Una suela antideslizante no existe en abstracto. Existe una goma concreta sobre un suelo concreto con una capa concreta de agua, grasa o hielo entre los dos, y basta cambiar una de las tres cosas para que la misma zapatilla que agarraba en el asfalto patine en el vestíbulo de mármol del hotel. Quien viaja lo comprueba sin buscarlo: la plaza empedrada después de un chaparrón, la escalera del metro recién fregada, la acera helada de una ciudad del norte. Entender qué pasa debajo de la suela sirve para algo muy práctico: saber dónde mirar antes de pisar y qué mirar en la suela antes de salir.
Dos fuerzas que no se ven
El agarre de una suela de goma sale, sobre todo, de dos mecanismos. El primero es la adhesión: en las zonas donde la goma toca de verdad el suelo, sus moléculas y las de la superficie se atraen. El segundo es la histéresis, y es menos intuitivo. La goma es un material viscoelástico: cuando pasa por encima de las pequeñas rugosidades del suelo, se deforma alrededor de ellas y no recupera la forma al instante, así que en cada deformación pierde algo de energía. Esa energía perdida es fricción.
El modelo más usado para describir esa segunda parte lo propuso el físico B. Persson, y calcula la fricción a partir de dos datos: la rugosidad del suelo a muchas escalas, desde las grandes hasta las microscópicas, y cómo responde la goma con el tiempo. En 2025, un equipo de la Universidad de Pittsburgh publicó en el Journal of Tribology una de las pocas pruebas experimentales directas del modelo, con tres diseños de zapato, diez baldosas de porcelánico y aceite de colza como contaminante. El modelo acertaba las tendencias, pero sobrestimaba los valores, de media, en un 1.050 % si se incluían todas las escalas de rugosidad. Funcionaba mucho mejor al dejar fuera las más diminutas. Es decir, no todas las asperezas del suelo cuentan igual para el agarre.
La consecuencia práctica es sencilla. Un suelo agarra cuando tiene rugosidad que la goma pueda notar, y una película de líquido le quita a la goma esa rugosidad.
Por qué el mármol mojado traiciona
El Health and Safety Executive, el organismo británico de seguridad laboral, lo cuantifica. En su ficha técnica sobre cómo evaluar la resistencia al deslizamiento de los suelos recuerda que los resbalones y tropiezos son la causa más frecuente de lesiones en el trabajo, que provocan más de un tercio de las lesiones graves y más del 40 % de las lesiones comunicadas de personas ajenas a la empresa, y que la mayoría de esos resbalones ocurren cuando el suelo está contaminado con agua, talco o grasa.
Para suelos mojados con agua, el organismo usa un indicador de rugosidad llamado Rz, la media de varias medidas entre pico y valle de la superficie. Por debajo de 10 micras, el riesgo de resbalar es alto; entre 10 y 20, moderado; por encima de 20, bajo. Y añade una regla que lo explica casi todo: cuanto más viscoso es el contaminante, más rugosidad hace falta para mantener el agarre. El aceite pide más que el agua.
Un mármol o una piedra caliza pulidos están hechos precisamente para que no se note la rugosidad. Secos, la adhesión de la goma puede bastar. Mojados, el agua rellena lo poco que queda y la goma deja de notar el suelo. Es lo que contamos en el artículo sobre sandalias planas en una ciudad de adoquín con la calzada portuguesa de Lisboa, cuya fama de resbaladiza empeora con la lluvia y con el pulido que deja el paso del tiempo.

El talón que barre el suelo
¿Cómo se mide el agarre de un suelo? En el Reino Unido y en España, con el mismo aparato: el péndulo de fricción. El Health and Safety Executive lo describe como un talón de imitación, con una muestra de goma normalizada, que oscila y barre una superficie del suelo de forma controlada. Cuanto más agarra el suelo, más frena el talón y menos sube el péndulo al otro lado. De ahí sale el valor del péndulo, conocido por sus siglas en inglés, PTV. El organismo británico lo considera su método preferido, y clasifica los resultados así: de 0 a 24, riesgo de resbalar alto; de 25 a 35, moderado; de 36 en adelante, bajo.
En España, el Código Técnico de la Edificación usa el mismo péndulo. Su documento básico de seguridad de utilización clasifica los suelos en cuatro clases según su resistencia al deslizamiento, que es el valor del péndulo: clase 0 hasta 15, clase 1 de más de 15 a 35, clase 2 de más de 35 a 45 y clase 3 por encima de 45. Y fija la clase mínima según dónde esté el suelo, en edificios de uso residencial público, sanitario, docente, comercial, administrativo y de pública concurrencia. Las zonas interiores secas piden clase 1. Las zonas interiores húmedas, como las entradas a los edificios desde la calle, los baños o las cocinas, piden clase 2, que pasa a clase 3 en rampas con pendiente del 6 % o más y en escaleras. Las zonas exteriores, las duchas y las piscinas piden clase 3. El ensayo se hace con la muestra mojada, y la clase debe mantenerse durante toda la vida útil del pavimento.

Desde 2021, la exigencia salió a la calle. La Orden TMA/851/2021, de 23 de julio, sobre accesibilidad de los espacios públicos urbanizados, pide que el pavimento de los itinerarios peatonales accesibles sea duro y estable, sin piezas sueltas, sin resaltos de más de 4 milímetros, y que cumpla la exigencia de resbaladicidad para zonas exteriores del Código Técnico. Un itinerario peatonal accesible que se construya hoy en España tiene que ser, en la escala del péndulo, al menos tan agarrado como el borde de una piscina.
La goma decide, pero el dibujo también
El suelo es la mitad del asunto. La otra mitad es la suela, y ahí cuentan dos cosas: el material y la geometría.
En 2020, un equipo de la Universidad de Pittsburgh midió 58 modelos de calzado vendidos como antideslizantes con un robot que mide la fricción sobre suelo con aceite de colza. Publicaron en Applied Ergonomics que tres rasgos de la suela, la superficie de los tacos, la forma del tacón y la dureza de la goma, junto con el tipo de suelo, explicaban el 87 % de las diferencias de agarre entre unos modelos y otros. En 2018, el mismo laboratorio había comprobado con doce zapatos etiquetados como antideslizantes, cinco tipos de suelo y tres contaminantes que las diferencias de agarre entre ellos eran significativas. La etiqueta no garantiza lo mismo en todos.
El dibujo trabaja sobre todo en mojado, porque abre caminos para que el líquido escape de debajo de la suela. En 2006, K. W. Li y sus colegas publicaron en Applied Ergonomics un experimento con suelas de prueba con canales de 3 o 9 milímetros de ancho y de 1 a 5 milímetros de profundidad, sobre terrazo, acero y vinilo. En seco, la profundidad casi no importaba. En mojado y con agua y detergente, los canales más profundos agarraban más: cada milímetro extra de profundidad sumaba entre 0,018 y 0,108 al coeficiente de fricción, según el ancho, el suelo y el líquido.
La suela de cuero liso es el extremo contrario. El boletín del Departamento de Agricultura de Estados Unidos de 1952 que citamos en el artículo sobre cuántos pares de zapatos necesitas ya advertía que la suela de cuero al cromo sin encerar no servía para la calle con lluvia, porque el agua la atravesaba rápido y resbalaba mucho mojada.
Lo que una suela gastada pierde
Una suela no agarra igual toda su vida. El grupo de Pittsburgh lo ha estudiado de varias formas. En 2020 publicó en el Journal of Biomechanics un experimento con 57 personas a las que se hizo resbalar por sorpresa con su propio calzado. Cuanto mayor era la zona gastada de la suela, más resbalaban: cada milímetro más en el tamaño característico de esa zona, la media geométrica de su largo y su ancho, se asoció con un aumento de en torno al 10 % del riesgo de resbalar. El mecanismo encajaba: una zona gastada más grande deja más presión de líquido atrapado debajo, esa presión reduce la fricción y la menor fricción hace resbalar más.
En 2022, el mismo equipo siguió durante hasta 11 meses los zapatos que unos trabajadores llevaban a su puesto, con un podómetro para contar la distancia. Según su estudio en Footwear Science, tres meses de uso dejaron de media una zona gastada de 251 milímetros cuadrados y unos 203 kilómetros andados, y seis meses, 462 milímetros cuadrados y 519 kilómetros. Con una zona gastada de 800 milímetros cuadrados, la fricción bajó entre un 16 y un 38 %, y la fuerza del líquido bajo la suela aumentó entre un 286 y un 528 %.

Para comprobar la profundidad del dibujo no hacen falta laboratorios. El Servicio de Parques Nacionales de Estados Unidos, por ejemplo, pide para una de sus visitas de iniciación a las cuevas un dibujo de al menos un cuarto de pulgada, unos 6 milímetros, y lo ilustra con una moneda de un centavo metida de canto entre los tacos de una bota.

Cuánta fricción pide un paso
Que un suelo resbale o no depende también de cuánto agarre pida quien camina. Cada paso empuja el suelo hacia delante al apoyar el talón y hacia atrás al despegar, y esa fuerza horizontal, dividida por la vertical, es la fricción que hace falta. En 1999, J. P. Hanson, M. S. Redfern y M. Mazumdar, de la Universidad de Pittsburgh, pusieron a cinco personas con arnés de seguridad a bajar una rampa de 0, 10 y 20 grados sobre baldosa o moqueta, en seco, mojado y con jabón. Publicaron en Ergonomics que los resbalones y las caídas aumentaban a medida que crecía la diferencia entre la fricción que pedía el paso y la que ofrecían la suela y el suelo. Una cuesta pide más fricción que el llano, y el Código Técnico, de hecho, exige una clase más en las rampas y las escaleras.
También importa cómo se mide. En 2001, un grupo internacional de investigadores coordinado desde el instituto de investigación de la aseguradora Liberty Mutual, en Massachusetts, publicó en Ergonomics que la fricción estática, la de un aparato que arrastra una muestra desde parado, solo sirve para superficies secas y limpias, y que con contaminantes hacen falta métodos dinámicos que reproduzcan la velocidad de deslizamiento, la presión y la rapidez con la que carga el pie en un resbalón real.
El hielo, que no perdona a nadie
Y luego está el hielo. En el Instituto de Rehabilitación de Toronto, que también ofrece ensayos de antideslizamiento de calzado de invierno a fabricantes, llevan años midiendo botas con una prueba llamada ángulo máximo alcanzable: la pendiente de hielo más inclinada que una persona puede recorrer sin resbalar. En un estudio publicado en 2026 en Applied Ergonomics, D. Dadkhah, H. Ghomashchi y T. Dutta pusieron a 27 personas a caminar sobre hielo llano con 11 botas distintas y registraron 8.503 pasos, de los que 999 fueron resbalones: un 11,8 %. Con las botas peor valoradas, de 0 grados, resbalaba el 36 % de los pasos. Con las mejores, de 9 y 10 grados, todavía un 4 o 5 %: un resbalón cada 20 a 25 pasos. Su conclusión es que ni la mejor suela elimina el riesgo en hielo, y que hacen falta otras medidas, como limpiar mejor el hielo o pavimentos calefactados y porosos.

Leer el suelo antes de pisarlo
Con todo esto, la ciudad se lee de otra manera. Un suelo pulido y brillante, sea mármol, granito o piedra gastada por siglos de pasos, tiene poca rugosidad que ofrecer cuando se moja, y el brillo de los adoquines después de llover es exactamente ese aviso. Las entradas de los edificios son zonas húmedas por definición, porque es por donde entra la lluvia en los zapatos, y en España el Código Técnico les exige más agarre que al resto del interior. Las rampas y las escaleras piden más fricción que el llano. La grasa, en la calle de los puestos de comida o en la cocina, necesita más rugosidad que el agua. Y una suela con el tacón gastado hasta quedar liso ha perdido justo la parte que trabaja en el primer contacto de cada paso.
La plaza de Hipócrates de Rodas, que abre este artículo, lleva siglos de adoquín y de pasos encima. Después de un chaparrón brilla como un espejo, y ese brillo es lo primero que debería mirar quien la cruce.
Fuentes
- Health and Safety Executive, Assessing the slip resistance of flooring, ficha técnica GEIS2.
- Ministerio de Fomento, Código Técnico de la Edificación, Documento Básico SUA, sección SUA 1, apartado 1, tablas 1.1 y 1.2; y Documento de Apoyo DA DB-SUA/3, Resbaladicidad de suelos (2014).
- Orden TMA/851/2021, de 23 de julio, artículo 11, Boletín Oficial del Estado.
- H. Ing y otros (2025), «Validation of a multiscale hysteresis mechanics model in predicting oily shoe-floor friction across surfaces with varying finishes», Journal of Tribology 147(9): 091111.
- A. Iraqi, N. S. Vidic, M. S. Redfern y K. E. Beschorner (2020), «Prediction of coefficient of friction based on footwear outsole features», Applied Ergonomics 82: 102963.
- T. Jones, A. Iraqi y K. Beschorner (2018), «Performance testing of work shoes labeled as slip resistant», Applied Ergonomics 68: 304-312.
- K. W. Li, H. H. Wu y Y. C. Lin (2006), «The effect of shoe sole tread groove depth on the friction coefficient with different tread groove widths, floors and contaminants», Applied Ergonomics 37(6): 743-748.
- V. H. Sundaram y otros (2020), «Worn region size of shoe outsole impacts human slips: testing a mechanistic model», Journal of Biomechanics 105: 109797.
- S. L. Hemler y otros (2022), «Effects of natural shoe wear on traction performance: a longitudinal study», Footwear Science 14(1): 1-12.
- J. P. Hanson, M. S. Redfern y M. Mazumdar (1999), «Predicting slips and falls considering required and available friction», Ergonomics 42(12): 1619-1633.
- W. R. Chang y otros (2001), «The role of friction in the measurement of slipperiness, Part 1: friction mechanisms and definition of test conditions», Ergonomics 44(13): 1217-1232.
- D. Dadkhah, H. Ghomashchi y T. Dutta (2026), «Determining the risk of slipping on level ice using winter footwear with varied maximum achievable angle slip-resistance performance», Applied Ergonomics 131: 104678.
- F. P. Veitch, R. W. Frey y H. P. Holman, Leather Shoes: Selection and Care, Farmers’ Bulletin 1523, Departamento de Agricultura de Estados Unidos (1927, revisado en 1952).
Créditos de las imágenes
- Plaza de Hipócrates de Rodas después de la lluvia (2019): Aneza Palaiou. Licencia CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.
- Calle Steinweg de Marburgo mojada (2017): LudwigSebastianMicheler. Licencia CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.
- Escala del péndulo y gráfico del desgaste: feetkeepers.
- Profundidad del dibujo de una bota: Servicio de Parques Nacionales de Estados Unidos. Dominio público, vía Wikimedia Commons.
- Camino tras la tormenta de hielo en Arkansas Post (2023): Phil Slattery. Licencia CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.
