Zapatos veganos: de qué están hechos y por qué no todos son más sostenibles

Zapatos veganos es una etiqueta que define un zapato por lo que no lleva, y ahí empieza el lío. «Vegano» garantiza, en teoría, que no hay piel animal, ni colas de origen animal, ni lana. No dice nada de lo que sí hay. Y lo que hay, cuando un laboratorio abre las muestras con un microscopio, es casi siempre plástico: poliuretano, poliéster, a veces PVC, con un poco de cactus, uva o manzana mezclado dentro como quien echa perejil a un guiso. Eso no convierte los zapatos veganos en una estafa. Los convierte en una categoría que hay que leer con lupa, porque bajo la misma palabra conviven materiales que no se parecen en nada.

«Vegano» describe una ausencia

El cuero es piel animal curtida, y la palabra vegano solo dice que esa piel no está. El hueco lo puede llenar cualquier cosa capaz de parecerse al cuero: un tejido recubierto de plástico, un fieltro de fibras vegetales, una lámina de hongo cultivado o una mezcla de todo eso. Cuando una marca vende un zapato como vegano, está hablando del origen de los materiales, no de su química, ni de su durabilidad, ni de su huella ambiental. Son tres preguntas distintas y la etiqueta solo contesta a una.

Hay un segundo malentendido que conviene quitar de en medio cuanto antes: vegano no significa natural. Un zapato de PVC de toda la vida es perfectamente vegano. Lo era mucho antes de que existiera la palabra en el marketing del calzado, cuando se llamaba simplemente polipiel, skay o cuero sintético. Lo nuevo de la última década no es el zapato sin animal, que lleva un siglo en las tiendas, sino la promesa de que el sustituto viene de una planta.

El cuero de imitación tiene más de cien años

La historia del falso cuero es la de un material que siempre ha tenido que justificarse. Según Wikipedia, uno de los primeros fue el Presstoff, inventado en Alemania en el siglo XIX con pasta de papel tratada y prensada en capas. Se usó sobre todo durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el cuero estaba racionado, y servía para casi todo excepto para lo que más castigo recibe: el calzado. Con la flexión continua y la humedad, el Presstoff se separaba en capas y perdía la cohesión. Es exactamente el problema que, ochenta años después, siguen persiguiendo los laboratorios.

En Estados Unidos, la química del falso cuero salió de la pólvora. DuPont compró en 1910 la Fabrikoid Company de Newburgh, en Nueva York, y su Fabrikoid era, según Wikipedia, un tejido de algodón recubierto de piroxilina, una nitrocelulosa menos nitrada que la de los explosivos, disuelta en aceite de ricino, alcohol, benceno y acetato de amilo. Una ficha fotográfica de 1918 del Archivo Nacional de Estados Unidos, tomada en la Athol Manufacturing Company de Massachusetts, cuenta el proceso paso a paso: el algodón se trataba con ácidos nítrico y sulfúrico en centrifugadoras, se lavaba en cubas de madera, se disolvía en disolventes y la solución de piroxilina se aplicaba sobre tela teñida en máquinas de recubrimiento. Aquel cuero artificial iba a la tapicería de los barcos que construía la Junta de Transporte Marítimo de Estados Unidos y de los camiones militares.

Ficha del Archivo Nacional de Estados Unidos de 1918 que describe la fabricación de cuero artificial con solución de piroxilina en la Athol Manufacturing Company

En el Reino Unido, el equivalente se llamó Rexine y se fabricaba en Hyde, cerca de Mánchester: tela recubierta de nitrocelulosa, aceite de alcanfor, alcohol y pigmento, con el grano estampado. A partir de los años veinte tapizó coches británicos y vagones de tren, y según Wikipedia costaba más o menos la cuarta parte que el cuero. George Orwell lo dejó apuntado en su diario de guerra el 29 de abril de 1942, tras visitar la Cámara de los Lores: los cojines de los bancos eran de rexine rojo y juraba que antes habían sido de felpa.

El plástico moderno llegó en los años treinta. Naugahyde, marca registrada en 1936 y llamada así por Naugatuck, en Connecticut, era un tejido de punto con un recubrimiento de PVC expandido. En los años sesenta y setenta, su publicidad se inventó un animal, el «Nauga», una criatura con cuernos que soltaba la piel sin sufrir daño, y la broma acabó circulando como leyenda urbana. Medio siglo antes de que nadie hablara de zapatos veganos, una campaña ya vendía el falso cuero con el argumento de que ningún animal moría por él.

Muestra de imitación de cuero estadounidense de 1920 con un dibujo geométrico estampado en relieve y envejecido a mano

El intento más ambicioso para el pie fue el Corfam de DuPont, presentado en la feria del calzado de Chicago de 1963. Era el primer «poromérico», palabra que la empresa formó con poroso y polimérico: un recubrimiento de poliuretano sobre una base fibrosa de poliéster, pensado para respirar como el cuero. Fue la estrella del pabellón de DuPont en la Exposición Universal de Nueva York de 1964. En 1971, después de gastar millones en convencer a los fabricantes de zapatos, DuPont lo retiró del mercado y vendió los derechos a una empresa polaca. La fórmula de recubrimiento de poliuretano sobre tejido, en cambio, sobrevivió. Es la base de buena parte de los zapatos veganos que se venden hoy.

Muestras con los pasos de fabricación de un cuero sintético de poliuretano: tejido de algodón, capa coagulada de poliuretano y acabado final

Cactus, uva y manzana: lo que hay dentro del sándwich

La mejor radiografía publicada de estos materiales la hizo en 2021 el instituto FILK de Freiberg, en Alemania. Un equipo encabezado por Michael Meyer comparó en la revista Coatings un cuero para empeine de zapato, un cuero artificial de referencia y nueve alternativas de las que se venden como cuero vegano: Desserto (cactus), Vegea (uva), Appleskin (manzana), Piñatex (piña), Teak Leaf (hoja de teca), SnapPap (papel), Muskin (hongo), un material de kombucha y Noani. En el artículo sobre el curtido del cuero ya contamos lo que salió al medir resistencia y transpiración. Aquí interesa otra cosa: de qué está hecho cada uno.

Las alternativas de cactus, uva y manzana resultaron construidas igual que un cuero sintético convencional. Abajo, un tejido o un punto de poliéster, o de celulosa en el caso de Vegea. En medio, una capa de poliuretano espumado, es decir, con burbujas de gas atrapadas que le dan cuerpo y blandura, con el polvo vegetal metido dentro como relleno. Arriba, un acabado de polímero que pone el color, el brillo y el grano. Para saber de qué era cada capa, el equipo usó espectroscopía infrarroja, una técnica que identifica los compuestos químicos por la luz infrarroja que absorben. La conclusión fue directa: las capas funcionales de estos tejidos recubiertos son sobre todo de poliuretano.

Esquema de las tres capas de un cuero vegano típico: acabado de polímero, espuma de poliuretano con carga vegetal y soporte textil de poliéster

Dicho de otra forma: en un zapato de «cuero de cactus», el cactus va dentro del plástico, no en su lugar. Eso puede reducir la cantidad de poliuretano de origen fósil por metro cuadrado, y es una mejora real si la proporción es alta. Pero la proporción no la midió el estudio, y las marcas no siempre la publican. Sin ese dato, «hecho con cactus» puede significar casi todo.

La consecuencia práctica también es la misma que la de un sintético de toda la vida. El poliuretano envejece con la humedad por hidrólisis, la reacción en la que el agua rompe sus enlaces, que ya explicamos al hablar de cuánto duran unas zapatillas. Y un material recubierto no cede ni se amolda como la piel, por lo que se cuenta en el artículo sobre ensanchar zapatos: su elasticidad vuelve a su sitio en lugar de quedarse con la forma del pie.

Piña, teca y papel: fibras pegadas

El segundo grupo que identificó FILK no es un tejido recubierto, sino una tela no tejida: fibras sueltas que se unen entre sí por presión, por calor o con un aglutinante, como un fieltro. Es la idea del Piñatex, el material de hoja de piña que desarrolló Carmen Hijosa después de trabajar como consultora de la industria del cuero en Filipinas en los años noventa. Según Wikipedia, se inspiró en el barong tagalog, una prenda tradicional filipina tejida con fibra de piña, y dedicó siete años a desarrollarlo con un doctorado en el Royal College of Art de Londres.

Wikipedia describe su receta así: un fieltro con un 80 % de fibra de hoja de piña y un 20 % de PLA, el ácido poliláctico, un plástico de origen vegetal que suele salir del almidón de maíz, recubierto después con una resina de origen petrolero. Para un metro cuadrado hacen falta unas 480 hojas, los restos de 16 plantas. Las hojas son un residuo del cultivo de la piña que normalmente se deja pudrir o se quema. Y por esa mezcla, el material no es biodegradable. La fibra de piña es real y aprovecha un desecho, pero el producto final sigue llevando plástico.

Las otras dos telas no tejidas del estudio enseñan los límites del concepto. Teak Leaf llevaba una capa central de celulosa con aglutinante acrílico, un soporte de poliéster y una película de poliolefina, otra familia de plásticos. SnapPap era fibra de celulosa con aglutinante acrílico, casi un papel muy resistente, y su resistencia al desgarro fue baja. En la prueba de flexión, que dobla una probeta decenas de miles de veces como haría un zapato al caminar, Teak Leaf y SnapPap fallaron. El cuero, el Piñatex y el tejido de poliuretano la superaron.

Esquema de las tres familias de cuero vegano según el estudio de FILK: tejidos recubiertos, fibras prensadas y materiales cultivados

El cuero que crece en un laboratorio

El tercer grupo es el más prometedor sobre el papel y el más flojo en el banco de pruebas: materiales que no se fabrican, sino que se cultivan. Muskin sale de un hongo, Phellinus ellipsoideus. Su estructura es una red de hifas, los filamentos que forman el cuerpo de un hongo, y el análisis infrarrojo mostró sobre todo polisacáridos, por lo que los autores dedujeron que las hifas están hechas de quitina, la misma molécula del caparazón de los insectos. El material de kombucha sale del té fermentado del mismo nombre: las bacterias que lo fermentan segregan una celulosa que forma una lámina gelatinosa, que después se seca.

Los dos se probaron como material de empeine y los dos se quedaron lejos. Según el equipo de FILK, la piel animal es entre 100 y 1.000 veces más resistente a la tracción y al desgarro que estos materiales hechos por microorganismos. Lo explican por la arquitectura. El colágeno del cuero forma fibras entrelazadas y unidas entre sí por el curtido, con una capa superior muy apretada. En Muskin, las fibras crecen perpendiculares a la superficie, justo en la dirección que menos aguanta un tirón. Los autores apuntan que alinearlas en la dirección de la carga podría mejorarlo, y eso es lo que intentó vender la industria del micelio.

Su caso más conocido terminó mal. MycoWorks, fundada en California en 2013, fabricaba un material de micelio llamado Reishi con una técnica patentada para controlar cómo crecen las células del hongo. En 2022 publicó en Environmental Sciences Europe un análisis de ciclo de vida, el método que suma el impacto ambiental de un producto desde la materia prima hasta la puerta de la fábrica, según el cual un metro cuadrado de Reishi emitía como mínimo 2,76 kilos de CO₂ equivalente, un 8 % de lo que salía en el cuero de vaca de referencia que modelaron. En 2023, la revista publicó una corrección: dos de los autores trabajaban para MycoWorks, la empresa que había pagado el estudio, y eso no se había declarado. Según Wikipedia, la fábrica de Carolina del Sur que abrió en octubre de 2023 llegó a funcionar al 22 % de su capacidad, cerró en octubre de 2025 y la empresa se declaró insolvente ese mismo mes. Un material puede tener una huella preciosa en una hoja de cálculo y no encontrar quien lo compre.

El zapato vegano que llevaba cuero

El hallazgo más incómodo del estudio de FILK fue el de Noani. El material resultó tener tres capas: arriba, una microfibra estampada; abajo, un tejido recubierto de poliuretano y PVC como cualquier cuero artificial; y en medio, una capa de aglomerado de cuero, es decir, fibras de cuero triturado y vueltas a unir. Los autores escribieron que el hallazgo era sorprendente, porque el producto se vendía como vegano y llevaba estampado en el propio material el sello «PETA approved». No hay forma de que un comprador lo detecte a simple vista. Ni el tacto ni el aspecto delatan lo que va en la capa del medio.

Lo que encontró la química

FILK también calentó las muestras para ver qué compuestos volátiles soltaban y comparó lo que salía con listas de sustancias restringidas, las que la normativa o la industria limitan o prohíben en artículos de consumo. Todas las muestras emitieron compuestos orgánicos volátiles. En cinco aparecieron sustancias restringidas. El tejido de poliuretano de referencia contenía cantidades considerables de dimetilformamida, un disolvente muy usado para fabricar poliuretano, y de tolueno, otro disolvente. Appleskin, butanona oxima, un aditivo habitual en pinturas, y trazas de dimetilformamida. Desserto, cinco: butanona oxima, tolueno, isocianato libre (restos del ingrediente que forma el poliuretano y que no llegaron a reaccionar), folpet, un plaguicida, y trazas de un plastificante llamado ftalato de diisobutilo. Vegea, tolueno. Piñatex, ese mismo ftalato.

Ninguno de esos resultados dice que un zapato concreto sea peligroso: es un ensayo de laboratorio sobre muestras de material, no sobre zapatos terminados ni sobre lo que llega a la piel. Lo que sí dice es que el origen vegetal de una parte del material no limpia la química del resto. Los disolventes y aditivos de un poliuretano siguen siendo los de un poliuretano, lleve o no polvo de manzana dentro.

La cuenta ambiental que nadie ha cerrado

La pregunta que todo el mundo hace, si un zapato vegano contamina menos que uno de cuero, no tiene una respuesta limpia, y conviene desconfiar de quien la dé con un número redondo. No hemos encontrado ningún estudio revisado por pares que compare por metro cuadrado el poliuretano de los zapatos y el cuero de vaca con datos independientes y métodos equivalentes. Lo que hay son análisis encargados por empresas, con supuestos que cambian el resultado: cuánto impacto de la ganadería se le carga a la piel, que es un subproducto de la carne, cuánto dura cada material y qué pasa con él al final de su vida.

La herramienta que más se usó para ese tipo de comparaciones, el índice Higg de materiales de la Sustainable Apparel Coalition, tuvo un tropiezo serio en Noruega. En junio de 2022, según la prensa del sector, la autoridad de consumo noruega concluyó que la marca Norrøna había engañado al consumidor al presumir de camisetas de algodón ecológico con datos del índice, y advirtió a H&M de que ese tipo de afirmaciones serían fácilmente engañosas y, por tanto, prohibidas. El motivo: el índice da el impacto medio de un material, que no tiene por qué ser el del producto concreto que se anuncia, y parte de sus datos estaban desfasados. La coalición dijo que revisaría el índice.

Y luego está el final. Los análisis de MycoWorks ya lo advertían: la mayoría de las alternativas llevan tanto plástico que no pueden biodegradarse. El cuero tampoco desaparece en un compost doméstico, pero es una proteína; un sándwich de poliuretano y poliéster es otra cosa. Un zapato que dura poco y acaba en un vertedero puede salir peor que otro más caro que dura años, sea del material que sea, como se discute en zapato caro o zapato barato.

Qué dice la etiqueta, y qué calla

En la Unión Europea, la Directiva 94/11/CE obliga a etiquetar con pictogramas el material del empeine, del forro y de la suela de cada zapato. Hay cuatro opciones: cuero, cuero recubierto, textil y «otros materiales». Los zapatos veganos suelen caer en la última o en la de textil. El pictograma no dice si el «otro material» es PVC, poliuretano o poliuretano con cactus, ni en qué proporción.

Las palabras también tienen dueño. El estudio de FILK recuerda que la norma europea EN 15987, sobre terminología del cuero, restringe el uso de nombres como cuero sintético o cuero artificial. Italia fue más lejos con el Decreto Legislativo 68 del 9 de junio de 2020, publicado en la Gazzetta Ufficiale el 26 de junio de ese año: reserva «cuoio», «pelle» y «pelliccia» para materiales de origen animal, con multas de 3.000 a 20.000 euros. Tiene una excepción curiosa: deja fuera los productos que ya regula la Directiva 94/11/CE, que es precisamente la del calzado. En los zapatos, la protección de la palabra cuero en Italia corre a cargo de la directiva europea, no del decreto. En España, lo que manda en el calzado es esa misma directiva.

Cómo leer un zapato vegano sin creerse el folleto

Con todo lo anterior, un zapato vegano se entiende mejor si se le hacen tres preguntas en lugar de una. La primera, qué familia de material es: un tejido recubierto de poliuretano, un fieltro de fibras o algo cultivado. La segunda, qué proporción de origen vegetal lleva y en qué capa, porque una cosa es un soporte de celulosa y otra un 10 % de polvo en la espuma. La tercera, de qué está hecha la suela, porque el empeine puede ser de manzana y la suela, de goma sintética o de las espumas que explicamos en EVA o TPU en zapatillas.

Si la marca contesta a las tres, ya sabe uno más que con la palabra vegano. Si no contesta a ninguna, el zapato puede ser perfectamente bueno, pero lo que está vendiendo es una ausencia. El falso cuero lleva más de un siglo prometiendo que esta vez sí es mejor que la piel. Algunos materiales han mejorado mucho. Ninguno de los que se han medido en un laboratorio independiente reúne todavía, en un solo material, la resistencia, la flexión y la transpiración del cuero, y ninguno ha demostrado con datos independientes que su huella ambiental sea menor.

Fuentes

Créditos de las imágenes

  • Extracción de fibra de hojas de piña: Piñatex. Licencia CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.
  • Ficha de la Athol Manufacturing Company, 1918: Archivo Nacional de Estados Unidos (NARA). Dominio público, vía Wikimedia Commons.
  • Imitación de cuero de 1920: Cooper Hewitt, Smithsonian Design Museum. Dominio público, vía Wikimedia Commons.
  • Pasos de fabricación de un cuero sintético de poliuretano: Holger Casselmann. Licencia CC BY-SA 3.0, vía Wikimedia Commons.
  • Esquemas de las capas y de las familias de materiales: feetkeepers.

Descálzate y empieza el camino. feetkeepers

Este artículo es informativo y general y no sustituye la opinión de un profesional sanitario. Si tienes cualquier duda sobre la salud de tus pies, consulta a un podólogo o a un médico. Aviso sanitario.