Cuántos kilómetros dura una zapatilla de running es una pregunta con una respuesta oficial que nadie ha demostrado. La cifra que se repite en tiendas y foros, entre 500 y 800 kilómetros, suena a dato de laboratorio, pero no hemos encontrado ningún estudio que la fije como regla. Lo que sí está medido es más interesante: qué parte de la zapatilla se gasta, a qué ritmo y qué hace el corredor cuando la espuma ya no responde igual. Y conviene recordar que el maratón olímpico de Roma de 1960 lo ganó un hombre que no gastó ni un milímetro de suela: Abebe Bikila corrió descalzo.
Descalzo y con récord
La historia de Bikila es el mejor recordatorio de que la zapatilla es una ayuda, no un requisito. Según el resumen que recoge la Wikipedia a partir de las biografías del atleta, en Roma se compró unas zapatillas nuevas que no le quedaban bien y decidió correr sin ellas. El 10 de septiembre de 1960 ganó el maratón con 2 horas, 15 minutos y 16,2 segundos, ocho décimas mejor que el récord del mundo de entonces. Al año siguiente volvió a correr descalzo en el maratón de Atenas, y esa fue la última vez. En Tokio 1964 repitió oro, ya calzado, y de nuevo con récord mundial.
Para el resto de los corredores, la zapatilla hace un trabajo concreto, y ese trabajo se va perdiendo con los kilómetros. Lo que se pierde depende de la capa.
Tres capas, tres desgastes
Una zapatilla de correr tiene tres partes que envejecen de forma distinta. Arriba está el corte, la malla y los refuerzos que sujetan el pie. En medio, la entresuela, la espuma que amortigua y que en muchas zapatillas actuales es de EVA o de espumas más ligeras y elásticas como la PEBA. Abajo, la suela, la goma con dibujo que toca el suelo. La mayoría de los estudios se han centrado en la entresuela, porque es la que cambia lo que el cuerpo recibe en cada apoyo.

La espuma que se cansa
El primer gran estudio sobre el tema es de 1985. S. D. Cook, M. A. Kester y M. E. Brunet publicaron en el American Journal of Sports Medicine un experimento con zapatillas de distintos modelos y precios. Las sometieron en una máquina a golpes que imitaban los apoyos del talón al correr y midieron cuánta energía de impacto absorbían a los 0, 5, 10, 25, 50, 75, 100, 125, 150, 200, 250, 300 y 500 millas equivalentes. Ya de nuevas había un 33 % de diferencia entre unos modelos y otros. Tras el equivalente a 50 millas, unos 80 kilómetros, las zapatillas conservaban de media en torno al 75 % de su capacidad inicial de absorber el impacto; tras 100 a 150 millas, entre 160 y 240 kilómetros, alrededor del 67 %; y entre 250 y 500 millas, de 400 a 800 kilómetros, menos del 60 %.
Hubo dos hallazgos más que siguen siendo útiles. El primero: no encontraron diferencias según el precio ni según el modelo. El segundo: las zapatillas que usaron corredores de verdad durante sus entrenamientos también perdieron amortiguación con los kilómetros, pero menos que en la máquina; a las 500 millas, unos 800 kilómetros, conservaban en torno al 70 %.

Casi veinte años después, Raquel Verdejo y Nigel Mills, de la Universidad de Birmingham, miraron la espuma por dentro. En su estudio de 2004 en el Journal of Biomechanics, el pico de presión bajo el pie había aumentado de media un 100 % tras 500 kilómetros de carrera, y al microscopio electrónico, después de 750 kilómetros, las paredes de las burbujas de la espuma de EVA aparecían arrugadas y con algún agujero. Una espuma es, al fin y al cabo, un montón de burbujas de gas encerradas en plástico, y cada apoyo las aplasta y las deja rebotar. Con el tiempo, algunas dejan de hacerlo.

Lo que hace el corredor
Que la espuma pierda amortiguación no significa necesariamente que el cuerpo reciba más golpe, porque el corredor también cambia. En 2009, P. W. Kong, N. G. Candelaria y D. R. Smith publicaron en el British Journal of Sports Medicine un estudio con 24 corredores, 14 hombres y 10 mujeres, que hicieron 200 millas, unos 320 kilómetros, por carretera con el mismo par. Antes y después los midieron corriendo a 4,5 metros por segundo sobre una plataforma de fuerzas. Con las zapatillas gastadas, el tiempo de contacto con el suelo aumentó, el tronco se inclinaba menos hacia delante y el tobillo se doblaba menos hacia arriba y se estiraba más al despegar. Las fuerzas externas, en cambio, no cambiaron. Los autores concluyeron que, a medida que la amortiguación disminuye, los corredores modifican su forma de correr para mantener constantes las cargas, y que la adaptación fue la misma con los tres tipos de amortiguación que compararon.
En un análisis posterior de los mismos datos, publicado en 2011 en Human Movement Science, el tiempo de contacto con las zapatillas gastadas aumentó unos 7 milisegundos, y la adaptación no fue igual en la pierna dominante y en la otra, aunque la mayoría de las diferencias eran pequeñas.
La espuma rápida se cansa antes
Las espumas de las zapatillas de competición de los últimos años añaden un giro. En 2024, un equipo de la Universidad de Castilla-La Mancha, en Toledo y Ciudad Real, con la colaboración de Wouter Hoogkamer, de la Universidad de Massachusetts, publicó en el Scandinavian Journal of Medicine & Science in Sports un experimento con 22 corredores entrenados. Probaron dos versiones de una zapatilla con placa, casi idénticas salvo por la espuma, una de PEBA y otra de EVA, nuevas y después de 450 kilómetros de uso sobre asfalto, corriendo a 13 kilómetros por hora mientras medían cuánta energía gastaban.
De nuevas, la de PEBA ganaba: el coste energético fue de 14,87 vatios por kilo, frente a 15,15 con la de EVA. Pero tras los 450 kilómetros, la de PEBA subió a 15,21, mientras que la de EVA se quedó prácticamente igual, en 15,13. El aumento del gasto entre nueva y usada fue de 0,32 vatios por kilo con la PEBA y de solo 0,06 con la EVA, y vino acompañado de cambios en la frecuencia y la longitud de la zancada. De nuevas, además, las dos zapatillas se diferenciaban en el tiempo de contacto con el suelo. La conclusión de los autores fue clara: hay una ventaja evidente de la PEBA sobre la EVA cuando las zapatillas son nuevas, pero tras 450 kilómetros de uso las dos tuvieron una economía de carrera similar. Cómo funciona esa combinación de espuma y placa lo contamos en el artículo sobre suela rígida o flexible.
Por qué la espuma más rápida se gasta antes tiene una explicación de materiales. En 2024, un equipo encabezado por A. Aimar publicó en Footwear Science un estudio sobre la fatiga de cinco espumas comerciales usadas en entresuelas. Primero escanearon su estructura por dentro con microtomografía de rayos X, una especie de TAC para materiales, y después las sometieron a compresiones repetidas parecidas a las de correr. Todas se compactaron rápido, y con ello bajaron la fuerza necesaria para deformarlas, la amortiguación y el rebote. La espuma más ligera, muy porosa y con paredes de celda retorcidas por el propio proceso de fabricación, era la que mejor amortiguaba, pero también la que se dañaba más deprisa. La más densa tenía peores propiedades, pero se dañaba muy despacio.
Esa relación entre ligereza y rebote ya aparecía en las primeras mediciones de las superzapatillas. En el ensayo mecánico que acompañaba al estudio de 2018 de Hoogkamer y sus colegas en Sports Medicine, el prototipo de espuma PEBA devolvía el 87 % de la energía recibida en cada compresión, frente al 75,9 % y el 65,5 % de dos zapatillas de maratón de la época, y por su mayor deformación devolvía 7,46 julios por paso frente a unos 3,4 o 3,6. Para poner esas cifras en contexto, los autores recordaban que, corriendo a 16,2 kilómetros por hora, el arco del pie devuelve unos 17 julios y el tendón de Aquiles, unos 35. La espuma ayuda, pero el muelle principal sigue estando dentro del cuerpo.

La suela, la que avisa
La parte que mejor se ve es la de abajo. El dibujo de la suela sirve, sobre todo, para que el agua escape de debajo de la goma, como explicamos en el artículo sobre suela antideslizante, y se va borrando con el uso. Los datos más detallados que conocemos sobre ese desgaste son de calzado de trabajo, no de zapatillas de correr. En 2022, un equipo de la Universidad de Pittsburgh siguió durante meses los zapatos de unos trabajadores y publicó en Footwear Science que, con unos 500 kilómetros andados, la zona gastada de la suela rondaba los 406 milímetros cuadrados, y que con 800 milímetros cuadrados gastados la fricción bajaba entre un 16 y un 38 %. Los propios autores defendían medir el tamaño de esa zona gastada como el mejor indicador del desgaste, porque el ritmo al que se gasta una suela cambia mucho de una persona a otra y de un suelo a otro.

La cifra que nadie ha demostrado
¿Y entonces, cuántos kilómetros? Los estudios dan pistas, no una regla. La amortiguación medida en máquina ya había bajado a menos del 60 % entre los 400 y los 800 kilómetros en 1985; la espuma de EVA mostraba daños al microscopio a los 750; la espuma más rápida perdía su ventaja energética en 450. Pero las zapatillas que usaron corredores reales conservaban más amortiguación que las de la máquina, los corredores se adaptan, y no todas las espumas, suelas y pisadas se gastan igual. La horquilla de 500 a 800 kilómetros que se repite tanto es compatible con estos datos, pero no la hemos visto establecida en ningún estudio como límite, así que la tratamos como una orientación comercial y no como un dato.
Lo que sí se puede hacer es mirar. Una suela con zonas lisas donde antes había dibujo, sobre todo en el talón o bajo la parte delantera, ha perdido parte de su capacidad de evacuar agua. Las arrugas profundas en los laterales de la entresuela se suelen interpretar como la versión visible del cansancio de la espuma que Verdejo y Mills vieron al microscopio, aunque ningún estudio que conozcamos ha medido esa relación. Y llevar la cuenta de los kilómetros sirve para comparar un par con el siguiente. Si alternas dos pares, cada uno acumula la mitad, pero el total es el mismo, como contamos en el artículo sobre cuántos pares de zapatos necesitas.
Abebe Bikila ganó en Roma sin estrenar suela. Cuatro años después, en Tokio, ganó con zapatillas y más rápido. Ninguno de esos dos récords dice cuánto duraron sus zapatillas, y esa es justo la cifra que todavía falta medir bien.
Fuentes
- S. D. Cook, M. A. Kester y M. E. Brunet (1985), «Shock absorption characteristics of running shoes», American Journal of Sports Medicine 13(4): 248-253.
- R. Verdejo y N. J. Mills (2004), «Heel-shoe interactions and the durability of EVA foam running-shoe midsoles», Journal of Biomechanics 37(9): 1379-1386.
- P. W. Kong, N. G. Candelaria y D. R. Smith (2009), «Running in new and worn shoes: a comparison of three types of cushioning footwear», British Journal of Sports Medicine 43(10): 745-749.
- P. W. Kong, N. G. Candelaria y D. Smith (2011), «Comparison of longitudinal biomechanical adaptation to shoe degradation between the dominant and non-dominant legs during running», Human Movement Science 30(3): 606-613.
- V. Rodrigo-Carranza y otros (2024), «Influence of different midsole foam in advanced footwear technology use on running economy and biomechanics in trained runners», Scandinavian Journal of Medicine & Science in Sports 34(1): e14526.
- A. Aimar y otros (2024), «Compression fatigue of elastomeric foams used in midsoles of running shoes», Footwear Science 16: 93-103.
- W. Hoogkamer y otros (2018), «A comparison of the energetic cost of running in marathon racing shoes», Sports Medicine 48(4): 1009-1019.
- S. L. Hemler y otros (2022), «Effects of natural shoe wear on traction performance: a longitudinal study», Footwear Science 14(1): 1-12.
- Wikipedia, «Abebe Bikila», y las referencias que cita.
Créditos de las imágenes
- Abebe Bikila en el maratón olímpico de Roma (1960): ANSA. Dominio público, vía Wikimedia Commons.
- Esquema de las capas y gráficos de amortiguación y de las espumas: feetkeepers.
- Zapatilla de correr gastada cortada por la mitad (dos fotografías): Yottanesia. Dominio público (CC0), vía Wikimedia Commons.
