Las poulaines fueron la prueba de que ninguna moda es demasiado absurda si la lleva la gente adecuada. Durante más de un siglo, los hombres más elegantes de Europa caminaron con zapatos cuya punta se alargaba varios centímetros más allá de los dedos, rellena de musgo para que no se doblara. Un monje inglés las llamó garras del demonio. La Iglesia las prohibió a sus clérigos. Y el Parlamento de Inglaterra acabó legislando cuántas pulgadas de pico podía llevar cada cual, con multas para el que se pasara y para el zapatero que se lo fabricara. Lo mejor de esta historia es que casi todo está escrito en los documentos de la época, y algunos de los tópicos que se repiten sobre ella no lo están.
Un nombre que viene de Polonia
El nombre ya cuenta de dónde se creía que venía la moda. Según la etimología que recoge la Wikipedia en inglés a partir del Oxford English Dictionary, poulaine viene del francés medio souliers à la poulaine, zapatos a la polaca. En Inglaterra se les llamó crakows, por Cracovia, entonces capital de Polonia. Y los textos ingleses del siglo XV hablan sin más de pikes, picos, y de poleyns.
La idea de un zapato con pico no era nueva. En 1215, el IV Concilio de Letrán, una de las grandes asambleas de la Iglesia medieval, dedicó su canon 16 a cómo debían vestir y comportarse los clérigos. Según la traducción que publica el Medieval Sourcebook de la Universidad de Fordham, les prohibía usar ropas rojas o verdes, guantes cosidos con capricho, zapatos en forma de pico, bridas, sillas, pretales y espuelas doradas, o cualquier otra cosa que indicara superfluidad. Un siglo y medio antes de que la moda estallara, la punta ya era sinónimo de vanidad.
«Garras de demonios», según un monje de 1362
El testimonio más vivo llega de un monasterio inglés. El Eulogium historiarum, una crónica escrita por un monje anónimo de la abadía de Malmesbury, incluye en su entrada del año 1362 una lista furiosa de las novedades de la ropa de su tiempo. Según la edición del texto latino que publicó F. S. Haydon en la serie Rolls, el cronista escribe que la gente lleva zapatos con pico de un dedo de largo a los que llaman crakowes, y que más bien parecen garras de demonios que adornos de hombres. Después dispara contra quienes los llevan: se diría, escribe, que son más tañedores y truhanes que barones, más histriones que caballeros, más mimos que escuderos. Leones en el salón, liebres en el campo. En latín, la frase central suena todavía más dura: potius judicantur ungulae daemonum quam ornamenta hominum. En la misma entrada, el monje se escandaliza de los cinturones de oro y plata: los ricos los llevaban por valor de 20 marcos, y la gente de condición media, como los escuderos, por cinco marcos o veinte chelines, aunque no tuvieran veinte peniques en la bolsa.
El editor del texto, en su prefacio, ya avisaba de que la descripción parecía bastante exagerada y que quizá se notaba en ella la amargura de alguien a quien le estaban vedadas las vanidades que condenaba. Aun así, el dato importante es la fecha y la medida. En 1362, el pico medía un dedo, y la moda ya tenía nombre polaco.
La reina que no la trajo
La historia más repetida sobre las poulaines en Inglaterra dice que llegaron con Ana de Bohemia, la esposa del rey Ricardo II. Su origen escrito está en John Stow, el anticuario autor del Survey of London, una descripción de la ciudad calle por calle cuyo texto de 1603 se conserva. Al describir el barrio de Bread Street, Stow cuenta que desde el quinto año de Ricardo II, es decir, desde 1382, cuando el rey se casó con Ana, hija del rey de Bohemia, los ingleses habían usado, a ejemplo de ella, zapatos con pico, atados a las rodillas con cordones de seda o con cadenas de plata y dorado.
El problema es la cronología. Si el monje de Malmesbury ya se quejaba de los crakowes en 1362, la moda estaba en Inglaterra veinte años antes de la boda. Lo que sí aportó Stow, a falta de otra fuente de la época que lo confirme, es una imagen memorable: la punta tan larga que había que sujetarla a la pierna para poder andar. Stow escribía más de dos siglos después, así que conviene leerlo como lo que es: un recuerdo de lo que se contaba en su tiempo, no un testigo.
Musgo, cuero y una punta de más de diez centímetros
La arqueología de Londres permite tocar el zapato. El London Museum conserva una poulaine de finales del siglo XIV encontrada en el yacimiento de Baynard’s Castle, junto a la orilla del Támesis y cerca del antiguo Guardarropa Real, por lo que algunos de los zapatos hallados allí podrían tener relación con la corte. Solo se ha conservado la parte de arriba, probablemente de piel de becerro, con un cierre lateral y una decoración de bandas de ante que forman una celosía. Mide 315 milímetros de largo. Según el museo, los zapatos de punta larga tenían que rellenarse de musgo o de pelo para que mantuvieran la forma, y algunas de esas puntas pasaban de los 100 milímetros.

Un zapato así es mucho más que una suela con pico. La punta no tiene pie dentro, así que es un tubo de cuero vacío que, sin relleno, se doblaría y se arrastraría por el suelo con cada paso. El musgo hacía de horma interior permanente. Cómo se cosía un zapato de aquella época, con la técnica de la suela vuelta, lo contamos en el artículo sobre cómo se fabrica un zapato, y la historia de la horma que da forma a la puntera, en el de la horma de zapato.
En el Museo Arqueológico de Haarlem, en los Países Bajos, se expone otro ejemplo de lo lejos que llegaba el capricho. Según su cartela, es un zapato decorado encontrado en mayo de 1999 en una excavación a orillas del río Spaarne, fechado entre 1300 y 1350, con el empeine calado y un pájaro en relieve en la puntera, una decoración que no se había encontrado antes en los Países Bajos. El museo cree que probablemente se hizo para ocasiones especiales, para una dama o un caballero acomodados.

Dos pulgadas, y ni una más
La moda no se quedó en la ropa de calle. En la colección de armas y armaduras del Kunsthistorisches Museum, en el palacio del Neue Burg de Viena, se conservan los zapatos de armadura del emperador Maximiliano I, obra del armero Lorenz Helmschmied hacia 1485: escarpes de placas articuladas que terminan en una punta de acero larguísima. La poulaine se llevaba incluso a la guerra, o al menos a los torneos.

Para entonces, Inglaterra ya había decidido ponerle tope. En el Parlamento que se abrió el 29 de abril de 1463, Eduardo IV aprobó una ley sobre el vestido, una de las llamadas leyes suntuarias, que ordenaban qué podía llevar cada grupo social. Según el texto publicado en los Statutes of the Realm, la colección oficial de las leyes inglesas, ningún caballero por debajo del rango de lord, escudero, gentilhombre ni ninguna otra persona podía usar, a partir de la fiesta de San Pedro, zapatos o botas con picos de más de dos pulgadas, unos cinco centímetros, so pena de pagar al rey tres chelines y cuatro peniques por cada infracción. El zapatero que los hiciera a cualquiera de esas personas pagaría también una multa, que el texto fija en cuatro chelines y cuatro peniques. Es decir, la ley no prohibía el pico: lo reservaba a los lores.
Dos años después, la norma apuntó directamente al taller. Una ley del cuarto año de Eduardo IV prohibió a todo zapatero o remendón de la ciudad de Londres, o a menos de tres millas de cualquier punto de ella, dentro o fuera de sus privilegios, hacer a partir de la Pascua de 1465 zapatos, galochas o botas con un pico o poleyn de más de dos pulgadas, y lo dejó en manos de los guardas del gremio de zapateros de la ciudad, que serían los que juzgaran la medida. La misma ley prohibía vender zapatos o ponérselos a alguien en domingo y en las fiestas de Navidad, la Ascensión y el Corpus. La multa era de 20 chelines por cada infracción, repartida en tres partes iguales de seis chelines y ocho peniques: una para el rey, otra para los gobernadores del gremio de zapateros y otra para quien descubriera y probara la infracción. El chivato cobraba lo mismo que el rey.

Hay un detalle final que retrata la Inglaterra de la época: la ley de 1465 dejaba fuera al deán y al cabildo de la capilla real de San Martín el Grande de Londres, y a quienes vivieran dentro de su recinto, que tenía privilegios propios. Dentro de esas calles, la ley del pico no entraba.
Maldición incluida
John Stow, que conocía bien las leyes de su ciudad, añadió a su relato un ingrediente que no aparece en el texto de la ley que hemos citado. Según su Survey of London, en el cuarto año de Eduardo IV se ordenó y pregonó que los picos de zapatos y botas no pasaran de dos pulgadas, so pena de maldición por parte del clero y, por el Parlamento, de pagar 20 chelines por cada par, y que todo zapatero que calzara a un hombre o una mujer en domingo pagara 30 chelines. La amenaza de maldición eclesiástica no figura en el estatuto, así que la dejamos como lo que es: lo que contaba Stow más de un siglo después.
En Francia, varias historias del calzado atribuyen al rey Carlos V una ordenanza contra las poulaines en París en 1368. No hemos podido localizar el texto de esa ordenanza, así que la marcamos como no corroborada.
Un final por cansancio
Las leyes no acabaron con la punta. La miniatura de las Crónicas de Henao que abre este artículo, atribuida a Rogier van der Weyden y pintada a mediados del siglo XV, muestra a la corte del duque de Borgoña, la más elegante de Europa, con poulaines larguísimas. Y en un manuscrito de Renaud de Montauban de hacia 1467-1469, los criados que sirven un banquete caminan con picos larguísimos.

La moda acabó como acaban casi todas: sustituida por la contraria. Según la Wikipedia, la poulaine dejó paso al zapato de pico de pato, de puntera ancha, que estuvo de moda en los siglos XV y XVI y que también acabó relleno, exagerado y regulado por leyes suntuarias. Del pico a la pala, la Europa elegante pasó de un extremo al otro sin pasar por el zapato con la forma del pie. El tacón, que llegaría después y con otra historia, lo contamos en el artículo sobre cuando el tacón era calzado de hombres.
Las poulaines de Londres siguen en el museo, recordando que hubo un tiempo en que la elegancia se medía en pulgadas de cuero vacío por delante de los dedos, y en que hizo falta un Parlamento para recortarlas.
Fuentes
- IV Concilio de Letrán (1215), canon 16, en la traducción del Medieval Sourcebook de la Universidad de Fordham.
- F. S. Haydon (ed.), Eulogium (historiarum sive temporis), vol. 3, Rolls Series, Londres (1858-1863), entrada del año 1362, p. 231, y prefacio.
- J. Stow, A Survey of London, texto de 1603, ed. C. L. Kingsford (1908), «Bredstreete warde».
- Statutes of the Realm, vol. II (1377-1509), 3 Edw. IV c. 5 (1463) y 4 Edw. IV c. 7 (1464-1465).
- London Museum, poulaine de Baynard’s Castle, finales del siglo XIV.
- Metropolitan Museum of Art, Crakows, británico, 1300-1450, número de inventario 29.158.914.
- Archeologisch Museum Haarlem, cartela del zapato decorado del Spaarne (1300-1350).
- Kunsthistorisches Museum de Viena, Real Armería, zapatos de armadura de Maximiliano I (A 62).
- Wikipedia, «Poulaine» y «Duckbill shoe», y las referencias que citan.
Créditos de las imágenes
- Miniatura de presentación de las Crónicas de Henao, atribuida a Rogier van der Weyden, Biblioteca Real de Bélgica (KBR 9242). Dominio público, vía Wikimedia Commons.
- Crakows, Metropolitan Museum of Art. Dominio público (CC0), vía Wikimedia Commons.
- Zapato del siglo XIV del Museo Arqueológico de Haarlem: Jane023. Licencia CC BY 3.0, vía Wikimedia Commons.
- Zapatos de armadura de Maximiliano I: Sandstein. Licencia CC BY 3.0, vía Wikimedia Commons.
- Cronología: feetkeepers.
- Banquete en un manuscrito de Renaud de Montauban (hacia 1467-1469). Dominio público, vía Wikimedia Commons.
