Zapatillas en el mar: el vertido de 1990 que enseñó a medir las corrientes

Las zapatillas en el mar son mejores oceanógrafas que muchas boyas. Flotan, aguantan años en el agua, llevan un número de serie y, cuando llegan a una playa, siempre hay alguien que las recoge y quiere contarlo. En 1990, decenas de miles de zapatillas cayeron al Pacífico Norte desde un portacontenedores, y en lugar de quedarse como una simple anécdota de basura flotante acabaron en una revista científica, en un modelo informático del Gobierno de Estados Unidos y en el origen de una red de buscadores de playa que todavía funciona. El mar devuelve zapatillas porque una suela está hecha para pesar poco, y eso es exactamente lo que hace falta para cruzar un océano.

El 27 de mayo de 1990

Según el artículo que publicaron en agosto de 1992 los oceanógrafos Curtis Ebbesmeyer y James Ingraham en Eos, la revista de la Unión Geofísica Americana, unos 80.000 zapatos de la marca Nike cayeron por la borda el 27 de mayo de 1990 en el Pacífico Norte, hacia los 48 grados norte y 161 grados oeste, al sur de Alaska. El barco era el Hansa Carrier, que iba de Corea del Sur a Seattle y se encontró con una tormenta. Otras fuentes posteriores, como la revista Smithsonian, hablan de 61.820 zapatillas; la cifra que dieron los científicos que estudiaron el caso es la primera.

Entre seis meses y un año después, según el mismo artículo, miles de zapatillas llegaron a la costa de Norteamérica, desde el sur de Oregón hasta las islas de la Reina Carlota, en Canadá, que hoy se llaman Haida Gwaii. Los buscadores de playa empezaron a encontrarlas a montones, y lo que habría sido un problema para la aseguradora se convirtió en una oportunidad para la ciencia.

Un oceanógrafo, su madre y un recorte de periódico

Ebbesmeyer, que había estudiado en la Universidad de Washington y se dedicaba a predecir el movimiento de vertidos de petróleo y aguas residuales, ha contado varias veces cómo empezó. Según la revista Smithsonian, un año después del accidente su madre le dio un recorte del Seattle Times sobre las zapatillas que llegaban a las playas, pensando que le haría gracia, y le preguntó si eso no era precisamente a lo que él se dedicaba. Ebbesmeyer le dijo que lo miraría.

Llamó a Jim Ingraham, antiguo compañero de la universidad, que había desarrollado para la NOAA, la agencia oceánica y atmosférica de Estados Unidos, un programa informático llamado OSCURS, un simulador de corrientes superficiales pensado para estudiar las migraciones del salmón. La idea de Ebbesmeyer era sencilla: si conocían el punto de partida de cada zapatilla y el punto de llegada, podían comprobar si el modelo acertaba. Y las zapatillas tenían algo que casi ningún objeto a la deriva tiene: un número de serie. Con los números que le facilitó Nike, Ebbesmeyer podía saber con certeza si una zapatilla encontrada en una playa venía del Hansa Carrier.

Le faltaban los puntos de llegada, y ahí apareció un aliado inesperado. Según Smithsonian, Steve McLeod, un pintor y buscador de playa de Oregón, había anotado con todo detalle dónde y cuándo se habían encontrado 1.600 de aquellas zapatillas. Con esos datos, el modelo acertó: las primeras llegadas a la costa de Washington, en noviembre y diciembre de 1990, y a la isla de Vancouver, en enero y febrero de 1991, coincidían con lo que predecía la simulación. En su artículo de 1992, los dos científicos explicaban que el vertido les había servido para calibrar el modelo, y que las simulaciones de 1946 a 1991 indicaban que ese año la deriva por el Pacífico nororiental había ido más al sur de lo habitual.

Esquema del vertido del Hansa Carrier en 1990 en el Pacífico Norte, con el punto de caída y la zona de la costa de Norteamérica adonde llegaron las zapatillas

Mercadillos para encontrar la pareja

El detalle más humano de la historia es lo que hicieron los vecinos de la costa. Según Smithsonian, los coleccionistas y buscadores de playa del noroeste de Estados Unidos empezaron a organizar mercadillos de intercambio para juntar zapatillas y completar pares. Tenía sentido: el mar no devuelve las zapatillas de dos en dos, porque en el agua cada una va por su cuenta. Y según recogía el Seattle Times en 1992, citado por la misma revista, las zapatillas seguían siendo utilizables después de muchos meses de temporales y agua.

Por qué flota una zapatilla

Que una zapatilla flote no es casualidad, es diseño. La entresuela de la mayoría de las zapatillas es una espuma, casi siempre de EVA o de alguno de sus parientes que explicamos en EVA o TPU en zapatillas: un plástico lleno de pequeñas burbujas de gas que lo hacen ligero y blando. En 2017, un equipo con investigadores de la Universidad del Sur de Misisipi midió en la revista Footwear Science la densidad de las espumas de EVA de varias zapatillas: 160 kilos por metro cúbico en el talón de una zapatilla convencional, 250 en la parte delantera y 240 en una minimalista. El agua de mar pesa algo más de 1.000 kilos por metro cúbico. Es decir, la espuma pesa entre cuatro y seis veces menos que el agua que desplaza.

El resto de la zapatilla sí pesa más que el agua: la goma de la suela exterior, los pegamentos o el tejido empapado. Pero mientras el volumen de espuma sea grande comparado con todo lo demás, el conjunto flota. Con el tiempo, el agua y el sol van degradando los materiales, como contamos en cuánto duran unas zapatillas, pero esa degradación es lenta. Lo bastante lenta como para cruzar un océano.

Gráfico de la densidad de las espumas de EVA de entresuela, entre 160 y 250 kilos por metro cúbico, frente a los algo más de 1.000 del agua de mar

Patitos de goma, guantes de hockey y el gran remolino

Las zapatillas no fueron las únicas. El 10 de enero de 1992, según Wikipedia, el portacontenedores Ever Laurel perdió doce contenedores en una tormenta en el Pacífico Norte, cerca de la línea internacional de cambio de fecha. Uno llevaba 28.800 juguetes de baño de plástico, los Friendly Floatees: patitos amarillos, castores rojos, tortugas azules y ranas verdes. Ebbesmeyer e Ingraham, que ya seguían el rastro de las zapatillas, se pusieron con ellos, y tenían un buen motivo. Según Wikipedia, el método clásico para estudiar corrientes era soltar entre 500 y 1.000 botellas a la deriva, y como en el Pacífico se suele recuperar alrededor del 2 % de lo que se suelta, eso daba entre 10 y 20 hallazgos. Con 28.800 juguetes, la misma proporción prometía unos 600. El modelo de Ingraham, además, calculaba el viento y las corrientes superficiales a partir de medidas de presión atmosférica recogidas desde 1967. El primer hallazgo llegó el 16 de noviembre de 1992 cerca de Sitka, en Alaska, a unos 3.200 kilómetros del punto de caída, y hasta agosto de 1993 se encontraron unos 400 a lo largo de 850 kilómetros de costa, un 1,4 % del total. El sol y el agua salada decoloraron hasta el blanco los patitos y los castores; las tortugas y las ranas conservaron su color.

En 2007, los dos científicos y otros dos colegas publicaron en Eos un repaso de los juguetes encontrados durante quince años alrededor del giro subártico del Pacífico, un remolino oceánico del tamaño de Estados Unidos formado por varias corrientes que unen Asia y América. Querían calcular cuánto tarda un objeto flotante en dar la vuelta completa. Según Wikipedia, otros juguetes pasaron años atrapados en el hielo del Ártico antes de llegar a la costa este de Estados Unidos y a las de Reino Unido e Irlanda, aunque el patito que encontró una maestra jubilada en Devon en julio de 2007, y que los periódicos británicos celebraron, resultó no ser uno de ellos: lo examinó un experto del Centro Nacional de Oceanografía de Southampton. La lista de Ebbesmeyer incluye también 34.000 guantes de hockey caídos del Hyundai Seattle en 1994. En 1996 fundó una asociación de buscadores de playa y oceanógrafos que publica la revista Beachcombers’ Alert. Ebbesmeyer ha contado que, a fuerza de estudiar cientos de vertidos, llegaron a la conclusión de que las corrientes oceánicas giran en grandes círculos, los giros, y que el planeta tiene en torno a una docena.

Buscadores de playa caminando entre troncos a la deriva en la playa de Sunset Bay, en la costa de Oregón

Lo que el mar sigue devolviendo

Treinta años después, las zapatillas siguen llegando a las playas, y ya no son una curiosidad científica. En 2018, el portacontenedores Maersk Shanghai perdió varios contenedores frente a la costa de Carolina del Norte. Según el diario irlandés TheJournal.ie, en la primavera de 2019 llevaban meses llegando zapatillas y chanclas a las playas del oeste de Irlanda, de Donegal a Clare, y se habían visto también en Jersey, España, Bretaña, Cornualles y las Azores. Liam MacNamara, un buscador de playa de Clare, contaba que muchas eran de Nike y que dos empresas le habían confirmado que tenían mercancía en el barco; Nike dijo no tener constancia de contenedores perdidos. A diferencia de las de 1990, estas no servían para ponérselas: MacNamara decía que tenían marcas de mordiscos.

Bota negra de montaña abandonada en la arena de una playa, con los cordones sueltos

El calzado también es parte de la basura que llega sola a los lugares más remotos. En 2020, un equipo de la Universidad de Oxford publicó en Scientific Reports lo que costó limpiar el atolón de Aldabra, en las Seychelles, un lugar protegido por la UNESCO y casi deshabitado. En marzo de 2019 retiraron 25 toneladas de plástico, y calcularon que quedaban otras 513. Por peso, el 83 % eran restos de la pesca de la región y el 7 % eran chanclas que llegaban de mucho más lejos. Lo que flota no se va: se queda dando vueltas hasta que una corriente lo deja en alguna orilla. El plástico de los zapatos, como explicamos en el artículo sobre los zapatos veganos, no se biodegrada.

Chancla de goma verde muy desgastada entre los restos que el mar ha dejado en una playa de la isla de Bantayan, en Filipinas

El lado más triste de la flotabilidad

La misma física que llevó las zapatillas del Hansa Carrier hasta Oregón explica una historia mucho más seria. Desde agosto de 2007 han aparecido en las costas del mar de Salish, entre la Columbia Británica, en Canadá, y el estado de Washington, al menos 20 pies humanos dentro de sus zapatillas. Según Wikipedia, el servicio forense de la Columbia Británica dijo en diciembre de 2017 que en todos los casos anteriores se había descartado un crimen, y la mayoría de los pies hallados en esa provincia se han identificado. Según el forense, las zapatillas eran las responsables de que los restos flotaran lo suficiente para llegar a la orilla y de que se conservaran. No había ningún misterio, solo una suela ligera haciendo lo que hace siempre. En Vancouver hay incluso una plaza que se llama Leg-In-Boot Square por un hallazgo parecido en 1887.

Lo que dice una zapatilla en la orilla

Cada zapatilla que el mar deja en una playa es, a su manera, un dato, igual que las que aparecen colgadas de los cables cuentan algo de un barrio. Ebbesmeyer lo supo ver: un objeto con un origen conocido, una fecha de caída y un número de serie vale más para medir corrientes que muchas botellas con mensaje. Hoy los oceanógrafos tienen satélites y boyas con GPS, pero los buscadores de playa siguen apuntando lo que encuentran, y siguen apareciendo zapatillas que nadie perdió en la arena.

Lo inquietante no es que floten, que para eso están hechas. Lo inquietante es lo bien que lo hacen y lo poco que se degradan: una zapatilla que cae hoy por la borda puede seguir dando vueltas al Pacífico cuando quien la diseñó ya se haya jubilado. Para eso no hacía falta ningún modelo informático. Bastaba con mirar la orilla.

Fuentes

Créditos de las imágenes

  • Contenedores en el mar durante un temporal, Atlántico Norte, 1980: Buonasera. Licencia CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.
  • Buscadores de playa en Sunset Bay, Oregón: RickObst. Licencia CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.
  • Bota en una playa: Alan Fryer. Licencia CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia Commons.
  • Chancla en una playa de Bantayan, Filipinas: Øyvind Holmstad. Licencia CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons (recortada).
  • Esquema del vertido y gráfico de densidades: feetkeepers.

Descálzate y empieza el camino. feetkeepers

Este artículo es informativo y general y no sustituye la opinión de un profesional sanitario. Si tienes cualquier duda sobre la salud de tus pies, consulta a un podólogo o a un médico. Aviso sanitario.