Un zapato caro no lleva dentro el doble de zapato que uno barato. Lleva, sobre todo, más márgenes. La piel, que es lo que la mayoría cree estar pagando, suele ser una parte pequeña del precio final, y lo que separa un par de 40 euros de uno de 200 está repartido entre la mano de obra, la construcción, los impuestos de aduana, la marca y la tienda. Hay datos para seguir ese dinero, algunos recientes y otros de hace medio siglo, y cuentan la misma historia.
Cuánto vale un zapato al salir de fábrica
La mejor pista de cuánto cuesta hacer un zapato está en las aduanas, que registran cuántos pares cruzan la frontera y por cuánto se declaran. Según la asociación de fabricantes italianos, Assocalzaturifici, en 2024 el precio medio de cada par que Italia exportó fue de 62,95 euros, un 5,4 % menos que el año anterior, después de dos años de subidas de más del 11 %. Los pares que Italia importó salieron de media a 19,27 euros, y los que llegaron desde China, a 7,53.
España juega en otra liga. Según los datos de Aduanas recogidos por la Revista del Calzado, el precio medio del par exportado entre enero y octubre de 2024 fue de 19,9 euros, y el del par importado, de 14. A escala mundial, el World Footwear Yearbook de la asociación portuguesa APICCAPS sitúa el precio medio de exportación de 2024 en 11,47 dólares por par, por debajo de los 11,99 del año anterior.
Ninguna de esas cifras es lo que paga quien entra en una tienda. Es el valor del zapato al cruzar la frontera, antes de que la marca y el comercio pongan su parte. Pero marca el punto de partida: buena parte de los zapatos del mundo salen de fábrica por menos de lo que cuesta una comida.

Dos zapatos de 1972, desmontados
Para ver dónde se va el dinero hace falta abrir un zapato por dentro, y eso lo hizo el Departamento de Agricultura de Estados Unidos en 1972. El economista Fred Poats siguió el camino de la piel desde el matadero hasta la zapatería con dos modelos de zapato oxford de hombre, a partir de datos de procesadores de pieles, curtidurías, fabricantes y asociaciones del sector.
El modelo A era un zapato casual de precio medio, con suela pegada en buena parte, forro parcial, piel suave en el corte y suela y tacón que no eran de cuero. El modelo B era un zapato de vestir tradicional, con costuras a máquina, forro completo, suela y tacón de cuero cosidos con vivo y piel de grano completo de alta calidad.
La piel del corte del modelo A costaba 2,03 dólares por par, y la del B, 2,56. El A salía de fábrica a 9,90 dólares, y el B, a 16,23. Con el margen habitual del 50 % que declaraba la asociación de minoristas independientes, el A se vendía en tienda a 19,80 dólares, y el B, a 32,46.
Hagamos la cuenta. La piel del corte era alrededor del 10 % del precio de tienda en el zapato barato y del 8 % en el caro. Entre uno y otro, el precio de fábrica subía un 64 %, pero la piel solo encarecía el par un 26 %. Lo que hacía caro al zapato B no era sobre todo el material, sino lo demás. El informe lo explica: los fabricantes pagaban más por cada componente del zapato de vestir, y la mano de obra costaba más porque exigía más habilidad y más tiempo. El casual era más barato de montar porque llevaba menos piezas y porque la suela se pegaba en lugar de coserse.
Y había un efecto multiplicador. Los costes de venta, entre el 15 y el 20 % del precio de fábrica, y el beneficio, fijado como objetivo en el 10 %, se calculaban como porcentajes. Así que cuanto más caro salía el zapato, más subían también ellos. El margen de la tienda hacía lo mismo: un 50 % de un precio más alto es más dinero. Y ese margen había crecido. En 1964, el del comercio de calzado, incluido el transporte desde la fábrica, se había calculado en el 41,7 % del precio de venta; en 1972, la propia asociación de minoristas hablaba ya del 50 % como margen habitual.

Cuando la piel se dispara
El informe de Poats nació de una crisis. Entre agosto de 1971 y junio de 1972, el precio de las pieles de vacuno en Estados Unidos se duplicó con creces, por la fuerte demanda mundial de cuero, una caída brusca de las exportaciones argentinas y el cierre, en 1971, de la producción estadounidense de dos de los principales sustitutos sintéticos. Para frenar el golpe, el Gobierno impuso controles a los márgenes de curtidores, fabricantes y tiendas, y limitó la exportación de pieles.
Según sus cálculos, cada centavo que subía la libra de piel en bruto encarecía 1,46 centavos el pie cuadrado de cuero para cortes. Aun así, la duplicación del precio de la piel solo añadía entre 66 y 75 centavos a cada par de zapatos, entre un 5 y un 7 % de su precio de fábrica. En las curtidurías, la piel en bruto ya suponía cerca del 60 % del valor del cuero curtido, frente al 50 % de 1964. Pero en el precio del zapato terminado su peso seguía siendo modesto.
El informe deja otros detalles del oficio que rara vez se cuentan. Una piel fresca típica de vacuno cebado pesaba unas 75 libras, unos 34 kilos, y se quedaba en 48 libras, unos 22 kilos, tras el curado en salmuera, que para entonces ya había sustituido al salado en seco, más caro, en instalaciones muy mecanizadas junto a los mataderos. Entre 1964 y 1972, el coste de procesar cada libra de piel había bajado de 5,3 a 2,6 centavos. Y los cueros con acabados a medida del cliente, que antes eran menos de una cuarta parte de las ventas de las curtidurías, habían pasado a ser entre el 60 y el 80 %.
La piel no es toda igual
Que la piel pese poco en el precio no significa que dé igual cuál se use. Una piel cambia de grosor y de firmeza de una zona a otra, y los cortadores de cuero aprendían a colocar cada patrón en la zona que mejor le convenía, como contamos en el artículo sobre cómo se fabrica un zapato. El zapato B de 1972 usaba más piel de corte que el A, de mejor calidad y con más acabado. En las curtidurías, los acabados a medida del cliente, con colores, recubrimientos y tratamientos especiales, eran ya entonces lo que más había encarecido el cuero después de la propia piel.
Ahí está una de las diferencias reales entre un zapato caro y uno barato: qué piel se usa y de qué parte del animal sale cada pieza. La diferencia puede ser enorme. En el cuero de suela, el boletín de 1952 del Departamento de Agricultura estadounidense del que hablamos en el artículo sobre cuántos pares de zapatos necesitas explicaba que las suelas cortadas del crupón, la zona firme y de fibra apretada del lomo, duraban unas dos veces más que las del vientre, de cuero blando y flojo, y vez y media más que las de la zona del hombro. El crupón, según el mismo boletín, es una pieza casi rectangular de unos 127 por 64 centímetros, la mitad de cada costado de la piel, que va desde la raíz de la cola hasta justo detrás del hombro.
La construcción: cosido cuesta, pegado ahorra
La segunda gran diferencia está en cómo se une la suela. Un zapato con vivo cosido, como el modelo B de 1972, exige más piezas, más operaciones y más mano de obra especializada que uno pegado. A cambio, se le puede cambiar la suela varias veces. Un zapato pegado es más rápido de fabricar, más ligero y más barato, y suele tener más difícil la reparación. La asociación estadounidense de distribuidores y minoristas de calzado, FDRA, recordaba en 2025 que hacen falta más de cien manipulaciones para fabricar un par básico de zapatos de vestir de piel.
Esa diferencia no se ve en el escaparate, pero suele notarse cuando la suela se gasta: el cosido tiene más fácil volver al zapatero. Cada construcción tiene su lógica, y conviene saber cuál se está pagando.

El arancel, un impuesto al revés
Entre la fábrica y la tienda hay un viaje, y en muchos países una aduana. Estados Unidos ofrece un caso extremo. Según la FDRA, el calzado paga allí un arancel medio del 12,3 %, frente a menos del 2 % del resto de bienes de consumo importados, y hay tipos del 37,5 %, el 48 % y el 67 %. Ese último es en realidad un tipo compuesto: 90 centavos por par más un 37,5 % del valor.
Lo llamativo es que el sistema es regresivo: los tipos más altos caen sobre los zapatos más baratos. Según la misma asociación, una zapatilla infantil de aspecto deportivo con el corte de tejido paga un 20 % si es de valor alto, 90 centavos por par más un 20 % si es de gama media, y un 37,5 % o más si es barata. Un mocasín de piel de hombre paga un 8,5 %. Con un mercado que recibe 2.400 millones de pares al año, siete por cada habitante del país, la FDRA calculaba además que, en los últimos veintiséis años, el coste medio de llegada del calzado importado y el precio en tienda habían subido o bajado a la vez en dieciocho de ellos.

La marca y la tienda, la mayor tajada
El tramo más grande del precio de un zapato, sobre todo de uno caro, no se fabrica. En 2017, la red Change Your Shoes, en la que participan la Campaña Ropa Limpia y otras organizaciones europeas, publicó el informe The Real Cost of Our Shoes, centrado en la producción de tres grandes marcas italianas en Italia, Europa del Este y Asia. Según sus autores, en el lujo, la distribución y la marca se quedan aproximadamente con el 60 % del precio final.
El informe recoge testimonios de talleres subcontratados que muestran la otra cara. Un abogado defensor explicaba que el precio pagado por cada corte de zapato a talleres del Salento había bajado de 13 a 10 euros entre 2009 y 2012. El dueño de otro taller contaba que hacían modelos muy elaborados, incluidas botas, que les costaban 30 euros el par, mientras la marca intentaba pagarles 15. Son testimonios recogidos por una organización con una posición clara, no auditorías, pero describen un mecanismo que cuadra con los números: en el zapato caro, la parte que se queda en la fábrica puede ser muy pequeña.
Lo que sí compra el dinero
Con todo esto queda la pregunta útil: qué compra exactamente esa diferencia de precio. Puede comprar mejor piel y mejor elegida, una construcción cosida que admite reparaciones, más horas de mano de obra cualificada y, en algunos casos, más anchos y más hormas, lo que también cuenta para el ajuste, como explicamos en el artículo sobre la puntera de acero. Y puede comprar también, en buena parte, marca y escaparate.
En 1972, la diferencia de precio entre un zapato y otro se explicaba sobre todo por la mano de obra y la construcción, multiplicadas por los márgenes. Medio siglo después, el mecanismo sigue siendo el mismo. Lo que ha cambiado es lo lejos que está la fábrica.


Fuentes
- Assocalzaturifici, L’industria calzaturiera italiana: lineamenti principali 2024.
- Revista del Calzado, balanza comercial del calzado español de enero a octubre de 2024, con datos de la Dirección General de Aduanas.
- APICCAPS, World Footwear Yearbook 2025, datos de 2024.
- F. Poats (1972), «Cattle hides and shoe prices», Marketing and Transportation Situation MTS-186, Servicio de Investigación Económica del Departamento de Agricultura de Estados Unidos.
- F. P. Veitch, R. W. Frey y H. P. Holman, revisado por J. S. Rogers e I. D. Clarke, Leather Shoes: Selection and Care, Farmers’ Bulletin 1523, Departamento de Agricultura de Estados Unidos (1927, revisión de 1952).
- Footwear Distributors & Retailers of America (FDRA), comentarios a la Oficina del Representante de Comercio de Estados Unidos (11 de marzo de 2025).
- Change Your Shoes, Labour Behind the Label y Centro Nuovo Modello di Sviluppo (2017), The Real Cost of Our Shoes.
Créditos de las imágenes
- Curtiduría Chouara de Fez: Jorge Franganillo. Licencia CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons.
- Curtiduría de Fez, vista general: Bernard Gagnon. Licencia CC BY-SA 3.0, vía Wikimedia Commons.
- Gráficos de precios: feetkeepers.
- Buque portacontenedores en Hai Phong: Nathan.cima. Licencia CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.
- Taller de calzado de la misión de Santa Bárbara: autor desconocido, colección de la Sociedad Histórica de California. Dominio público, vía Wikimedia Commons.
- Tarjeta publicitaria «Low Price»: Bufford, Boston; colecciones digitales de la Universidad de Miami (Ohio). Dominio público, vía Wikimedia Commons.
