Quitarse los zapatos en casa: la frontera de la puerta, país por país

Quitarse los zapatos en casa parece una manía de cada familia, y es en realidad una frontera cultural tan marcada como el idioma. Hay países donde entrar calzado en un salón es una grosería comparable a no saludar, y otros donde pedirle a una visita que se descalce resulta casi tan raro como pedirle que se quite la camisa. En medio está España, que no tiene una norma clara. Lo interesante no es quién tiene razón, sino por qué la puerta de casa se ha convertido en tantos sitios en el lugar donde termina la calle. Y qué pasa exactamente con lo que la calle trae pegado a la suela.

En el artículo sobre la vergüenza de enseñar los pies ya contamos el sentido religioso de descalzarse y lo que es el genkan japonés. Aquí toca el resto: el mapa de costumbres, la ciencia de las suelas y una disputa colonial que empezó con un zapato.

Japón: un escalón que separa dos mundos

En Japón, según Wikipedia, el genkan es la zona de entrada de casas, pisos y algunos edificios, una mezcla de porche y felpudo cuya función principal es quitarse los zapatos antes de pasar al resto de la vivienda. Suele estar rehundido respecto al suelo de la casa, como un recibidor para el barro, con un escalón que va de cinco o diez centímetros hasta la altura de la espinilla o la rodilla. Una vez descalzo no se pisa el suelo de baldosa o cemento del genkan, el tataki, para no meter suciedad en casa. Se cree que la costumbre tiene más de mil años, desde las construcciones de suelo elevado, y sobrevivió a la occidentalización de la vivienda que empezó en la era Meiji, a partir de 1868. El zoólogo estadounidense Edward S. Morse dibujó uno en Tokio en 1885, como contamos en el artículo sobre cuántos pares de zapatos necesitas.

El genkan sirve también de frontera social. Según la misma fuente, es el sitio de las visitas breves: el repartidor que en otros países se quedaría en el porche, en Japón entrega la comida al otro lado del escalón. En las escuelas y los baños públicos hay grandes armarios para el calzado, los getabako, con un hueco para cada persona, y en el colegio los alumnos se cambian a unas zapatillas de interior, las uwabaki, blancas y con una franja de color que suele indicar el curso.

Y dentro de casa hay una segunda frontera. Según Wikipedia, en muchas casas japonesas hay unas zapatillas específicas para el retrete, que se ponen al entrar y se quitan al salir. El exterior y el baño se consideran zonas sucias; el interior, una zona limpia que hay que proteger. Sobre el tatami, la estera tradicional, a menudo ni siquiera se consideran adecuadas las zapatillas de interior.

Zapatillas de color rosa con la palabra «toilet» bordada, preparadas a la entrada de un baño en Japón

Corea, India, Rusia, Canadá: la mitad del mundo se descalza

Japón no es una rareza. Según el repaso de costumbres de Wikipedia, en Corea es habitual quitarse los zapatos en la entrada, el hyun-gwan, y entrar calzado se considera una falta de respeto; muchos coreanos andan por casa descalzos o en calcetines, y en el baño usan chanclas de goma para no resbalar. Es también un país que ha calentado sus casas desde abajo durante siglos: el ondol, el sistema tradicional de calefacción por el suelo, lleva el calor del fuego de la cocina por conductos bajo un suelo grueso de piedra. En Vietnam, Tailandia y Malasia, en India, Pakistán, Afganistán e Irán, lo normal también es descalzarse al entrar en una casa.

Europa está partida. En los países nórdicos, según la misma fuente, la mayoría considera poco higiénico y maleducado entrar con los zapatos puestos, en parte por el clima de invierno, y lo mismo pasa en Rusia, Polonia, Ucrania, los Balcanes o Turquía, donde se ofrecen zapatillas a las visitas. En Irlanda, en cambio, es muy poco habitual que la visita se descalce, en los Países Bajos se considera algo raro, y en Italia o Grecia se usan mucho las zapatillas de casa, pero las visitas suelen entrar calzadas.

En América del Norte, la línea la marca el clima. En Canadá, según Wikipedia, se considera poco higiénico y maleducado que una visita no se quite los zapatos, y muchas escuelas piden a los alumnos un par de zapatos de interior para el invierno, porque las botas llegan mojadas de nieve y con la sal y la arena que se echan en las calles. En Estados Unidos no es una tradición general, salvo en Hawái, Alaska y algunas zonas de inviernos duros, como el noreste.

Esquema de las costumbres de distintos países sobre quitarse los zapatos al entrar en casa

España, sin norma

¿Y España? Según la misma recopilación, no hay una costumbre establecida en las casas españolas ni portuguesas. Hay gente que se pone zapatillas en su propia casa, a menudo por los suelos de baldosa, que son fríos, y no es raro que una visita ande descalza o en calcetines, pero lo habitual es que descalzarse sea opcional y que se considere educado dejar elegir a quien llega. No hemos encontrado una encuesta seria que mida cuántos españoles se descalzan al llegar a casa, así que cualquier porcentaje que se lea por ahí conviene tomarlo con pinzas.

Estados Unidos sí tiene datos. En enero de 2018, la empresa de encuestas YouGov publicó que el 87 % de los estadounidenses se quitaba los zapatos en su propia casa: el 31 % siempre, el 26 % casi siempre, el 18 % a veces y el 12 % rara vez. Pero la mitad nunca pedía a las visitas que se descalzaran, y solo uno de cada diez lo pedía siempre. Me descalzo yo, pero tú pasa: esa es, más o menos, la doctrina estadounidense.

Gráfico de la encuesta de YouGov de 2018 sobre cuántos estadounidenses se quitan los zapatos en casa y cuántos se lo piden a sus visitas

La guerra del zapato en Birmania

En algún lugar la cuestión llegó a tener consecuencias políticas. En Birmania, la actual Myanmar, descalzarse al entrar en una pagoda o un monasterio budista es una muestra de respeto, y antes de la época colonial, según Wikipedia, los que no eran de la realeza se quitaban el calzado para entrar en el recinto del palacio. En 1879, el representante británico ante la corte se negó a descalzarse al entrar en la plataforma del palacio de Mandalay, lo que le impidió ver al rey Thibaw, y en octubre de ese año los británicos retiraron a su delegación. Fue, según la misma fuente, un presagio de la tercera guerra anglobirmana, tras la cual todo el país quedó anexionado a la India británica.

Bajo el dominio británico, según el diario The Irrawaddy, los administradores de las pagodas llegaron a poner carteles que decían «Prohibido el calzado, salvo europeos y americanos». La «cuestión del zapato» se convirtió en una causa nacionalista. U Thein Maung, un abogado formado en Cambridge y miembro del patronato de la pagoda Shwesandaw de Prome, quitó uno de esos carteles, y desde entonces le llamaron «Zapato Thein Maung». En 1917, un alto cargo británico, Sir Archibald Douglas Cochrane, entró calzado en la pagoda Shwemawdaw de Pegu, dañada por un terremoto, y los vecinos se quejaron a la Asociación Budista de Jóvenes. Thein Maung, miembro de la asociación, tomó la causa y dos años después consiguió que el Gobierno colonial prohibiera el calzado en los recintos religiosos. El monje Ledi Sayadaw escribió un tratado entero sobre lo impropio de llevar zapatos en las plataformas de las pagodas, según Wikipedia.

La costumbre sigue tomándose en serio. Según la misma fuente, en agosto de 2017 una turista rusa fue detenida y condenada en Bagan por negarse repetidamente a descalzarse en los recintos de las pagodas.

Retrato del monje budista birmano Ledi Sayadaw, autor de un tratado contra el uso de zapatos en las pagodas

Lo que traen las suelas, según la ciencia

Detrás de casi todas estas costumbres hay una idea común: el zapato trae la calle a casa. Y eso, al menos, está medido. En 2023, un equipo de la Universidad Médica de Shanxi, en China, publicó en Forensic Science International: Genetics un experimento en el que varias personas caminaban por tierra al aire libre y luego por un suelo de madera en interior. Analizaron los microbios de sus suelas y de sus huellas a los 5, 20 y 50 pasos. Incluso después de 50 pasos dentro, entre el 86 y el 92 % de los microbios de la suela seguían viniendo de la tierra de fuera, y solo una pequeña parte del polvo de la casa. Los autores lo estudiaban para saber por dónde había pasado alguien, con fines forenses, pero el dato sirve igual para entender lo que entra por la puerta.

En 2016, un equipo de la Universidad de Houston revisó en el Journal of Applied Microbiology todos los estudios que encontró sobre los microbios en las suelas de los zapatos. Trece estudios respaldaban que las suelas podían transportar microbios patógenos, tanto en hospitales como en la vida cotidiana o entre trabajadores de la alimentación. Otros quince habían probado métodos para limpiar las suelas, y ninguno funcionaba de forma constante. Los autores concluían que hacían falta más estudios para saber cuánto contribuyen los zapatos sucios a la transmisión de esos microbios. Es decir: que viajan en la suela está demostrado; cuánto importa ese viaje, todavía no.

Con la tierra pasa algo parecido. En 2006, A. Hunt, D. L. Johnson y D. A. Griffith midieron en Science of the Total Environment cuánta tierra dejaba el calzado sobre un suelo duro. Una sola entrada manchaba una zona pequeña, pero las entradas repetidas la extendían por todo el suelo, y ni el cepillo, ni la aspiradora, ni la fregona conseguían quitarla toda. Y en 2009, D. W. Layton y P. I. Beamer, de la Universidad de Arizona, publicaron en Environmental Science and Technology un modelo de cómo se forma el polvo de una casa: una mezcla de piel y fibras, partículas del aire de fuera y tierra traída en los zapatos. Con datos históricos de Sacramento, en California, calcularon que a principios de los ochenta la mayor parte del plomo del polvo doméstico llegaba por el aire, por la gasolina con plomo, y que cuando esa gasolina desapareció, la tierra que entraba en los zapatos y volvía a levantarse pasó a ser la fuente principal.

Esquema de cuatro estudios sobre lo que el calzado lleva de la calle a casa: microbios, plomo y tierra

Hay un estudio que se cita mucho y que conviene mirar con cuidado: uno de 2008 de la Universidad de Arizona sobre bacterias en zapatos que se repite en internet con cifras muy llamativas. Lo copatrocinó una marca de calzado que vendía zapatos lavables a máquina, y solo hemos encontrado resúmenes de prensa, no el estudio completo, así que no repetimos sus números.

Lo que no dicen los estudios

Ninguno de estos estudios dice que quitarse los zapatos en casa tenga un efecto concreto sobre la salud de quien vive en ella, y no nos corresponde a nosotros decirlo. Lo que sí dicen es más modesto: que la suela de un zapato es un transportista muy eficaz de lo que hay en el suelo de la calle, que lo deja repartido por el suelo de casa y que limpiarlo después cuesta más que no meterlo. Del olor, que es otro de los argumentos de siempre, hablamos en el artículo sobre el mal olor de los zapatos.

La pregunta de si hay que descalzarse sigue siendo, sobre todo, una cuestión de costumbre, de clima y de suelo. En una casa japonesa con tatami, en una coreana con el suelo caliente o en una canadiense con medio metro de nieve fuera, la respuesta es evidente. En un piso español con baldosa fría y visitas que no avisan, no tanto. Al final, cada puerta decide hasta dónde llega la calle. Y la suela, mientras tanto, sigue trayéndola consigo, con la misma carga simbólica de suciedad que explica por qué hay zapatillas colgadas de los cables y no camisetas.

Fuentes

Créditos de las imágenes

  • Armarios de calzado a la entrada del instituto Yashima, Japón: Douglas P. Perkins. Licencia CC BY 3.0, vía Wikimedia Commons.
  • Zapatillas para el baño en Japón: RachelH_. Licencia CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons.
  • Retrato de Ledi Sayadaw: autor desconocido. Dominio público, vía Wikimedia Commons.
  • Esquemas de costumbres y de las suelas, y gráfico de la encuesta: feetkeepers.

Descálzate y empieza el camino. feetkeepers

Este artículo es informativo y general y no sustituye la opinión de un profesional sanitario. Si tienes cualquier duda sobre la salud de tus pies, consulta a un podólogo o a un médico. Aviso sanitario.