Cada verano se repite la misma escena en Lisboa, en Roma o en el casco antiguo de cualquier ciudad española. Turistas con sandalias planas de suela fina, a veces simples chanclas, que salen del hotel a las nueve y vuelven a las diez de la noche tras recorrer media ciudad sobre piedra. Al día siguiente, los pies lo notan. Y casi nadie se pregunta qué ha estado haciendo, o dejando de hacer, ese centímetro de goma que separaba su pie del adoquín.
Qué hace una suela
Una suela tiene tres trabajos. El primero es proteger: frenar lo que hay en el suelo, desde una piedra suelta hasta el calor del asfalto. El segundo es amortiguar: cuando el pie toca el suelo, la fuerza no aparece de golpe, sino que crece en una fracción de segundo, y un material que se comprime un poco suaviza esa subida. El tercero, que suele olvidarse, depende de la parte de arriba del calzado: sujetar el pie para que la suela vaya con él y no se quede atrás.
Una sandalia plana de suela fina cumple bien el primer trabajo en un suelo limpio y mal los otros dos. La pregunta es cuánto importa eso. Y aquí la ciencia da respuestas más matizadas de lo que suele contarse.
Presión: la chancla, entre la zapatilla y el pie descalzo
En 2008, dos investigadores del programa de medicina podológica de la Universidad Midwestern, en Arizona, compararon la presión en la planta del pie de diez mujeres al caminar con chanclas, con zapatillas deportivas y descalzas. Usaron unas plantillas con sensores que registran, paso a paso, cuánta presión soporta cada zona del pie. Todas tenían la misma talla y un peso en rango normal, para que las diferencias vinieran del calzado y no de los pies. De las 18 comparaciones que hicieron entre zonas del pie y tipos de calzado, nueve dieron diferencias estadísticamente significativas. En todas ellas, las chanclas daban siempre picos de presión más altos que las zapatillas, pero más bajos que el pie descalzo.
Es decir, la chancla amortigua algo, pero bastante menos que una zapatilla. No es lo mismo que ir descalzo y tampoco es lo mismo que llevar un calzado con una entresuela pensada para amortiguar.
El talón cae el doble de rápido
En 2014, un equipo de la Universidad de Salford, en el Reino Unido, publicó en el Journal of Foot and Ankle Research un análisis de la marcha de 40 personas, 20 hombres y 20 mujeres de unos 35 años de media, que caminaron descalzas y con chanclas sobre una plataforma de fuerzas, con marcadores en las piernas para registrar cada movimiento en tres dimensiones. También probaron una sandalia de tipo chancla con una correa más ancha, colocada más cerca del tobillo, y una entresuela más gruesa hecha de varias densidades.
Los resultados fueron muy concretos. Con chancla, el talón bajaba hacia el suelo a 0,342 metros por segundo, frente a 0,170 descalzo: el doble de rápido. El pie se levantaba más durante la fase en la que va por el aire, con un ángulo de tobillo mayor, con 7,6 grados de flexión máxima frente a 6,7 descalzo, y el músculo tibial anterior, el que levanta la punta del pie, trabajaba más al final de esa fase. La sandalia con correa más ancha, además, reducía la inclinación del tobillo hacia dentro durante el apoyo: 3,5 grados, frente a 4,4 con chancla y 4,3 descalzo. La sandalia con correa más ancha y entresuela gruesa redujo la tasa de carga máxima, es decir, lo rápido que crece la fuerza al apoyar el pie, un 19 % respecto a la chancla.
Una explicación razonable, aunque el estudio no la pone a prueba directamente, es que con una chancla el pie tiene que ocuparse también de llevarse la sandalia consigo. Lo que sí está medido es que el talón llega al suelo con más prisa.

Pero no todo es peor
Antes de declarar la guerra a las chanclas, conviene leer el siguiente estudio. En 2018, investigadores de la Universidad Politécnica de Hong Kong publicaron en PLoS One un trabajo con diez hombres sanos que caminaron descalzos, con zapatillas deportivas y con chanclas, y combinaron sus datos con un modelo informático del sistema musculoesquelético para estimar las fuerzas dentro de las articulaciones. Comprobaron que lo que calculaba el modelo coincidía en el tiempo con la actividad eléctrica que medían directamente en los músculos.
Frente a las zapatillas, con chanclas caminaban más despacio, el tobillo se movía más y una de las fuerzas en la articulación del tobillo, la que actúa en sentido lateral, era mayor. Pero frente a ir descalzos, no encontraron diferencias significativas ni en la activación muscular, ni en los movimientos de las articulaciones, ni en las fuerzas en la rodilla y el tobillo. Los autores apuntaban que la menor velocidad al caminar con chanclas y el propio diseño de la sandalia podían explicar ese parecido con la marcha descalza, y concluían que seguía sin estar claro si caminar con chanclas es perjudicial.
Juntando los tres estudios, la imagen es coherente y prudente. Una suela fina se parece más a ir descalzo que a llevar una zapatilla. Eso cambia la forma de caminar, pero no convierte por sí solo la chancla en un objeto peligroso. Lo que la ciudad añade es lo que vas a pisar y durante cuánto tiempo.

El adoquín cambia las reglas
La mayoría de los estudios de marcha se hacen en laboratorio, sobre suelos perfectamente lisos y uniformes. Una ciudad antigua es otra cosa: piedra, juntas, desniveles, bordillos y cuestas. En 2013, un equipo de la Universidad de Michigan publicó en el Journal of Experimental Biology un experimento sobre caminar en terreno irregular. Construyeron una cinta de correr con bloques que creaban desniveles de hasta 2,5 centímetros, y pusieron a caminar en ella a once personas sanas.
En el suelo irregular, los participantes acortaron el paso un 4 %, y la variabilidad de sus pasos se disparó: un 22 % más en la longitud y un 36 % más en la anchura. Las rodillas y las caderas tuvieron que hacer mucho más trabajo, y siete músculos de la pierna y el muslo aumentaron su actividad. El trabajo positivo de la rodilla aumentó un 28 % y el de la cadera, un 62 %, y el trabajo de frenado de la rodilla creció un 26 %. El resultado final fue un 28 % más de gasto de energía para caminar a la misma velocidad, y los investigadores atribuyeron buena parte de ese aumento precisamente al trabajo extra de rodillas y caderas.
Un adoquinado irregular o una acera llena de baldosas levantadas es, en la práctica, una versión cotidiana de ese terreno. Cada paso es un poco distinto del anterior, y el cuerpo tiene que ajustarse constantemente. Con una suela fina y flexible, esas irregularidades llegan casi tal cual a la planta del pie, que tiene que adaptarse a cada piedra en lugar de apoyarse sobre una superficie que las reparta.
Piedra pulida y lluvia: el caso de Lisboa
Pocas ciudades ilustran mejor esta historia que Lisboa. Su famosa calzada portuguesa, el mosaico de pequeñas piedras blancas y negras que cubre plazas y aceras, se usó por primera vez en su forma actual entre 1840 y 1846, durante unas reparaciones en el castillo de San Jorge dirigidas por el ingeniero militar Eusébio Pinheiro Furtado. En 1848, el mismo Furtado pavimentó la plaza del Rossio con un dibujo de olas en homenaje al mar que cruzaron los navegantes portugueses, y la moda se extendió por todo el país. En 1896 llegó al Salón de San Juan de Barcelona y en 1901 a Brasil, donde acabaría formando el célebre paseo de la avenida Atlântica, en Copacabana.
Es bellísima y tiene un problema conocido. Según recoge la enciclopedia Wikipedia a partir de sus fuentes, este pavimento es especialmente resbaladizo, algo que empeora con el desgaste natural, que pule la piedra, y con la lluvia. Oporto, en 2005, y São Paulo, en 2007, sustituyeron tramos importantes por materiales modernos. Y con una chancla, el resbalón tiene un ingrediente extra. En un estudio publicado en 2021, un equipo de la Universidad de Waterloo, en Canadá, provocó resbalones controlados a personas que llevaban chanclas, sobre baldosa seca y mojada, cargando el pie que resbalaba con el 40, el 50 y el 60 % del peso corporal. Sobre baldosa mojada, cuanto más peso cargaban en ese pie, más rápido resbalaba, hasta aproximadamente un metro por segundo más. Y observaron algo que no pasa con un zapato cerrado: cuando el pie perdía el contacto con el suelo, la chancla podía salirse del talón. Los autores concluyeron que con chanclas el resbalón puede producirse en dos sitios a la vez, entre el pie y la sandalia y entre la sandalia y el suelo.
Pisar una piedra caliza pulida y mojada con una suela lisa y fina es exactamente el escenario contra el que se diseñan las suelas antideslizantes, como contamos en el artículo sobre el calzado de trabajo.


El suelo que quema
En verano, el problema no es solo la forma del suelo. Es su temperatura. Según la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos, la EPA, los pavimentos convencionales como el asfalto pueden alcanzar a mediodía temperaturas de superficie de hasta 152 grados Fahrenheit, unos 67 grados centígrados. Los llamados pavimentos fríos, diseñados para reflejar más radiación, se quedaban en las mediciones que cita la agencia entre 10 y 16 grados Fahrenheit por debajo. Con una suela de pocos milímetros, lo único que separa la planta del pie de esa superficie es ese material y lo poco que tarda el calor en atravesarlo.
Qué mirar en una sandalia para caminar una ciudad
Nada de lo anterior significa que haya que renunciar a las sandalias en verano. Significa que no todas hacen el mismo trabajo. A la luz de los estudios, hay tres cosas que marcan la diferencia en el diseño.
La primera es la sujeción: una correa que agarre el empeine o el talón mantiene la sandalia pegada al pie, algo que una simple tira entre los dedos no hace. La segunda es la suela: en el estudio de Salford, la sandalia con correa más ancha y entresuela gruesa de varias densidades redujo un 19 % la tasa de carga respecto a la chancla. La tercera es el dibujo de la suela, que decide cuánto se agarra a una piedra pulida y mojada.
La sandalia plana, fina y suelta resulta cómoda en la playa o en la piscina. Una ciudad de piedra, cuesta y lluvia es otro terreno, y pide otra suela. Si después de caminar te queda dolor en los pies durante días, eso ya no es una cuestión de calzado: consulta a un podólogo o a un médico.

Fuentes
- T. J. Carl y S. L. Barrett (2008), «Computerized analysis of plantar pressure variation in flip-flops, athletic shoes, and bare feet», Journal of the American Podiatric Medical Association 98(5): 374-378.
- C. Price, V. Andrejevas, A. H. Findlow, P. Graham-Smith y R. Jones (2014), «Does flip-flop style footwear modify ankle biomechanics and foot loading patterns?», Journal of Foot and Ankle Research 7: 40.
- T. L. Chen, D. W. Wong, Z. Xu y otros (2018), «Lower limb muscle co-contraction and joint loading of flip-flops walking in male wearers», PLoS One 13(3): e0193653.
- A. S. Voloshina, A. D. Kuo, M. A. Daley y D. P. Ferris (2013), «Biomechanics and energetics of walking on uneven terrain», Journal of Experimental Biology 216: 3963-3970.
- L. M. Tennant, D. J. Fok, D. C. Kingston y otros (2021), «Analysis of invoked slips while wearing flip-flops in wet and dry conditions: does alternative footwear alter slip kinematics?», Applied Ergonomics 92: 103318.
- U.S. Environmental Protection Agency, «Using cool pavements to reduce heat islands».
- Wikipedia, artículo «Portuguese pavement», con sus referencias.
Créditos de las imágenes
- Plaza del Rossio, Lisboa: David Holt. Licencia CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia Commons.
- Gráfico de los estudios: feetkeepers.
- Chancla: WikiCantona. Licencia CC BY-SA 3.0, vía Wikimedia Commons.
- Plano del empedrado del Rossio (1850), Eusébio Cândido Pinheiro Furtado. Dominio público, vía Wikimedia Commons.
- Calceteros en Lisboa (1907): Joshua Benoliel. Dominio público, vía Wikimedia Commons.
- Calle adoquinada en Marburgo: Ludwig Sebastian Micheler. Licencia CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.
