Suela rígida o flexible es una de esas discusiones en las que casi todo el mundo opina y casi nadie sabe qué se está midiendo. El pie se dobla por un sitio muy concreto, la base de los dedos, y lo hace en cada paso. Lo que pongas debajo decide si esa bisagra trabaja libre, si la frenas o si la sustituyes por una palanca. Los laboratorios llevan casi treinta años metiendo placas de fibra de carbono en zapatillas para ver qué pasa, y el resultado no es el que venden ni los fans de ir descalzo ni las marcas de superzapatillas: una suela más rígida puede costarte más energía o ahorrártela según a qué velocidad vayas.
Rígida, pero ¿en qué sentido?
Los mocasines de la imagen de arriba, hechos por el pueblo pies negros a finales del siglo XIX con piel de ciervo curtida, cuentas de vidrio y algodón según el Museo de Arte de Honolulu, están en un extremo de esta historia. En el otro hay una placa de fibra de carbono. Entre los dos, cuando se habla de la rigidez de una suela se mezclan tres cosas distintas.
La primera es la flexión longitudinal: cuánto cuesta doblar la suela a la altura de los dedos, el movimiento que hace el pie al despegar del suelo. Es la que más se estudia. En el laboratorio se mide con una máquina: se sujeta la parte del talón y se empuja la puntera para doblarla alrededor del eje de la base de los dedos. Un equipo de la Universidad Tecnológica de Chemnitz y de Harvard lo describió así en 2020: la fuerza se aplica a 50 milímetros de ese eje, la puntera sube y baja 40 milímetros, y a partir de la fuerza y el ángulo se calcula el par necesario. La rigidez es cuánto par hace falta por cada grado de giro.
La segunda es la torsión: cuánto cuesta retorcer la suela sobre su eje largo, como quien escurre una toalla.
La tercera es el enfranque, la cintura estrecha de la suela entre el tacón y la planta, que en muchos zapatos lleva una pieza de refuerzo para que no se hunda ni se doble por donde no debe.
Las dos primeras importan tanto que en 2015 un panel internacional de 42 expertos de 11 países las metió en la definición de zapatilla minimalista. Según el estudio, publicado en el Journal of Foot and Ankle Research por un equipo de la Universidad Laval, en Quebec, el 95 % de los participantes aceptó esta definición: calzado que interfiere lo mínimo con el movimiento natural del pie por su alta flexibilidad, su poco drop, su poco peso y poca altura de suela, y la ausencia de dispositivos de control del movimiento y de estabilidad. En su índice de minimalismo, la flexibilidad es uno de los cinco apartados, con el mismo peso que los demás, un 20 %, y se divide en dos: longitudinal y de torsión. El drop, otro de esos cinco, lo explicamos en el artículo sobre el drop de las zapatillas.

Una bisagra que pierde energía
Para entender qué hace una suela rígida hay que mirar primero la bisagra que tiene encima. La articulación metatarsofalángica une los metatarsianos, los huesos largos del pie, con los dedos. Al final del apoyo, el talón se levanta y los dedos se doblan hacia arriba. Es el mismo movimiento que tensa la fascia plantar y pone en marcha el mecanismo de torno que contamos en el artículo sobre cómo camina el pie.
En 1997, Darren Stefanyshyn y Benno Nigg, del laboratorio de rendimiento humano de la Universidad de Calgary, en Canadá, midieron cuánta energía se movía en esa articulación. Analizaron a diez atletas entrenados, cinco corredores de fondo y cinco velocistas, y publicaron el resultado en el Journal of Biomechanics. Como los dedos se doblan hacia arriba durante casi todo el apoyo mientras la fuerza intenta enderezarlos, la articulación absorbía mucha energía: de media, 20,9 julios por apoyo corriendo y 47,8 esprintando. Y casi no la devolvía: los dedos no se volvían a estirar con fuerza en el despegue, así que esa energía se disipaba en las estructuras del pie y del zapato.
Esa observación lo cambió todo. Si la base de los dedos funciona como un sumidero de energía, una suela que impida que se doble tanto podría reducir la pérdida.
Placas de carbono antes de las superzapatillas
La placa de fibra de carbono dentro de la suela no la inventaron las zapatillas de maratón de los últimos años. El mismo laboratorio de Calgary ya la estaba probando a finales de los noventa.
En el año 2000, Stefanyshyn y Nigg publicaron en Medicine & Science in Sports & Exercise un experimento con placas de carbono metidas en la entresuela. Las placas no hacían que la articulación de los dedos almacenara y devolviera más energía, pero sí reducían la que se perdía allí, tanto corriendo como saltando. En un grupo de 25 personas, el salto vertical fue de media 1,7 centímetros más alto con las zapatillas rígidas.

En 2004, Stefanyshyn y C. Fusco lo llevaron a la pista de velocidad. Probaron a 34 atletas con sus propias zapatillas de clavos y con tres versiones cada vez más rígidas, y midieron el tiempo entre los 20 y los 40 metros de un esprint de 40 metros a máxima velocidad. De media, más rigidez significó mejores tiempos. Pero hubo un matiz que sigue vigente: la rigidez con la que cada atleta corría más rápido era distinta, y no dependía de su peso, su altura, su talla de pie ni su nivel. Los autores apuntaron, como hipótesis, a diferencias individuales en cómo trabajan los músculos de la pantorrilla.
En 2006, J. P. Roy y Stefanyshyn midieron la economía de carrera, es decir, cuánto oxígeno gasta un corredor a una velocidad dada. Con 13 participantes, la entresuela rígida ahorró en torno a un 1 % de energía, y el ahorro era mayor cuanto más pesaba el corredor. Curiosamente, la placa no redujo la energía absorbida en los dedos, así que el mecanismo exacto quedó sin explicar.

Doce años después llegó la cifra que dio la vuelta al mundo. En 2018, un equipo de la Universidad de Colorado en Boulder dirigido por Wouter Hoogkamer publicó en Sports Medicine que unas zapatillas prototipo, que combinaban una espuma nueva muy blanda y elástica con una placa rígida, reducían el gasto energético de 18 corredores de alto nivel en un 4 % de media frente a dos zapatillas de maratón establecidas, con el peso igualado. Conviene saber de dónde salió el dinero: el estudio lo financió un contrato de Nike con la universidad, dos autores eran empleados de la marca y otro era consultor pagado. En 2022, el mismo grupo midió que el ahorro de esas zapatillas bajaba a un 2,8 % cuesta arriba y a un 2,7 % cuesta abajo, frente al 3,8 % en llano. El efecto es de la espuma y la placa juntas, no de la placa sola. Las normas que llegaron después para limitar estas suelas en competición las contamos en el artículo sobre el drop.
¿Y qué hace la placa con la mecánica del cuerpo? Menos de lo que parece. Una revisión sistemática con metaanálisis publicada en 2026 en Frontiers in Sports and Active Living, que reunió 15 estudios, no encontró cambios consistentes con las zapatillas de placa de carbono en la rigidez de la pierna ni en la potencia de la rodilla, la cadera o la base de los dedos. Solo apareció una reducción en el límite de la significación en la potencia del tobillo. Los autores hablan de adaptaciones sutiles.
Una marcha más para el tobillo
La explicación más interesante llegó de un laboratorio que estudia la marcha, no la carrera. La idea es la de una bicicleta: el pie funciona como una palanca, y una suela rígida desplaza el punto donde el pie empuja contra el suelo más hacia delante. Eso cambia la relación entre lo que hace el músculo de la pantorrilla y lo que llega al suelo, como cambiar de piñón.
Hace mucho que se sabe que el pie tiene sus propias marchas. En 1979, el anatomista danés F. Bojsen-Møller publicó en el Journal of Anatomy un estudio sobre dos formas de despegar. En la que llamó marcha larga, el antepié rota de forma que carga más el lado del dedo gordo, la articulación del mediopié se bloquea, la fascia plantar se tensa mejor y el pie se convierte en una palanca rígida para impulsarse. En la marcha corta, la planta se inclina hacia dentro, la articulación queda suelta y la carga pasa por el borde exterior del pie.
En 2020, S. F. Ray y K. Z. Takahashi, de la Universidad de Nebraska en Omaha, añadieron una marcha que el pie no tiene. Publicaron en Scientific Reports un experimento con plantillas de fibra de carbono de distinta rigidez a tres velocidades de marcha. Las plantillas rígidas aumentaron la palanca del pie sobre el suelo y la fuerza media del sóleo, uno de los músculos de la pantorrilla, en un 15,9 %. Y en el gasto de energía pasó algo que no esperaría nadie que crea que hay una suela buena y otra mala: con las plantillas más rígidas, caminar a 1,25 metros por segundo, unos 4,5 kilómetros por hora, costó un 9,6 % más de energía, pero a 2 metros por segundo, unos 7,2 kilómetros por hora, costó un 7,1 % menos. La misma suela, castigo a ritmo de paseo y ayuda a ritmo de prisa.

El mismo grupo, ya en la Universidad de Utah, siguió tirando del hilo. En 2025 publicó en el Journal of Applied Physiology que esa fuerza extra del sóleo con plantillas de 1,6 y 3,2 milímetros no aumentaba de forma significativa el gasto estimado del propio músculo, probablemente porque sus fibras se acortaban más despacio. Y en 2026, en PeerJ, probó plantillas rígidas con 19 personas mayores, de 70 años de media, caminando en llano y en pendiente: el momento máximo en el tobillo subió en torno a un 10 % con la plantilla más rígida, pero ni la rodilla, ni la cadera, ni el gasto metabólico cambiaron de forma consistente.
La curva de la puntera
Hay otra forma de lidiar con una suela que no se dobla: curvarla. Si dejas un zapato sobre una mesa, la puntera no toca la superficie, sino que se levanta. En inglés se llama toe spring. En el artículo sobre la horma de zapato contamos que esa curva viene de la propia horma, y que los zapateros la ajustan junto con la altura del tacón. Se suele decir que ayuda a que el pie ruede hacia delante. Casi nadie lo había medido.
En 2020, F. Sichting, N. B. Holowka, O. B. Hansen y Daniel Lieberman, de Chemnitz, Buffalo y Harvard, publicaron en Scientific Reports el primer experimento controlado. Fabricaron sandalias con una placa de fibra de vidrio curvada bajo los dedos en cuatro ángulos, 10, 20, 30 y 40 grados, con una rigidez parecida a la de las zapatillas comerciales, y pusieron a caminar a 13 personas de entre 19 y 33 años en una cinta, descalzas y con cada sandalia.
Los números son claros. Descalzos, los dedos llegaban a doblarse unos 41 grados en el despegue; con cualquiera de las sandalias, en torno a 31. Y cuanto más curvada estaba la puntera, menos trabajo tenía que hacer la articulación de los dedos: el trabajo negativo, la energía que absorbe, bajó de 2,81 julios descalzo a 1,81 con la curva de 40 grados. Según los autores, eso ayuda a explicar por qué la puntera levantada lleva siglos en los zapatos: la curva hace parte del trabajo que, si no, harían los dedos.
Llevada al extremo, esa idea es la suela de balancín, curvada por debajo como la base de una mecedora. Una revisión sistemática de 2026 en el Journal of Bodywork and Movement Therapies reunió 28 estudios, casi todos de marcha, y encontró que con esas suelas el apoyo dura menos, los pasos son más frecuentes y más cortos, y el tobillo se mueve menos y genera menos potencia en el despegue. Es lo esperable: si la suela rueda por ti, el tobillo tiene menos que hacer.
El enfranque, la cintura del zapato
La otra rigidez, la del enfranque, tiene una historia mucho más de taller. Es la parte de la suela que va en el aire en un zapato de tacón y que tiene que aguantar el peso sin hundirse. El 7 de mayo de 1918, la oficina de patentes de Estados Unidos concedió a L. O. Cobler y J. E. Deandrea la patente 1.265.056 para un refuerzo de enfranque y una placa para sujetar el tacón, pensados tanto para fabricar zapatos como para repararlos. Según la descripción que acompaña al documento, servía para evitar que los tacones se torcieran, se soltaran o se rompieran porque los enfranques de las suelas, hechos de cuero, de cartón prensado o de acero, no siempre eran capaces de sostener el tacón.

Dentro de la fábrica, la rigidez también dependía del material de la suela. El boletín del Departamento de Agricultura de Estados Unidos de 1952 que citamos en el artículo sobre cuántos pares de zapatos necesitas advertía que las suelas de cuero al cromo enceradas podían ser rígidas al principio, que esa rigidez solía desaparecer tras llevarlas poco tiempo, y que eran demasiado rígidas para zapatos de vestir. Los distintos cueros de suela los explicamos en el artículo sobre el curtido del cuero.
En la montaña, el enfranque se convierte en una placa entera. En el artículo sobre bota o zapatilla de senderismo contamos el estudio de la Universidad de Wollongong en el que los participantes, caminando sobre grava, preferían una suela rígida con una caña flexible.
Pedalear sobre una tabla
Hay un deporte en el que la suela rígida no se discute: el ciclismo. Una zapatilla de ciclismo no tiene que doblarse, porque el pie no rueda sobre ella, sino que empuja un pedal.
En 2003, N. E. Jarboe y P. M. Quesada, de la Universidad de Louisville, publicaron en Foot & Ankle International una comparación de dos pares del mismo fabricante y la misma talla, idénticos salvo por la suela: uno de compuesto de fibra de carbono y otro de plástico. La de carbono era un 42 % más rígida a flexión longitudinal y un 550 % más en una prueba de flexión en tres puntos. Pedaleando sentados a una potencia fija de 400 vatios, la presión máxima bajo el antepié fue un 18 % mayor con la suela de carbono: 121 kilopascales frente a 103.
Cuarenta y un grados
Juntando todo, hay pocas cosas firmes y bastantes matices. La base de los dedos absorbe energía en cada paso y casi no la devuelve. Una suela más rígida o más curvada reduce el trabajo de esa articulación y desplaza la palanca del pie hacia delante. Eso se ha traducido en saltos más altos, esprints más rápidos y carreras más económicas en algunos estudios, pero la rigidez que mejor funciona cambia de una persona a otra, y caminando ha resultado una ayuda a paso rápido y un lastre a paso de paseo. Y la placa de carbono por sí sola no reorganiza la mecánica de la pierna: las grandes cifras llegaron cuando se combinó con espumas nuevas.
Un pie descalzo dobla los dedos unos 41 grados al despegar. Todo lo que le pongas debajo empieza por decidir cuántos de esos grados le dejas.
Fuentes
- D. J. Stefanyshyn y B. M. Nigg (1997), «Mechanical energy contribution of the metatarsophalangeal joint to running and sprinting», Journal of Biomechanics 30(11-12): 1081-1085.
- D. J. Stefanyshyn y B. M. Nigg (2000), «Influence of midsole bending stiffness on joint energy and jump height performance», Medicine & Science in Sports & Exercise 32(2): 471-476.
- D. Stefanyshyn y C. Fusco (2004), «Increased shoe bending stiffness increases sprint performance», Sports Biomechanics 3(1): 55-66.
- J. P. Roy y D. J. Stefanyshyn (2006), «Shoe midsole longitudinal bending stiffness and running economy, joint energy, and EMG», Medicine & Science in Sports & Exercise 38(3): 562-569.
- W. Hoogkamer y otros (2018), «A comparison of the energetic cost of running in marathon racing shoes», Sports Medicine 48(4): 1009-1019.
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- S. Giachetti Martin y otros (2026), «Carbon plates in running shoes biomechanics: a systematic review and meta-analysis», Frontiers in Sports and Active Living 8: 1764338.
- F. Bojsen-Møller (1979), «Calcaneocuboid joint and stability of the longitudinal arch of the foot at high and low gear push off», Journal of Anatomy 129(1): 165-176.
- S. F. Ray y K. Z. Takahashi (2020), «Gearing up the human ankle-foot system to reduce energy cost of fast walking», Scientific Reports 10: 8793.
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- D. J. Davis y otros (2026), «Can increasing footwear bending stiffness ameliorate age-related mechanical and metabolic deficits in walking?», PeerJ 14: e21563.
- F. Sichting, N. B. Holowka, O. B. Hansen y D. E. Lieberman (2020), «Effect of the upward curvature of toe springs on walking biomechanics in humans», Scientific Reports 10: 14643.
- M. Arazpour y otros (2026), «The impact of custom-made rocker sole shoes on biomechanical parameters of the lower limb during gait and running: a systematic review», Journal of Bodywork and Movement Therapies 46: 80-98.
- J. F. Esculier y otros (2015), «A consensus definition and rating scale for minimalist shoes», Journal of Foot and Ankle Research 8: 42.
- N. E. Jarboe y P. M. Quesada (2003), «The effects of cycling shoe stiffness on forefoot pressure», Foot & Ankle International 24(10): 784-788.
- L. O. Cobler y J. E. Deandrea, patente de Estados Unidos 1.265.056, «Shank-stiffener and heel-plate for shoes» (1918).
- F. P. Veitch, R. W. Frey y H. P. Holman, Leather Shoes: Selection and Care, Farmers’ Bulletin 1523, Departamento de Agricultura de Estados Unidos (1927, revisado en 1952).
Créditos de las imágenes
- Mocasines del pueblo pies negros (finales del siglo XIX), Museo de Arte de Honolulu: Hiart. Dominio público (CC0), vía Wikimedia Commons.
- Esquema de los tipos de rigidez y gráfico de los experimentos: feetkeepers.
- Réplica de las zapatillas de Jesse Owens (1936), Museo Alemán del Deporte y de los Juegos Olímpicos: New York-air. Licencia CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.
- Zapatillas de clavos antiguas: SovalValtos. Licencia CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.
- Patente 1.265.056 (1918): L. O. Cobler y J. E. Deandrea, Oficina de Patentes de Estados Unidos. Dominio público, vía Wikimedia Commons.
