tenga el ángulo adecuado para su altura, un cambrillón rígido sin ser quebradizo, una base que no concentre todo el peso en un punto, una plataforma si se quiere restar pendiente y un interior que apoye toda la planta. Y una horma pensada para esa altura desde el principio, porque un tacón no se le añade a un zapato: el zapato entero se construye a su alrededor, como explicamos en cómo se fabrica un zapato. Para saber cómo fue el tacón antes de ser cosa de mujeres, está la historia del tacón de hombre.
Fuentes
- R. E. Snow y K. R. Williams (1994), «High heeled shoes: their effect on center of mass position, posture, three-dimensional kinematics, rearfoot motion, and ground reaction forces», Archives of Physical Medicine and Rehabilitation 75(5): 568-576.
- W. H. Hong y otros (2005), «Influence of heel height and shoe insert on comfort perception and biomechanical performance of young female adults during walking», Foot & Ankle International 26(12): 1042-1048.
- C. P. Witana, R. S. Goonetilleke y otros (2009), «Footbed shapes for enhanced footwear comfort», Ergonomics 52(5): 617-628.
- T. W. Weerasinghe y R. S. Goonetilleke (2011), «Center of pressure variations in high-heeled shoes», Proceedings of the Human Factors and Ergonomics Society Annual Meeting 55: 1640-1644.
- Y. Cong, W. C. C. Lee y M. Zhang (2011), «Regional plantar foot pressure distributions on high-heeled shoes: shank curve effects», Acta Mechanica Sinica 27(6): 1091-1097.
- J. Shang y otros (2020), «Influences of high-heeled shoe parameters on gait cycle, center of pressure trajectory, and plantar pressure in young females during treadmill walking», Journal of Orthopaedic Surgery 28(2).
- J. Ø. Penny y otros (2018), «Can an off-the-rack orthotic stiletto alter pressure and comfort scores in the forefoot, arch and heel?», Ergonomics 61(8): 1130-1138.
- SATRA, «Testing of shanks for high-heeled footwear»; métodos TM20, TM21 y TM97.
- L. O. Cobler y J. E. Deandrea, patente estadounidense 1.265.056, «Shank stiffener and heel plate for shoes» (1918).
- FIDM Museum, «Embroidered evening wedge shoes, late 1930s».
- Victoria and Albert Museum, zapato de salón de Roger Vivier para Christian Dior, 1954.
- NPR, «Heels, food banned from ancient Greek sites», 18 de mayo de 2009.
Créditos de las imágenes
- Zapatillas de tacón de hacia 1925, Bata Shoe Museum (Toronto): Daderot. Dominio público (CC0), vía Wikimedia Commons.
- Esquema de las piezas de un zapato de tacón: feetkeepers.
- Gráfico del ángulo del asiento del talón: feetkeepers.
- Dibujo de la patente 1.265.056 de L. O. Cobler y J. E. Deandrea (1918): Oficina de Patentes de Estados Unidos. Dominio público.
- Anuncio de tacones de aguja de 1952: autor desconocido. Dominio público, vía Wikimedia Commons.
- Odeón de Herodes Ático, Atenas: Laurens R. Krol. Licencia CC BY 4.0, vía Wikimedia Commons.
