Cuántos pares de zapatos necesitas no lo decide tu armario, ni tu sueldo, ni la última rebaja. Lo decide el agua. Un zapato que se pone por la mañana sin haberse secado del día anterior trabaja mojado, y la piel mojada se comporta como otro material: más blanda, más fácil de deformar y más fácil de romper. Lo dejó escrito el Gobierno de Estados Unidos hace casi un siglo, y la física de los materiales explica hoy por qué tenía razón.
La pregunta útil es cuántos pares hacen falta para que cada uno tenga tiempo de secarse entre uso y uso. La respuesta sale de una cuenta muy sencilla, pero antes hay que entender de dónde viene el agua y qué le hace a un zapato.
El agua que entra con cada pie
La planta del pie es una de las zonas del cuerpo con más glándulas sudoríparas. En 2013, los fisiólogos Nigel Taylor y Christiano Machado-Moreira, de la Universidad de Wollongong, en Australia, reunieron décadas de mediciones en una revisión publicada en Extreme Physiology & Medicine. Según los estudios que recopilaron, la planta tiene de media unas 294 glándulas activas por centímetro cuadrado, más que la palma de la mano (241) y casi el doble que el empeine (155). En la yema de los dedos del pie, un único conjunto de datos llegó a contar 540.
Lo curioso es que tener muchas glándulas no significa sudar mucho. La misma revisión concluye que, cuando el cuerpo se calienta en reposo, la planta del pie es de las zonas que menos sudor producen, y que la cara inferior del pie suelta alrededor de dos tercios de lo que suelta la de arriba. Durante el ejercicio, los pies aportan en torno al 4 % del sudor de todo el cuerpo, en proporción a su superficie.
Por internet circula la cifra de que cada pie suda medio litro al día, a veces un litro entre los dos. La repiten muchas webs de podología y de calzado, pero no hemos encontrado el estudio del que sale. Lo que sí está medido es que el pie suda, que buena parte de ese sudor se queda dentro del zapato y que el zapato tiene que soltarlo antes de la siguiente puesta.

Lo que el sudor le hace a la piel
El cuero es colágeno, la misma proteína que da estructura a la piel del animal, curtido para que no se pudra. Y el colágeno cambia con el agua. En 2019, un equipo de la Universidad Massey, en Nueva Zelanda, y del Instituto Max Planck de Coloides e Interfaces, en Alemania, estudió con rayos X cómo responde el cuero a la humedad. Acondicionaron muestras a distintas humedades y midieron su flexibilidad con un ensayo de flexión. Con más humedad, el cuero se volvía más flexible: el agua se mete dentro de las fibrillas de colágeno, separa un poco las moléculas y actúa como un lubricante que les deja moverse con más libertad.
Ese hallazgo de laboratorio encaja con algo que los zapateros sabían de sobra. Un zapato mojado cede. Y lo que cede bajo el peso de una persona que camina ocho horas se deforma, se estira y no siempre vuelve a su sitio.
El boletín de 1927 que ya pedía dos pares
En abril de 1927, el Departamento de Agricultura de Estados Unidos publicó el Farmers’ Bulletin número 1523, Leather Shoes: Selection and Care, firmado por F. P. Veitch, R. W. Frey y H. P. Holman, investigadores de cuero y curtidos de la Oficina de Química. En agosto de 1952 lo revisaron J. S. Rogers e I. D. Clarke, del laboratorio regional del Este. Hoy está digitalizado en el Internet Archive, con la advertencia de que es un documento histórico que no refleja necesariamente el conocimiento actual. Aun así, sus consejos sobre el agua se leen como si fueran de ayer.
El boletín lo planteaba como una cuestión de dinero: un plan económico es tener dos pares de zapatos para alternarlos cada día, de modo que cada par pueda secarse entre una puesta y otra. Y explicaba el motivo sin rodeos: el sudor es muy duro con la piel, y unas pieles constantemente mojadas por él pueden agrietarse y romperse pronto, sobre todo si no se protegen con un engrasado de vez en cuando.
Sobre el zapato empapado era todavía más claro. La piel mojada es blanda, de modo que se estira con facilidad y pierde la forma, las costuras la cortan con facilidad y se desgasta deprisa. Y secarla tiene su trampa: según el boletín, la piel mojada se «quema» mucho antes que la seca, y si se calienta más de lo que la mano aguanta, casi seguro que se estropea. Ponerla contra un radiador, una tubería de vapor, una estufa o incluso dentro de un horno, que por lo visto había quien lo hacía, la arruinaba. Secado deprisa y sin cuidado, el zapato encogía, se volvía duro y apretado, perdía la forma, y la suela a menudo se agrietaba y a veces hasta se caía a trozos. La receta era lenta: quitar el barro con agua templada, enderezar contrafuerte, tacón, pala y puntera, rellenar el zapato con papel arrugado para que mantuviera la forma y secara antes, y dejarlo en un sitio que no estuviera demasiado caliente. Y no ponérselo hasta que estuviera seco del todo.
El boletín recoge también un cambio de época. En 1950, casi la mitad de las suelas de todos los zapatos ya eran de materiales sintéticos, y a finales de 1951 las suelas de cuero habían caído al 44,9 % del total, frente al 52,0 % del año anterior. Los autores advertían que esas suelas nuevas eran más calurosas en verano y más frías en invierno, y que no evacuaban el sudor tan bien como el cuero.

Las hormas de madera
En el mismo apartado, el boletín de 1952 recomendaba las hormas, esas piezas de madera o plástico que se meten en el zapato cuando no se usa, y decía que unas almohadillas de papel eran un sustituto bastante aceptable. Su función, según el texto, es ayudar a que el zapato conserve su forma original.
Una horma de este tipo, que no hay que confundir con la horma de fabricación sobre la que se monta el zapato, es la respuesta mecánica al problema que describía el boletín: si la piel húmeda cede, que ceda sobre la forma correcta. Muchas se venden en madera de cedro con la promesa de que absorbe la humedad y deja buen olor. Es un argumento comercial que no hemos visto medido en ningún estudio independiente.

El olor sale del sudor
Hay otro motivo por el que el sudor importa, y se nota con la nariz. En 2006, un equipo de los laboratorios de la empresa japonesa Kao publicó en el Canadian Journal of Microbiology un estudio sobre el origen del olor de pies. El responsable principal era el ácido isovalérico, que aparece cuando Staphylococcus epidermidis, una bacteria que vive de forma normal en la piel, descompone la leucina, un aminoácido presente en el sudor.
En 2015, investigadores de Unilever y de la Universidad de Loughborough, en el Reino Unido, mapearon las bacterias del pie en la revista FEMS Microbiology Ecology. Los estafilococos dominaban en todo el pie y eran casi toda la población bacteriana de la planta. El ácido isovalérico apareció en la planta, pero no en el empeine. Es decir, el olor tiene una geografía: se fabrica abajo, donde está la mayor parte de las bacterias que lo producen.
Ninguno de estos dos estudios midió zapatos. Pero dejan claro que la materia prima del olor es el sudor, y que el sudor que se queda en el calzado no se va solo. Sobre cómo influye el tejido del calcetín en todo esto hablamos en el artículo sobre algodón, merino y sintético.
En invierno, el agua también roba calor
Para quien usa botas en frío, la humedad tiene un coste más. En 1999, Kalev Kuklane e Ingvar Holmér, del Instituto Nacional para la Vida Laboral de Suecia, junto a Gordon Giesbrecht, midieron cuánto aislamiento pierde el calzado cuando el pie suda. Usaron un pie térmico artificial que simulaba tres ritmos de sudoración, 3, 5 y 10 gramos por hora, y probaron cinco tipos de calzado durante hora y media. El aislamiento caía entre un 9 y un 19 % con el ritmo más bajo y entre un 19 y un 36 % con el más alto. Lo llamativo es que las botas más abrigadas perdían, en proporción, más que las finas. En una prueba de ocho horas, más de la mitad de toda la pérdida se producía en la primera hora y media.
Diez años después, en una revisión publicada en Industrial Health, Kuklane resumía que la humedad es la variable que más afecta al aislamiento y al confort del calzado, y que combinada con el movimiento puede reducir la protección contra el frío en un 45 %. Una bota que no se ha secado del día anterior empieza la jornada con esa desventaja.
Lo que la rotación no arregla
Rotar el calzado se defiende a menudo con otro argumento: que la espuma de la zapatilla necesita uno o dos días para «recuperarse» entre carreras. Es una idea muy extendida, pero no hemos encontrado un estudio con zapatillas reales que la demuestre.
Lo que sí está medido es que la espuma se cansa con los kilómetros. En 2004, Raquel Verdejo y Nigel Mills, de la Universidad de Birmingham, estudiaron la durabilidad de las entresuelas de EVA, la espuma más habitual en las zapatillas de correr, en el Journal of Biomechanics. Tras 500 kilómetros de carrera, el pico de presión bajo el pie había aumentado de media un 100 %. Al microscopio electrónico, después de 750 kilómetros, las paredes de las burbujas de la espuma aparecían arrugadas y con algún agujero. Lo que el estudio midió fue el desgaste por kilómetros. Con dos pares, cada uno acumula la mitad de kilómetros, pero el total es el mismo. Más sobre lo que hace la espuma, en el artículo sobre el drop de las zapatillas.
Un armario de zuecos en Tokio
El zoólogo estadounidense Edward S. Morse vivió en Japón a finales del siglo XIX y en 1886 publicó Japanese Homes and Their Surroundings, un libro sobre las casas japonesas dibujado por él mismo. En noviembre de 1885 fechó el dibujo de un zapatero de pared que encontró en el estrecho recibidor de una casa antigua cerca de Ueno, en Tokio. Al echar un vistazo a los zuecos que guardaba, escribió, descubrió las mismas manías al caminar que en su país: unos estaban gastados por el tacón y otros por los lados. Había zuecos de todos los tamaños y clases, desde los corrientes de los niños, con el barro seco de la calle todavía pegado, hasta los buenos, con los lados lacados y las suelas de estera fina. A un lado colgaba un juego de cordones de repuesto.
Un zapatero lleno es exactamente eso: el registro de cómo camina cada persona de la casa, con pares para cada uso y cada momento.

La cuenta
Con todo esto, la cuenta sale sola. Si un par se usa a diario, necesita un compañero para alternar con él y tener un día entero para secarse. Esa es la regla del boletín de 1927 y sigue siendo la base. Después se multiplica por los usos que se repiten en tu vida: el zapato de trabajo, el de deporte, el de lluvia o frío, el de las ocasiones. Cada uso que se repite casi todos los días pide dos pares. Cada uso esporádico se cubre con uno, porque ese zapato ya descansa solo.
Pongamos a alguien que va a trabajar cinco días a la semana, corre tres y vive en una ciudad con invierno de verdad. Dos pares para el trabajo, que se turnan. Uno para correr, que ya descansa un día entre salida y salida. Uno para la lluvia y el frío, y uno para las ocasiones. Cinco pares. Bastantes menos de los que se acumulan en muchos armarios y cuatro más de los que tiene quien lleva el mismo par a diario. Y la talla del segundo par conviene comprarla con el mismo criterio que la del primero, como explicamos en el artículo sobre por qué los zapatos aprietan más por la tarde.
Mientras tanto, la industria fabrica como si cada persona necesitara mucho más. Según el World Footwear Yearbook de la asociación portuguesa del calzado, APICCAPS, en 2024 se produjeron en el mundo 23.900 millones de pares, casi nueve de cada diez en Asia. En Norteamérica se consumieron 4,8 pares por persona en un solo año. En África, 1,4.

Fuentes
- N. A. S. Taylor y C. A. Machado-Moreira (2013), «Regional variations in transepidermal water loss, eccrine sweat gland density, sweat secretion rates and electrolyte composition in resting and exercising humans», Extreme Physiology & Medicine 2: 4.
- S. J. R. Kelly, R. Weinkamer, L. Bertinetti et al. (2019), «Effect of collagen packing and moisture content on leather stiffness», Journal of the Mechanical Behavior of Biomedical Materials 90: 1-10.
- F. P. Veitch, R. W. Frey y H. P. Holman, revisado por J. S. Rogers e I. D. Clarke, Leather Shoes: Selection and Care, Farmers’ Bulletin 1523, Departamento de Agricultura de Estados Unidos (1927, revisión de 1952).
- K. Ara, M. Hama, S. Akiba et al. (2006), «Foot odor due to microbial metabolism and its control», Canadian Journal of Microbiology 52(4): 357-364.
- D. Stevens, R. Cornmell, D. Taylor et al. (2015), «Spatial variations in the microbial community structure and diversity of the human foot is associated with the production of odorous volatiles», FEMS Microbiology Ecology 91(1): 1-11.
- K. Kuklane, I. Holmér y G. Giesbrecht (1999), «Change of footwear insulation at various sweating rates», Applied Human Science 18(5): 161-168; K. Kuklane (2009), «Protection of feet in cold exposure», Industrial Health 47(3): 242-253.
- R. Verdejo y N. J. Mills (2004), «Heel-shoe interactions and the durability of EVA foam running-shoe midsoles», Journal of Biomechanics 37(9): 1379-1386.
- E. S. Morse (1886), Japanese Homes and Their Surroundings.
- APICCAPS, World Footwear Yearbook 2025, datos de 2024.
Créditos de las imágenes
- Zapatos (1886), Vincent van Gogh, Van Gogh Museum. Dominio público, vía Wikimedia Commons.
- Gráfico de glándulas sudoríparas: feetkeepers.
- Portada del Farmers’ Bulletin 1523: Departamento de Agricultura de Estados Unidos. Dominio público, vía Wikimedia Commons.
- Hormas para zapatos: Bettenburg. Licencia CC BY-SA 3.0, vía Wikimedia Commons.
- Zapatero japonés (1885): Edward S. Morse. Dominio público, vía Wikimedia Commons.
- Zapatería en Barcelona: Tomascastelazo. Licencia CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.
