Obligar a llevar tacones en el trabajo parece una costumbre de otra época, y en 2016 una empresa de Londres mandó a casa a una recepcionista por no llevarlos. En 2019, un ministro japonés dijo en el Parlamento que podían ser necesarios y adecuados. En 2023, la Inspección de Trabajo propuso multar a una aerolínea española por exigir a sus tripulantes tacones de entre cinco y ocho centímetros. No es una historia del pasado: es un conflicto vivo entre el código de vestimenta de una empresa y el derecho a no ser tratada de forma distinta por ser mujer. La pregunta legal es sencilla de formular y complicada de responder: ¿puede una empresa decidir la altura de tus zapatos?
Tiene su ironía. Como contamos en cuando el tacón era de hombres, el tacón nació como calzado masculino de jinetes y aristócratas. Siglos después, los códigos de vestimenta se lo exigen solo a ellas.
La recepcionista que se fue a casa
El caso que lo puso todo en marcha empezó en el primer día de trabajo de Nicola Thorp, una recepcionista temporal contratada a través de la empresa de servicios Portico para la oficina de la consultora PwC en Londres. Según Wikipedia, ella contó que la habían enviado a casa sin cobrar por no seguir el código de vestimenta, que según su relato exigía zapatos con un tacón de entre dos y cuatro pulgadas, de cinco a diez centímetros. Portico dijo que Thorp había firmado las normas de imagen, pero después de que ella lanzara una petición en internet para que fuera ilegal que una empresa exigiera tacones a las mujeres, la empresa cambió su política: desde entonces, las empleadas podían llevar zapato plano o de salón, como prefirieran.
La petición, titulada «Que sea ilegal que una empresa exija a las mujeres llevar tacones en el trabajo», superó las 130.000 firmas según Wikipedia, de sobra para que el Parlamento tuviera que debatirla. La apoyaron, entre otros, la ministra principal de Escocia, Nicola Sturgeon, y varias diputadas. En enero de 2017, dos comisiones parlamentarias, la de Peticiones y la de Mujeres e Igualdad, publicaron un informe conjunto, High heels and workplace dress codes, en el que concluyeron que Portico había incumplido la ley, aunque para entonces la empresa ya había cambiado sus condiciones. El debate en la Cámara de los Comunes se celebró el 6 de marzo de 2017, y los diputados que intervinieron pidieron al Gobierno que cambiara la ley para que ninguna empresa pudiera hacer esa exigencia.
Había un antecedente que pocos recordaron. En 2009, la Sociedad de Quiropodistas y Podólogos del Reino Unido publicó un informe sobre el uso prolongado de tacones y propuso a sindicatos y empresas que el calzado de las trabajadoras entrara en las evaluaciones de riesgos, con alternativas cuando hiciera falta. Siete años después, el asunto seguía en el mismo sitio.
El Gobierno británico contestó en abril de 2017 que no iba a cambiar la ley porque la existente era «adecuada». Lo que sí hizo fue publicar, en mayo de 2018, una guía sobre códigos de vestimenta. Según Wikipedia, esa guía aclaraba que exigir tacones a las mujeres probablemente sería una discriminación directa, aunque a los hombres también se les pidiera un zapato «elegante», y que además podía ser una discriminación indirecta contra quien tuviera problemas de movilidad o de vista. Es decir: la ley no cambió, pero el Gobierno reconoció por escrito que esa ley ya prohibía, con toda probabilidad, lo que le había pasado a Thorp. La paradoja es que hizo falta una petición, un informe y un debate para que alguien lo pusiera negro sobre blanco.

Japón: zapatos y dolor
En Japón, la protesta tuvo hasta un juego de palabras. En 2019, la actriz, escritora y trabajadora a tiempo parcial en una funeraria Yumi Ishikawa se quejó en Twitter de los tacones que le exigían. Según Wikipedia, muchas empresas japonesas piden a sus empleadas tacones de entre cinco y siete centímetros. Su mensaje se compartió casi 30.000 veces, otras mujeres respondieron con sus propias historias y así nació #KuToo, que mezcla el #MeToo con kutsu, que significa zapatos, y kutsū, que significa dolor. Ishikawa reunió 18.856 firmas y las presentó al Ministerio de Sanidad, Trabajo y Bienestar.
La respuesta del ministro Takumi Nemoto, el 5 de junio de 2019 en una comisión parlamentaria, dio la vuelta al mundo, y no siempre con el mismo sentido. Según la transcripción que recoge Wikipedia, dijo que exigir tacones debía hacerse dentro de lo razonablemente necesario, que eso se decide con el sentido común según cada puesto, y que obligar sin necesidad a una trabajadora con una lesión en el pie podía considerarse acoso de poder. Unos medios titularon que el ministro no aprobaba los tacones obligatorios; otros, como CNN, que los consideraba «necesarios y adecuados». Cuando la prensa preguntó, el ministerio lo resumió así: no se acepta obligar a llevarlos cuando eso cause accidentes o lesiones, pero el Gobierno tampoco puede prohibir a las empresas que los exijan, salvo que vayan más allá de lo necesario y razonable para el trabajo.
Ishikawa respondió con algo más gráfico que una petición: ese mismo mes organizó en Tokio un acto en el que varios hombres se calzaron tacones e intentaron andar con ellos. Y la discusión se extendió a otra norma no escrita, la de algunas empresas que pedían a sus empleadas no llevar gafas porque daban una impresión «fría». Las japonesas contestaron en redes con un lema que se traduce como «las gafas están prohibidas».
Los que sí cambiaron las normas
Otros lugares fueron más allá. El 7 de abril de 2017, la provincia canadiense de la Columbia Británica modificó por decreto el artículo 8.22 de su Reglamento de Seguridad y Salud Laboral. Lo curioso es que la nueva redacción no menciona la palabra «tacones». Según la nota oficial del Gobierno provincial y la de WorkSafeBC, el organismo de seguridad laboral, dice que el calzado tiene que tener un diseño, una construcción y un material que permitan trabajar con seguridad, y que la empresa no puede exigir un calzado que no cumpla eso. Para decidir qué calzado es el adecuado hay que tener en cuenta una lista de riesgos: resbalones, tropiezos, terreno irregular, sujeción del tobillo y del pie, aplastamiento, lesiones musculoesqueléticas, temperaturas extremas, sustancias corrosivas, pinchazos o descargas eléctricas, entre otros. Es la misma lógica de la normativa de seguridad que repasamos en puntera de acero, aplicada al revés: no se trata de añadir protección, sino de prohibir que la empresa la quite.
La entonces primera ministra de la provincia, Christy Clark, dijo que cambiaban la norma para acabar con una práctica «insegura y discriminatoria», y según Wikipedia otras provincias canadienses siguieron después. Había un detonante cercano: en 2014, camareras de tres cadenas de restaurantes de Calgary, en la vecina Alberta, denunciaron que se les exigían tacones; la dirección respondió que no había ninguna política escrita sobre el asunto.
Ese mismo año, Filipinas aprobó la Orden 178 del Departamento de Trabajo y Empleo, sobre las medidas de seguridad y salud para quienes, por su trabajo, tienen que estar de pie. Cubre a los empleados del sector privado a los que se exige tacón, a quienes pasan muchas horas de pie y a quienes tienen que caminar mucho. Según el resumen de la revista de recursos humanos HCAMag, la orden pide un calzado práctico que no apriete los dedos, bien ajustado y antideslizante, con apoyo para el arco, y plano o de tacón bajo, de no más de una pulgada, unos dos centímetros y medio, y de base ancha o tipo cuña. Además, obliga a dar descansos para cortar el tiempo de pie y a poner asientos accesibles cuando el trabajo se pueda hacer sentado. La central sindical ALU-TUCP la celebró como la respuesta a una petición de las dependientas de las tiendas.

España: una guía de palacio y una aerolínea
En España no hay una ley que hable de tacones, pero hay tribunales que han hablado de ellos. El 17 de marzo de 2015, la Sala de lo Social del Tribunal Superior de Justicia de Madrid dictó la sentencia 260/2015 en el caso de una guía de Patrimonio Nacional, el organismo que gestiona los palacios reales. A las guías se les exigía zapato de tacón y a los guías de la misma categoría, zapato plano. La empresa había sancionado a una trabajadora, y el juzgado de primera instancia le había dado la razón a la empresa. El TSJ no. Según los resúmenes publicados de la sentencia, consideró que imponer el tacón a las mujeres y el zapato plano a los hombres era una diferencia de trato ligada al sexo sin justificación objetiva, que la medida no era necesaria ni proporcionada, porque la empresa podía permitir zapato plano o de tacón sin romper la uniformidad, y anuló la sanción.
Conviene leer bien la sentencia, porque no prohíbe los uniformes distintos para hombres y mujeres. Lo que reprocha es imponer a unas una carga, el tacón, que a los otros no se les impone, cuando había una alternativa igual de uniforme. En otros casos sobre uniformes, como uno de Renfe que citan esos mismos resúmenes, los tribunales vieron justificada la diferencia. Por eso la sentencia de Madrid es un precedente importante, pero no una regla automática para todo el país: cada caso se mide por si la diferencia tiene una razón objetiva y proporcionada.

El caso más reciente fue el de Vueling. Según Europa Press, la Inspección de Trabajo de la Generalitat de Cataluña propuso en marzo de 2023 una multa de 30.000 euros a la aerolínea por sus códigos de vestimenta y maquillaje, después de una denuncia del sindicato de tripulantes Stavla de abril de 2022. La aerolínea exigía a sus tripulantes de cabina tacones de entre cinco y ocho centímetros, además de una base de maquillaje del tono de la piel, delineador negro y máscara de pestañas. Vueling respondió que había eliminado la distinción por sexo de su código, que el maquillaje era totalmente opcional, que ofrecía varios modelos de zapato desde tres centímetros de tacón y que estudiaba recurrir la propuesta de sanción.
Aerolíneas, casinos y alfombras rojas
Estados Unidos: el maquillaje y la palabra «estereotipo»
En Estados Unidos no hay una ley federal sobre tacones, pero hay jurisprudencia sobre lo que hay detrás de ellos. La sentencia clave es de 1989 y tiene una coincidencia llamativa: la demandada era Price Waterhouse, la consultora que luego se convertiría en PricewaterhouseCoopers, la misma PwC en cuya recepción empezó el caso de Nicola Thorp. Según Wikipedia, a una de sus jefas de proyecto, Ann Hopkins, le negaron dos años seguidos el ascenso a socia, y un superior le dijo que, para tener más opciones, debía andar, hablar y vestir de forma más femenina, maquillarse, peinarse en la peluquería y llevar joyas. El Tribunal Supremo, en Price Waterhouse v. Hopkins, estableció que discriminar a alguien por no ajustarse al estereotipo de cómo debe ser o parecer una mujer es discriminación por sexo según la ley de derechos civiles de 1964.
La frontera, sin embargo, no quedó tan clara para los códigos de imagen. En 2000, el casino Harrah’s de Reno, en Nevada, implantó una política de imagen que obligaba a las empleadas a maquillarse a fondo, y despidió a Darlene Jespersen, camarera de barra con veinte años en la casa, por negarse. En 2006, el Tribunal de Apelaciones del Noveno Circuito, en pleno, admitió que esas normas podían impugnarse como estereotipo sexual, pero falló a favor del casino porque Jespersen no había aportado pruebas de que la política buscara eso. El juez Alex Kozinski, en su voto discrepante, escribió que no hacía falta un perito para saber que el maquillaje cuesta dinero y tiempo, y propuso imaginar una norma que obligara a todos los jueces a llevar polvos, colorete, máscara de pestañas y pintalabios en la sala.
Aerolíneas, casinos y alfombras rojas
Las aerolíneas son el sector que más veces aparece en esta historia. Según Wikipedia, a mediados de los años noventa varias compañías estadounidenses exigían tacón a sus azafatas, con alturas mínimas que iban de media pulgada a las dos pulgadas de USAir; algunas se cambiaban de zapatos durante el vuelo, cuando era menos probable que las viera un supervisor. En 2015, la israelí El Al introdujo la obligación de llevar tacones hasta que los pasajeros estuvieran sentados; el sindicato dijo a sus afiliadas que no la cumplieran, y la norma desapareció ese mismo año. Y en 2023, la australiana Qantas dejó de exigir tacones a sus tripulantes.

En 2001, las camareras de los casinos de Las Vegas organizaron una campaña con un nombre poco diplomático, Kiss My Foot, y consiguieron que los casinos relajaran la exigencia de tacón. Y en 2015, en el Festival de Cannes, un grupo de mujeres se quedó fuera del estreno de una película por llevar zapato plano, entre ellas una que no podía llevar tacón por una operación en un pie; los organizadores dijeron después que el rumor de que el festival exigía tacones a las mujeres en la escalinata no tenía fundamento.

Cuando lo prohibido era el tacón
La historia también tiene su reverso. En los años cincuenta, cuando se popularizó el tacón de aguja, los responsables de muchos edificios empezaron a preocuparse, pero no por quien los llevaba, sino por el suelo. Toda la fuerza se concentra en una punta diminuta, y eso marcaba la madera, el linóleo y los mosaicos y hacía que los tacones se clavaran en rejillas y juntas. Según Wikipedia, se colgaron carteles prohibiéndolos, con poco éxito, y una revista estadounidense de mantenimiento de edificios calculó en 1963 que cambiar suelos había costado en el país al menos quinientos millones de dólares desde la llegada de esa moda. La cuenta de la presión que hace ese tacón sobre el suelo la hicimos en tacones cómodos.
Y la prohibición puede durar menos que una moda. En 2023, una discoteca de Washington llamada Bunker abrió prohibiendo los tacones, las sandalias y las chanclas por seguridad. En menos de un mes retiró la prohibición de los tacones y la cambió por una recomendación: el local es oscuro, subterráneo y con suelos y escalones de hormigón.
Lo que está en juego
La discusión no va de si los tacones son bonitos, ni de si alguien quiere llevarlos. Va de quién decide. Una empresa puede pedir un calzado concreto por seguridad, como explicamos en calzado de trabajo, donde la norma exige punteras, suelas antideslizantes o protección eléctrica según el puesto. Lo que se discute es si puede exigir un calzado solo por imagen, y además solo a las mujeres. En los casos que hemos repasado, los tribunales y los gobiernos que han cambiado las normas apuntan en la misma dirección: el calzado tiene que servir para el trabajo, y lo que se pida a unas personas por su sexo y no a otras necesita una justificación que la estética, por sí sola, no da.
Del diseño de los tacones, de lo que los hace más o menos llevaderos, ya hemos hablado. Aquí la cuestión es otra y más simple. Un zapato que alguien elige es moda. Un zapato que alguien impone, y solo a la mitad de la plantilla, es una norma laboral, y las normas laborales se pueden discutir. Nicola Thorp, Yumi Ishikawa o la guía de Patrimonio Nacional lo hicieron con un par de zapatos planos y una petición, una campaña o un recurso.
Fuentes
- Tribunal Superior de Justicia de Madrid, Sala de lo Social, Sección 3.ª, sentencia 260/2015, de 17 de marzo de 2015 (recurso de suplicación 931/2014; ECLI:ES:TSJM:2015:5341), resumen en LP Derecho.
- Europa Press (2023), «Trabajo propone multar con 30.000 euros a Vueling», recogido por Diario de Avisos, 23 de marzo de 2023.
- Parlamento del Reino Unido, Comisión de Peticiones y Comisión de Mujeres e Igualdad (2017), High heels and workplace dress codes, informe conjunto de enero de 2017.
- Gobierno de la Columbia Británica (2017), nota del 7 de abril de 2017; WorkSafeBC.
- Departamento de Trabajo y Empleo de Filipinas, Orden 178 (2017), resumen de HCAMag.
- CNN (2019), «Japanese minister says high heels are «necessary and appropriate» at work».
- Tribunal Supremo de EE. UU., Price Waterhouse v. Hopkins, 490 U.S. 228 (1989).
- Tribunal de Apelaciones del Noveno Circuito, Jespersen v. Harrah’s Operating Co., 444 F.3d 1104 (2006).
- Wikipedia: High heel policy, KuToo movement, Price Waterhouse v. Hopkins y Jespersen v. Harrah’s Operating Co..
Créditos de las imágenes
- Zapatos de salón negros: SoHome Jacaranda Lilau. Dominio público, vía Wikimedia Commons.
- Tacones de charol: THOR. Licencia CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons.
- Palacio Real de Madrid de noche: Carlos Delgado. Licencia CC BY-SA 3.0, vía Wikimedia Commons.
- Azafata en 1965: Archives New Zealand. Licencia CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia Commons (recortada y con el nombre de la aerolínea difuminado).
- Esquema de las normas y línea del tiempo: feetkeepers.
