La vergüenza de enseñar los pies no es una manía tuya. Es una de las costumbres más viejas y más repartidas del planeta. Enseñamos la cara a cualquiera, las manos a todo el mundo y los brazos en cuanto sale el sol, pero los pies los guardamos dentro de los zapatos, y cuando llega el verano mucha gente se lo piensa dos veces antes de sacarlos. Hay quien lo explica por el olor, quien lo explica por la estética y quien lo explica por el marketing. Todas esas razones existen, pero llegan tarde: mucho antes, los pies ya eran, en medio mundo, la parte del cuerpo que no se enseña.
Cuántos se esconden
Hay números recientes. En abril de 2025, la empresa demoscópica Talker Research encuestó a 2.000 estadounidenses por encargo de una marca de productos para el cuidado de los pies, así que conviene leerla sabiendo quién la pagó. Según sus resultados, el 44 % se siente cohibido por sus pies. La generación X es la más incómoda, con un 49 %, por delante de los milenials, con un 45 %, y de la generación Z, con un 42 %.
¿Qué es lo que más avergüenza? El olor, que señala la mitad de los encuestados. Muy por detrás aparecen el vello de los dedos, con un 16 %, y su forma, con un 14 %. Dos de cada tres dicen haber evitado alguna vez el calzado abierto por cómo se ven sus uñas.

La parte más baja del cuerpo
Para entender esa incomodidad hay que mirar más allá de la playa. En muchas culturas, el pie es la parte más baja del cuerpo y, por tanto, la más impura, porque es la que toca el suelo. Según la recopilación de normas de etiqueta asiáticas de Wikipedia, en Malasia los pies se consideran simbólicamente impuros: no se usan para señalar a una persona ni una cosa, y al sentarse en el suelo no se deben enseñar las plantas a nadie. En Tailandia, las imágenes del rey, presentes en los billetes y los sellos, no se pisan nunca, porque poner el pie por encima de la cabeza del rey se considera la mayor falta de respeto.
En la tradición hindú hay incluso un gesto para pedir perdón por un roce del pie. Según la misma enciclopedia, cuando alguien toca sin querer con el pie un libro, que se asocia a Sarasvati, la diosa del conocimiento, dinero, que se asocia a Lakshmi, la diosa de la riqueza, o la pierna de otra persona, primero toca el objeto con la punta de los dedos de la mano y después se lleva la mano a la frente o al pecho. Ese gesto forma parte del pranama, la familia de saludos de reverencia que en la cultura india se dedican sobre todo a los mayores, a los maestros o a la divinidad, y cuyo nombre significa inclinarse hacia delante. En esa lógica, el cuerpo tiene un orden: la cabeza arriba, lo más digno, y los pies abajo, lo que no debe tocar lo que se respeta.
En muchas culturas árabes, enseñar la suela del zapato es un insulto, precisamente porque el zapato está en contacto con el suelo, y golpear a alguien con un zapato añade la ofensa a la agresión. El mundo entero lo aprendió el 14 de diciembre de 2008, cuando el periodista iraquí Muntadhar al Zaidi lanzó sus dos zapatos contra el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, durante una rueda de prensa en Bagdad, al grito de «este es el beso de despedida del pueblo iraquí, perro». Bush los esquivó. Al Zaidi se convirtió en un héroe en buena parte del mundo árabe.
Unos pies de barro
En la tradición europea, el pie también es lo de abajo, lo que sostiene y lo que falla. En el libro de Daniel, el rey Nabucodonosor sueña con una estatua enorme: la cabeza de oro, el pecho y los brazos de plata, el vientre y los muslos de bronce, las piernas de hierro y los pies, en parte de hierro y en parte de barro. Una piedra golpea la estatua en los pies, y la estatua entera se derrumba. De ahí sale la expresión de un gigante con pies de barro: lo que parece poderoso y tiene la debilidad justo donde se apoya.

Lavar los pies, el gesto más humilde
Si los pies son lo más bajo, tocarlos es rebajarse. Por eso el gesto de lavar los pies de otro tiene tanto peso en la tradición cristiana. Según el Evangelio de Juan, en la última cena Jesús se levantó de la mesa, se quitó el manto, se ató una toalla a la cintura y empezó a lavar los pies a sus discípulos. Pedro se negó al principio. Después de convencerle, Jesús les pidió que hicieran lo mismo unos con otros.
Ese gesto se convirtió en un rito, el lavatorio, que en latín se llama mandatum por la primera palabra de la antífona que se canta durante la ceremonia: Mandatum novum do vobis, «os doy un mandamiento nuevo». Según recoge Wikipedia, en la segunda mitad del siglo XII el papa ya lavaba los pies de doce subdiáconos después de la misa del Jueves Santo y de trece pobres después de comer. En 1955, Pío XII incorporó el rito a la misa. En 2013, el papa Francisco lavó los pies de dos mujeres y de varios musulmanes en un centro de menores de Roma, y en 2016 el Misal Romano se revisó para permitir que el Jueves Santo también se lavaran los pies de mujeres.
El islam convierte el lavado de los pies en parte de la purificación diaria. El wudu, la ablución que se hace normalmente antes de la oración, sigue un orden fijo: las manos, la boca y la nariz, la cara, los antebrazos, la cabeza y las orejas y, por último, los pies. Según las escuelas jurídicas que recoge Wikipedia, no basta con pasar la mano mojada por encima de ellos, aunque en ciertas condiciones se admite hacerlo sobre unos calcetines de cuero tradicionales. Los pies cierran el ritual porque son lo último, lo más bajo y lo que más contacto tiene con la calle.
El Museo del Prado conserva una de las versiones más célebres de esa escena, El Lavatorio de Tintoretto, pintada entre 1548 y 1549 para la iglesia de San Marcuola, en Venecia. Su viaje hasta Madrid es una historia en sí misma: unos setenta años después pasó al duque de Mantua, en 1627 la compró Carlos I de Inglaterra y, tras su ejecución, el Parlamento vendió sus colecciones. El embajador español Alonso de Cárdenas la adquirió, pasó a manos de don Luis de Haro, y este se la regaló a Felipe IV. Es el cuadro que abre este artículo.

Unos pies sucios en un altar
En el arte, enseñar unos pies sucios llegó a ser un escándalo. Hacia 1604, los herederos del marqués Ermete Cavalletti encargaron a Caravaggio un cuadro de la Virgen de Loreto para su capilla en la iglesia de San Agustín, en Roma. El resultado, terminado hacia 1606, presenta a una Virgen descalza en el umbral de una puerta, ante dos peregrinos arrodillados, también descalzos. Los pies descalzos del peregrino de delante quedan en primer plano, con las plantas hacia quien mira, casi a la altura de sus ojos. La Virgen, apoyada en una pared de ladrillo desconchado, solo se distingue de cualquier mujer del barrio por un halo finísimo. Según el pintor Giovanni Baglione, rival de Caravaggio, cuando se descubrió el cuadro el pueblo llano armó un gran alboroto.
No era la primera vez. Para la capilla Contarelli de la iglesia de San Luis de los Franceses, Caravaggio había pintado un San Mateo y el ángel en el que el evangelista aparecía como un campesino desaliñado, con los pies sucios. Según la historia que recoge Wikipedia, los responsables de la iglesia lo encontraron demasiado tosco para un altar, y el pintor tuvo que sustituirlo por una versión más digna, La inspiración de San Mateo, que sigue allí. La primera se perdió: solo quedan fotografías en blanco y negro tomadas antes de la Segunda Guerra Mundial.

Descalzarse para mostrar respeto
La otra cara de la misma idea es quitarse el calzado. En el Éxodo, cuando Moisés se acerca a la zarza ardiendo, la voz que sale de ella le ordena quitarse el calzado, porque el lugar que pisa es tierra santa. Descalzarse es reconocer que el suelo que se pisa merece respeto. Muchas religiones lo mantienen: se entra descalzo en mezquitas y templos de distintas tradiciones.
En la vida doméstica pasa algo parecido. En Malasia, según la misma recopilación de Wikipedia, se considera de mala educación entrar con zapatos en una casa. En Japón, el recibidor de las viviendas, el genkan, marca la frontera: los zapatos se quedan ahí y se entra descalzo o en zapatillas. El zoólogo Edward S. Morse dibujó uno en Tokio en 1885, como contamos en el artículo sobre cuántos pares de zapatos necesitas. Lo que se esconde no es el pie, sino la suciedad de la calle que traen los zapatos.


El olor, el argumento químico
La explicación más prosaica es también la más citada en la encuesta: el olor. Y tiene química. Según un estudio de 2006 publicado en el Canadian Journal of Microbiology, el principal responsable del olor de pies es el ácido isovalérico, que aparece cuando una bacteria que vive normalmente en la piel, Staphylococcus epidermidis, descompone la leucina presente en el sudor. Otro estudio de 2015 encontró que ese compuesto se concentra en la planta, donde viven casi todas las bacterias que lo producen, y no en el empeine. Lo contamos con detalle en el artículo sobre cuántos pares de zapatos necesitas.
Es decir, la parte del pie que menos se enseña es también la que produce el olor que más preocupa. Y la que, según las culturas que acabamos de ver, es menos educado enseñar: la planta.
La mirada de los demás
Queda el último ingrediente, el que más pesa en verano: la mirada ajena. Los pies están llenos de detalles que el resto del cuerpo no tiene, como dedos de longitudes distintas, uñas, vello y formas que cambian mucho de una persona a otra, y casi nadie los ve a diario salvo los suyos. Esa rareza los vuelve fáciles de juzgar. Es la misma mirada que ha convertido unos calcetines con sandalias en un delito estético, como contamos en el artículo sobre calcetines con sandalias.
Hace más de cinco mil años, en la Paleta de Narmer, el rey de Egipto aparecía descalzo mientras un sirviente le llevaba las sandalias, como explicamos en el artículo sobre el calzado más antiguo. Un rey enseñaba los pies en una de las imágenes de poder más antiguas que se conocen, y nadie pensó que fuera un problema.
Fuentes
- Talker Research, encuesta a 2.000 estadounidenses del 16 al 24 de abril de 2025, encargada por una marca de cuidado de los pies.
- Wikipedia, «Etiquette in Asia», «Shoe-throwing», «Muntadhar al-Zaidi», «Maundy (foot washing)», «The Washing of the Feet», «Pranāma», «Wudu», «Madonna di Loreto (Caravaggio)» y «Saint Matthew and the Angel», y las referencias que citan.
- La Biblia: Daniel 2:31-35; Éxodo 3:5; Juan 13:1-17.
- K. Ara, M. Hama, S. Akiba et al. (2006), «Foot odor due to microbial metabolism and its control», Canadian Journal of Microbiology 52(4): 357-364.
- D. Stevens, R. Cornmell, D. Taylor et al. (2015), «Spatial variations in the microbial community structure and diversity of the human foot is associated with the production of odorous volatiles», FEMS Microbiology Ecology 91(1): 1-11.
Créditos de las imágenes
- El Lavatorio (1548-1549), Jacopo Tintoretto, Museo del Prado. Dominio público, vía Wikimedia Commons.
- Gráfico de la encuesta: feetkeepers.
- Estatua del sueño de Nabucodonosor, Biblioteca Real de La Haya (KB 131 A 3): autor desconocido. Dominio público, vía Wikimedia Commons.
- Lavatorio en los Evangelios de Otón III, Biblioteca Estatal de Baviera: autor desconocido. Dominio público, vía Wikimedia Commons.
- Virgen de los peregrinos (hacia 1604-1606), Caravaggio, iglesia de San Agustín de Roma: Peter1936F. Licencia CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.
- Zapatos en la entrada de un ryokan, Minamisoma: Hajime Nakano. Licencia CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons.
- Recibidor de una casa japonesa: Bernat Agulló. Licencia CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia Commons.
