Pocas cosas unen tanto a la humanidad como reírse de alguien que lleva calcetines con sandalias. Es el uniforme del turista despistado, del padre que se rinde, del informático que no ha visto la luz del sol. Y sin embargo, el gesto que hoy se castiga con una foto a escondidas es uno de los hábitos de vestir más antiguos y extendidos que se conocen. Lo hicieron los soldados romanos en la frontera de Escocia, lo hicieron los egipcios del siglo IV y lo hacen todavía, con total solemnidad, los japoneses que se ponen un kimono.
La pregunta interesante no es por qué alguien se pone calcetines con sandalias. Es en qué momento decidimos que estaba mal.
Los romanos ya lo hacían
En Vindolanda, un fuerte romano junto al Muro de Adriano, en el norte de Inglaterra, han aparecido cientos de tablillas de madera escritas a tinta hace unos 1.800 años. Una de ellas es, básicamente, un paquete enviado por la familia. Según la traducción que recoge English Heritage, dice así: «te he enviado… pares de calcetines de Sattua, dos pares de sandalias y dos pares de calzoncillos». Calcetines y sandalias, en la misma frase, hace casi dos mil años.
Los romanos tenían palabra para ellos: udones. Se hacían con trozos de tela cosidos o con lana trabajada con técnicas como el nålbinding, una especie de punto con una sola aguja, y algunos dejaban los dedos y el talón al aire. La razón de llevarlos en Britania se entiende leyendo al geógrafo griego Estrabón, que describía la isla como un lugar lluvioso y con niebla, donde el sol apenas se dejaba ver unas horas al día. Un soldado acostumbrado al Mediterráneo, con sandalias abiertas y clavos en la suela, tenía buenos motivos para abrigarse los pies.
La arqueología lo confirma por varios lados. En Healam Bridge, en Yorkshire del Norte, junto a la vieja calzada romana que hoy sigue la autovía A1, apareció una suela de sandalia en la que el óxido de los clavos conservaba la huella de un tejido de lana. Las excavaciones para ampliar esa misma autovía encontraron restos parecidos en varias tumbas. Y los propios romanos se representaron así: en Inglaterra se han encontrado mangos de cuchillo de bronce con forma de pierna que muestran con todo detalle una sandalia abierta y, debajo, el calcetín. En Southwark, en Londres, apareció un pie de bronce de una estatua con los calcetines bien visibles bajo las tiras de la sandalia.


Los calcetines más antiguos tenían el dedo gordo aparte
En el Victoria and Albert Museum de Londres se exhibe un par de calcetines rojos que tienen entre dieciséis y diecisiete siglos. Según la ficha del museo, se fabricaron en Egipto entre los años 250 y 420 y se excavaron en los cementerios de Oxirrinco, una antigua ciudad junto al Nilo. Son de lana de tres cabos, están hechos con nålbinding y miden 25,5 centímetros de alto.
Lo que llama la atención es el pie: cada calcetín tiene el dedo gordo separado del resto, como una manopla. El motivo es práctico. Estaban pensados para llevarse con sandalias de tira entre los dedos, la misma que hoy tienen las chanclas. El museo los considera las piezas de punto más antiguas de su colección. Es decir, uno de los primeros calcetines que conservamos se diseñó para llevarse con sandalias.

En Japón nunca fue un problema
Si quieres ver calcetines con sandalias tratados con respeto, mira a Japón. Los tabi, calcetines con el dedo gordo separado, se llevan con sandalias tradicionales de tira, como las zori o las geta. Según Japan House Los Ángeles, el centro cultural del Gobierno japonés, surgieron entre el final del periodo Heian, en el siglo XII, y el periodo Muromachi, que acabó en el XVI. Al principio eran de cuero. Cuando el cultivo de algodón se extendió por el país durante el periodo Edo, a partir del siglo XVII, el algodón ocupó su lugar.
Los tabi tenían su propio código. En el periodo Muromachi, los samuráis los llevaban blancos o de cuero ahumado, y las mujeres, teñidos de morado. Con el tiempo, el blanco quedó para las ocasiones formales y ceremoniales, y los colores oscuros para viajeros y trabajadores, porque disimulaban el polvo del camino. Hoy, con un kimono de ceremonia, lo correcto es llevar tabi blancos con las sandalias. Allí, los calcetines con sandalias son etiqueta.
La historia tiene un giro industrial. En 1922, los hermanos Tokujirō y Shōjirō Ishibashi crearon los jika-tabi, tabi con suela de goma pegada para trabajar en el campo o en la obra, cuyo nombre significa literalmente «tabi que tocan el suelo». Shōjirō aprendió a vulcanizar goma fabricando esas suelas, y en 1930 su división de calcetines tabi sacó su primer neumático. Al año siguiente fundó una empresa con su apellido traducido al inglés. Ishibashi significa «puente de piedra». La empresa se llamó Bridgestone.
Del tabi también salió una de las piezas más copiadas de la moda contemporánea. El diseñador belga Martin Margiela presentó a finales de los años ochenta sus botas con el dedo gordo separado, inspiradas en los tabi que había visto en Japón. Según la revista Highsnobiety, en su primer desfile, el de primavera-verano de 1989, las modelos caminaron sobre una tela blanca con pintura roja en las suelas, de modo que las botas dejaban impresa en la pasarela su huella partida en dos, como la de una pezuña. Treinta y cinco años después, la bota tabi sigue siendo la seña de identidad de la casa, y una de las piezas que más discusión genera en cualquier conversación sobre moda: hay quien la adora y quien la considera directamente una broma. Exactamente lo mismo que les pasa a los calcetines con sandalias.

Cuándo se volvió pecado
No hay una fecha en la que los calcetines con sandalias pasaran de costumbre a delito. Lo que sí hay es un retrato robot: el turista alemán de vacaciones en el sur de Europa, con sandalias ortopédicas y calcetines blancos de tenis, convertido en chiste internacional. El estereotipo llegó tan lejos que los propios alemanes lo usan contra sí mismos. En 2017, cuando el ministro del Interior Thomas de Maizière publicó diez tesis sobre la Leitkultur, la «cultura de referencia» alemana, Twitter respondió con ironía. Uno de los mensajes más compartidos, según The Local, se limitaba a decir: «Socken in Sandalen», calcetines en sandalias.
Cada país tiene su versión. En Israel, la combinación se asocia de forma estereotipada a los inmigrantes llegados de la antigua Unión Soviética. En el noroeste de Estados Unidos, en Seattle y alrededores, es casi un rasgo regional, tanto que en 2007 una aseguradora local, PEMCO, creó para su publicidad un personaje llamado «el tipo de las sandalias con calcetines».
Las encuestas confirman que el juicio sigue en pie. En 2016, YouGov preguntó en Alemania a 1.042 personas qué prendas sientan bien a los hombres: el 84 % respondió que las sandalias con calcetines les quedan mal casi siempre. En el Reino Unido, una encuesta de YouGov encargada por English Heritage en 2022 encontró que el 73 % de los adultos no se los pondría. Pero los números esconden un cambio. Entre los hombres, el 24 % sí se los pondría, y entre los jóvenes de 18 a 24 años, el 32 %, frente al 12 % de quienes tienen entre 45 y 54.
Birkenstock y la venganza de lo feo
Buena parte de la culpa, o del mérito, la tiene una marca. En 1966, la modista germanoestadounidense Margot Fraser empezó a importar a California las sandalias de corcho de Birkenstock. Las zapaterías no las querían, así que acabó vendiéndolas en una tienda de comida sana de San Rafael. De ahí pasaron a los hippies de los setenta, y con ellos llegó la imagen que perseguiría a la marca durante décadas: cómoda, alemana, práctica y nada sexi. Justo lo que se combina con calcetines.
Durante años, eso fue un insulto. Hasta que la moda decidió que lo práctico y lo feo podían ser lo más interesante de la sala. Miu Miu sacó calcetines con sandalias a la pasarela en 2010. Para la primavera-verano de 2013, la diseñadora Phoebe Philo presentó en Céline una sandalia inspirada en la Arizona de Birkenstock y forrada de piel, que la prensa bautizó como Furkenstock. Varias marcas de lujo la siguieron. La institución que gestiona buena parte del patrimonio histórico de Inglaterra se sumó a la broma con todas las consecuencias. El 8 de julio de 2022, cuando se cumplían 1.900 años del inicio de las obras del Muro de Adriano, English Heritage celebró el primer día nacional de los calcetines con sandalias. Quien compartiera en redes sociales una foto con la combinación entraba gratis ese día en sus yacimientos romanos, de los fuertes del Muro a la villa de Lullingstone, en Kent, y optaba a unos calcetines de inspiración romana diseñados por el artista Luke Edward Hall. Frances McIntosh, conservadora de las colecciones del Muro de Adriano, citaba a David Beckham y a Rihanna entre los famosos que se los habían puesto sin pedir perdón, y recordaba que esa afición por la comodidad se remonta, literalmente, a los romanos.

Silicon Valley y las chanclas del poder
En el otro extremo del glamour está la versión tecnológica. Durante años, Mark Zuckerberg apenas se dejó ver en público con otra cosa que unas chanclas de Adidas. Según The Daily Beast, unas veces con los dedos al aire y otras con calcetines blancos de deporte asomando. En 2007, el blog tecnológico Valleywag llegó a publicar una galería en homenaje a esas chanclas. La película La red social las convirtió en símbolo: el fundador que acude a reuniones con inversores vestido como si fuera a la piscina, porque puede permitírselo.
Ahí está, quizá, la clave de todo este asunto. Los calcetines con sandalias dicen «me da igual lo que pienses». Si lo dice alguien con poder, es una declaración. Si lo dice cualquier otro, es un descuido.
El argumento que nadie quiere oír
La defensa de los calcetines con sandalias es, sobre todo, práctica, y es la misma que tenían los romanos. Una sandalia abierta deja el pie al aire, pero también lo expone al frío, a la lluvia y al roce directo de las tiras. El calcetín añade una capa entre la piel y el calzado, abriga cuando refresca y absorbe parte del sudor. English Heritage lo resume así: los soldados romanos los usaban para protegerse del roce y, probablemente, para tener los pies más calientes.
Por eso la combinación nunca ha desaparecido de los lugares donde lo práctico manda: el senderismo con sandalias de montaña, las casas de los países fríos, las ceremonias japonesas. Lo que se ha movido es la línea de lo aceptable, y se mueve en función de quién lo lleva y de dónde.
Si una costumbre ha sobrevivido a las legiones romanas, a los egipcios de Oxirrinco, a los samuráis y a los manuales de estilo, a lo mejor el problema nunca fueron los calcetines.
Fuentes
- English Heritage, Mark Griffin, «Roman socks and sandals: fashion or faux pas?».
- English Heritage (8 de julio de 2022), notas de prensa sobre el primer día nacional de los calcetines con sandalias y encuesta de YouGov.
- Highsnobiety, «Tabi or not tabi: Margiela’s signature shoe exists in all dimensions».
- Victoria and Albert Museum, ficha «Pair of socks», número 2085&A-1900.
- Japan House Los Angeles, «Tabi: toe socks, boots and an ancient craft».
- Bridgestone, «Origin of Bridgestone’s name».
- The Local (3 de mayo de 2017), «Socks in sandals: what Germans really think of their guiding culture».
- YouGov Deutschland (23 de julio de 2016), «Was Männer nicht tragen sollten».
- The Daily Beast (28 de septiembre de 2010), «Mark Zuckerberg in The Social Network: fashion icon».
- Wikipedia, artículos «Socks and sandals» y «Birkenstock», con sus referencias.
Créditos de las imágenes
- Calcetines azules con sandalias: Niccolò Caranti. Licencia CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.
- Mango romano con forma de pierna: Somerset County Council, Laura Burnett (Portable Antiquities Scheme). Licencia CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia Commons.
- Tablillas de Vindolanda en el Museo Británico: Mike Peel (www.mikepeel.net). Licencia CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.
- Calcetines egipcios del Victoria and Albert Museum: Fæ. Licencia CC BY-SA 3.0, vía Wikimedia Commons.
- Tabi y zori: Clément Bucco-Lechat. Licencia CC BY-SA 3.0, vía Wikimedia Commons.
- Calcetines de colores con Birkenstock: Eli Christman. Licencia CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons.
