La historia de los zapatos de plataforma es la de un invento práctico que la vanidad secuestró una y otra vez. Nació para no pisar barro, agua o restos de pescado, y cada pocos siglos alguien descubre que, además, te hace más alto que los demás. A partir de ahí el pie sube y sube hasta que alguien se cae, la moda se asusta, la plataforma desaparece y, unas décadas después, vuelve como si nadie se acordara. Ha pasado en Venecia, en Japón, en la China de los Qing, en el Londres de los setenta y en una pasarela de París en 1993.
A diferencia del tacón, que eleva solo el talón y que nació como calzado de hombre a caballo, como contamos en cuando el tacón era de hombres, la plataforma levanta el pie entero. Esa diferencia es la que explica casi todo lo que viene después.
Una idea contra el barro
Antes de ser moda, la suela gruesa fue una herramienta. Según Wikipedia, en la Europa medieval se llevaban pattens, unos chanclos que se ataban por encima del zapato de diario, con suela de madera, a veces levantada con cuñas o con soportes de hierro, para proteger el calzado de cuero del agua, la nieve y el barro. Los llevaban hombres y mujeres, sobre todo en el siglo XV, cuando estaban de moda los zapatos de punta larguísima que contamos en el artículo sobre las poulaines, y en Londres se fabricaban casi siempre con madera de aliso, sauce o chopo. Las mujeres los siguieron usando en el barro hasta el siglo XIX o incluso principios del XX.
El mismo razonamiento aparece en lugares que no tenían ningún contacto entre sí. En Japón, según la misma fuente, algunos pescaderos llevaban geta, las sandalias de madera tradicionales, con dientes especialmente largos para mantener los pies por encima de los restos de pescado del suelo de la tienda. Y en los baños del mundo otomano y del Mediterráneo oriental se usaban zuecos de madera con patas altas para caminar sobre el suelo mojado del hammam, la misma lógica que siglos después llevó el zueco a las cocinas y los quirófanos. La Wikipedia en inglés cita los kabkab que llevaban las mujeres libanesas entre los siglos XIV y XVII, llamados así por el ruido que hacían sobre el mármol, con tiras de terciopelo, cuero o seda y la madera decorada con plata o nácar.

En cuanto un objeto práctico se decora con nácar y plata, deja de ser solo práctico. La plataforma siempre ha tenido esa doble vida.
Venecia y los chapines de medio metro
El ejemplo más extremo de la historia salió de una ciudad construida sobre el agua. En Venecia, según Wikipedia, tanto las cortesanas como las patricias llevaron chapines aproximadamente entre 1400 y 1700, y la altura acabó siendo una señal de posición social: cuanto más alto, más importante. Algunos ejemplares conservados superan los 50 centímetros, y los más altos que se conocen están en el Museo Correr de Venecia. El chapín valenciano, el de los chapineros que exportaban a toda Europa, ya lo contamos en el artículo del tacón; el veneciano llevó la idea mucho más lejos.
La República intentó frenarlo. Según la misma fuente, una ley de 1430 limitó la altura de los chapines a tres pulgadas, unos 7,6 centímetros, y fue ignorada de forma generalizada.
El mejor testigo es un viajero inglés con muy poca paciencia. Thomas Coryat publicó en 1611 el relato de su viaje por Europa, Coryat’s Crudities, y en sus observaciones sobre Venecia dedicó un párrafo entero a los chapines. Contaba que ninguna mujer veneciana salía sin ellos, ni en casa ni fuera; que eran de madera forrada de cuero blanco, rojo o amarillo, muchos pintados y algunos dorados, y que había chapines de hasta media yarda de alto, unos 46 centímetros, que hacían que las mujeres bajas parecieran más altas que las más altas de Inglaterra. También había oído que cuanto más noble era una mujer, más altos eran sus chapines. Las damas salían apoyadas en el brazo de un criado o una criada para no caerse. Coryat vio caer a una que bajaba sola las escaleras de uno de los pequeños puentes de piedra, y escribió, sin el menor pudor, que no le dio ninguna pena, porque llevaba aquellos instrumentos frívolos y ridículos. Él y otros extranjeros, añadía, se reían a menudo de ellos.

Hacia 1490, Vittore Carpaccio pintó Dos damas venecianas, hoy en el Museo Correr. A la izquierda, en el suelo, hay un par de chapines rojos. Según Wikipedia, desde el siglo XIX se usaron esos chapines y el aire ocioso de las mujeres para decir que eran cortesanas. Los historiadores del arte de hoy creen más probable que sean de la familia patricia Torella, cuyo escudo aparece en el jarrón del parapeto. El cuadro es, de paso, una prueba de que un zapato de plataforma podía leerse de dos formas opuestas en la misma ciudad.
Shakespeare también se rió de ellos. En Hamlet, el príncipe saluda al muchacho que hacía los papeles de mujer en la compañía de actores y le dice que está más cerca del cielo que la última vez que lo vio, por la altura de un chapín. En el teatro de la época las mujeres no actuaban, y el chiste funcionaba porque todo el público sabía de qué zapato hablaba.
¿Se podía andar con eso? Según Wikipedia, hay estudiosos que creen que los chapines obligaban a un paso inestable y poco elegante, y otros que, con práctica, se podía caminar e incluso bailar con gracia. El maestro de danza Fabritio Caroso lo defendía en Nobiltà di dame, su manual de 1600, donde decía que una dama acostumbrada a sus chapines podía bailar con gracia y belleza, incluidas variaciones de gallarda.
Las plataformas de Asia
En la China de la dinastía Qing, las mujeres manchúes llevaron zapatos de plataforma muy altos desde el principio de la dinastía hasta su final. Según Wikipedia, tenían el empeine de tela y una plataforma de madera colocada bajo el centro del pie, y se clasificaban por la forma de esa pieza: la de maceta, huapenxie, ancha arriba y abajo y estrecha en medio, y la de casco de caballo, matixie. El zapato derecho y el izquierdo eran intercambiables. Los manchúes prohibieron a sus mujeres vendarse los pies como las mujeres han, y a veces se dice que la plataforma imitaba el andar de los pies vendados, aunque la misma fuente recoge que esa explicación se discute. Las leyendas que cuenta son más vistosas: una diosa que quería librarse del barro y los insectos, o una princesa que hizo cruzar un pantano a sus soldados sobre zancos de madera para recuperar su capital.

En Japón, las cortesanas de alto rango del periodo feudal, las oiran, llevaban en sus desfiles geta altas y lacadas, a veces de tres patas, y según Wikipedia esas geta servían también para distinguirlas a simple vista de las geishas y de sus aprendices. Las aprendices de geisha, las maiko, llevan todavía en algunas regiones las okobo, unas sandalias de madera de paulonia de una sola pieza que, en su caso, miden entre 13 y 15 centímetros. El nombre imita el ruido que hacen al andar, y el color de la tira indica en qué punto del aprendizaje está la chica: roja al empezar, amarilla al final.

Hollywood, la guerra y la Rainbow de Ferragamo
La plataforma moderna llegó a Occidente en los años treinta. Según Wikipedia, a principios de esa década el zapatero Moshe Kimel diseñó una primera versión moderna para Marlene Dietrich. En 1936, Salvatore Ferragamo ya hacía plataformas de muchas alturas, algunas forradas con teselas metálicas doradas, y en 1938 creó la Rainbow, una sandalia de plataforma para Judy Garland, con la cuña hecha de capas de corcho forradas de ante de colores y tiras de cabritilla dorada. Su famosa cuña de corcho la contamos en el artículo sobre tacones cómodos; la Rainbow fue la versión espectáculo de esa misma idea. Según Wikipedia, la revista Life calculó en 1939 que las plataformas eran el 15 % del calzado que se vendía.
La guerra hizo el resto. Con el cuero racionado, las suelas se hicieron de corcho, de madera o de plástico, y cuanto más duro era el racionamiento, como en el Reino Unido, más bajas y más raras eran. En el París ocupado pasó lo contrario: según Wikipedia, las francesas llevaban plataformas muy altas y recargadas como gesto de desafío, y cuando la ciudad fue liberada en 1944 se fabricaron plataformas de celebración. Hubo diseñadores que trabajaron incluso en plataformas que brillaban en la oscuridad para los apagones.
Después llegó Christian Dior con su colección de 1947, que proponía una silueta sin plataformas altas, y en los cincuenta mandó el tacón fino. Según la misma fuente, había zapateros que ofrecían el servicio de quitarle la plataforma a un zapato.
Los setenta: cuando los hombres volvieron a subirse
La gran ola empezó en 1967, cuando Roger Vivier hizo sandalias y botas de plataforma para Yves Saint Laurent, y estalló a principios de los setenta. Lo que la hizo distinta de todas las anteriores es que los hombres de la calle se subieron también. Según Wikipedia, las plataformas masculinas llegaron a ser hasta una quinta parte de los zapatos de hombre vendidos en los primeros setenta, con colores llamativos y tacones gruesos que equilibraban los pantalones de campana. Kiss, Slade, los New York Dolls o los Bay City Rollers las llevaban en el escenario, igual que ABBA, Stevie Nicks o Suzi Quatro. David Bowie las llevó como Ziggy Stardust. En 1972, en el número 219 de la Bowery de Manhattan, Carole Bascetta creó un molde especial para hacer plataformas a medida y se las vendió a Bowie y a David Johansen, de los New York Dolls.
El precio de la altura también salió en los periódicos. Según Wikipedia, las suelas rígidas y la gran altura provocaron numerosas caídas y lesiones, y de vez en cuando aparecían artículos con advertencias de podólogos y asociaciones de consumidores. Las botas eran algo más seguras porque la caña sujetaba el tobillo y el pie no se salía de la suela. En Europa y en el Reino Unido la moda murió de golpe en 1976; en Estados Unidos aguantó hasta principios de los ochenta. Y luego vino el rechazo: el punk despreció las plataformas, y en 1983 Kiss dejó el maquillaje y sus botas de plataforma, que no recuperó hasta el revival de los noventa.
Naomi Campbell, Japón y las Spice Girls
En los noventa la plataforma volvió por la pasarela y por el pop, y volvió con caídas famosas. Según Wikipedia, una de las primeras modelos que se cayó de una pasarela por culpa de unas plataformas fue Dianne Brill, en un desfile de Jean Paul Gaultier de 1988. La más famosa llegó en 1993. Vivienne Westwood presentó en París su colección de otoño e invierno Anglomania, y Naomi Campbell se cayó en plena pasarela con unas Super Elevated Gillie de piel azul que imitaba al cocodrilo. Según el Victoria and Albert Museum de Londres, que las adquirió y las expuso ese mismo año, los tacones miden 28 centímetros, y el nombre de la modelo está escrito a mano en la plantilla. Campbell ha explicado que las medias de goma que llevaba tuvieron parte de culpa. Cuando volvió a desfilar con casi el mismo conjunto, ya sin esas medias, le dieron un bastón.

Al mismo tiempo, en Japón, las plataformas se convirtieron en un fenómeno juvenil. Según contaba la revista Asiaweek en el año 2000, la cantante Namie Amuro las había vuelto a poner de moda unos cinco años antes, y una encuesta había encontrado que el 40 % de las japonesas de veintitantos años tenía al menos un par. La misma revista atribuía a las plataformas al menos tres muertes en Japón y decía que en Osaka estaban prohibidas al volante. No hemos podido comprobar esos casos ni esa norma en fuentes oficiales, así que se quedan como lo que cuenta la revista. Asiaweek añadía otro detalle: en la bolsa de Chicago estaban mal vistos los zapatos de más de cinco centímetros, sobre todo entre los hombres que intentaban destacar entre la multitud del parqué.
Y en Europa, el empujón definitivo lo dieron las Spice Girls. Según Wikipedia, el grupo británico aparecía a menudo con zapatillas y botas de plataforma altísimas de la marca alemana Buffalo; el modelo 1310-2, con una plataforma de 10 centímetros, se hizo famoso gracias a ellas, y existía también con una de 20. Asiaweek recogía en el año 2000 que Emma Bunton, Baby Spice, se había caído de las suyas y se había hecho daño en un tobillo, un brazo y la nariz. Entre 2018 y 2022, dentro de la nostalgia de los noventa, Buffalo volvió a sacar versiones de sus plataformas de entonces.
Por qué siempre vuelve
Seiscientos años de plataformas dejan un patrón bastante claro. La plataforma aparece cuando hace falta separarse del suelo, sea barro, agua o restos de pescado, y se queda cuando separa a una persona de las demás: a la noble veneciana de la plebeya, a la oiran de la geisha, al cantante de su público, a la chica de los noventa del chico que tenía al lado. Entre medias aparecen siempre los mismos personajes: el legislador que pone un tope, el viajero que se ríe, el médico que avisa y la caída que acaba en los periódicos.
La física también es la misma. Una plataforma no inclina el pie si sube por igual delante y detrás, y por eso se ha usado tantas veces como forma de ganar altura sin la pendiente de un tacón. Pero cuanto más alta, más lejos queda el pie del suelo y más rígida es la suela. Ningún legislador veneciano, ningún podólogo de los setenta y ninguna caída de pasarela han conseguido que se olvide del todo. Cada generación vuelve a descubrirla, y cada generación cree que es la primera en subirse.
Fuentes
- T. Coryat (1611), Coryat’s Crudities, «Observations of Venice», reedición de Glasgow de 1905, vol. 1, pp. 399-400.
- Victoria and Albert Museum, «‘Super Elevated Gillie’», Vivienne Westwood, 1993, número de inventario T.225:1, 2-1993.
- Asiaweek (2000), «What’s Afoot?», en «Asia’s Best 2000», copia de Internet Archive.
- W. Shakespeare, Hamlet, acto II, escena 2.
- Wikipedia: Platform shoe, Chopine, Patten (shoe)), Geta (footwear)), Okobo, Manchu platform shoes, Two Venetian Ladies y Buffalo (footwear)).
Créditos de las imágenes
- Chapines del Museo Correr de Venecia: Didier Descouens. Dominio público, vía Wikimedia Commons.
- Zuecos de baño sirios del siglo XVIII, Honolulu Museum of Art: Hiart. Dominio público (CC0), vía Wikimedia Commons.
- Dos damas venecianas (hacia 1490), Vittore Carpaccio, Museo Correr. Dominio público, vía Wikimedia Commons.
- Zapatos manchúes del siglo XIX, Bata Shoe Museum: Daderot. Dominio público (CC0), vía Wikimedia Commons.
- Okobo: Japanexperterna.se. Licencia CC BY-SA 3.0, vía Wikimedia Commons.
- Gráfico de alturas: feetkeepers.
