Reparar zapatos: qué se puede cambiar, qué no y cuándo merece la pena

Reparar zapatos se ha convertido en un gesto casi exótico, y no debería. Un zapato no se muere de golpe: se le gasta una tapa, se le abre una costura, se le despega la suela. Cada una de esas averías tiene arreglo, si se pilla a tiempo y si el zapato se construyó para tenerlo. Hace setenta años, un boletín del Gobierno de Estados Unidos lo explicaba con la naturalidad con la que hoy se explica cómo cargar el móvil, e incluía la lista de herramientas para hacerlo en casa. Hoy, el oficio que vive de eso está menguando, y en Francia el Estado ha empezado a pagar una parte de la factura para que no desaparezca. La pregunta útil no es si un zapato se puede reparar, sino qué parte del zapato, y si lo que queda alrededor merece el gasto.

Zapatero o remendón

La diferencia entre hacer zapatos y arreglarlos fue, durante siglos, una frontera de oficio. Según recoge Wikipedia, en la tradición británica el cordwainer era el que hacía zapatos nuevos con cuero nuevo, y el cobbler, el que los reparaba. La palabra cobbler se usaba al principio con desprecio, para alguien que no dominaba su oficio, y en el siglo XVIII pasó a designar a quien arreglaba zapatos pero no sabía lo bastante para hacerlos. Del origen cordobés de la primera palabra hablamos en el artículo sobre el curtido del cuero. En castellano, la misma distinción la recoge la palabra remendón.

Esa frontera hoy está borrada: el zapatero que arregla tiene un oficio especializado y cada vez más raro. Pero su trabajo depende de una decisión que se tomó en la fábrica, mucho antes de que el zapato llegara a sus manos: cómo se unió la suela.

Lo que decía el boletín de 1952

En 1927, el Departamento de Agricultura de Estados Unidos publicó el Farmers’ Bulletin número 1523, Leather Shoes: Selection and Care, revisado en 1952, que ya citamos en el artículo sobre cuántos pares de zapatos necesitas. Su apartado sobre reparaciones empieza con una idea sencilla: no hace falta tirar los zapatos en cuanto muestran desgaste. Cuando se rompe una costura o la suela se agujerea, a menudo se pueden reparar y usar mucho tiempo más.

El boletín insistía en la rapidez. En cuanto una costura empieza a soltarse, el corte se agrieta, un tacón se tuerce o se gasta, o la suela se agujerea, el zapato necesita arreglo. Si se deja pasar, el zapato puede quedar tan gastado que ya no merezca la pena repararlo, sobre todo si se ha gastado el vivo o se ha agujereado la plantilla. Ponía un ejemplo muy concreto: en un tacón de madera forrado, si la tapa de cuero o de goma no se cambia a tiempo, se acaba cortando también el forro del tacón, y entonces hay que sustituirlo, a veces con un trabajo caro por lo difícil de igualar el material del resto del zapato.

Y daba un paso más: las costuras abiertas del corte se podían coser a menudo en casa, y una persona mañosa, con un kit de reparación, podía poner tapas nuevas, tacones de goma, medias suelas y protectores metálicos en el tacón o la puntera sin mucha dificultad. El equipo incluía un soporte de horma, varias hormas de hierro, un martillo de zapatero, unas tenazas, cuchillas de cuero, una escofina o lima, leznas, clavos para suelas y tacones, hilo de lino, cerdas y cera. Todo se vendía en ferreterías, en tiendas de suministros para zapateros y por correo.

El mantenimiento que evita el taller

Antes de la reparación está el cuidado, y el mismo boletín le dedicaba páginas. Su resumen cabe en una frase: el barro, el agua y la sequedad excesiva arruinan el cuero, y el aceite y la grasa lo conservan. Por eso, decía, la vida de botas y zapatos se alarga manteniéndolos limpios, flexibles y resistentes al agua. Las botas de trabajo en el campo necesitaban grasa; los zapatos de calle, solo betún, aunque sus suelas se podían aceitar o engrasar. Recomendaba sacar brillo a menudo, sobre todo con ceras flexibles, porque mantienen el cuero blando y le dan un acabado que ayuda a repeler el agua y a que no se acumulen polvo y suciedad. Y para el charol, una capa fina y uniforme de aceite de ricino con una gasa, una o dos veces al mes, para que el corte no se agrietara. Muchas de las averías que llegan al taller empiezan mucho antes, en un zapato que se dejó secar al lado de un radiador o que nunca vio una crema.

Lo que sí tiene arreglo

Las reparaciones más comunes de un taller se pueden ordenar de la más sencilla a la más compleja.

La tapa del tacón es la pieza de goma o de cuero que toca el suelo bajo el tacón y la que antes se gasta. Cambiarla a tiempo evita que el desgaste llegue al propio tacón, como advertía el boletín de 1952.

La media suela sustituye solo la parte delantera de la suela, la que más se gasta al despegar el pie. Un protector de suela es una lámina fina de goma que se pega sobre la suela de cuero para que esta no toque el suelo directamente.

La suela completa es la reparación de fondo, y aquí manda la construcción. En un zapato con vivo cosido, el Goodyear, la suela no está cosida directamente al corte, sino a una tira perimetral, así que se puede sustituir varias veces mientras el corte aguante, como contamos en el artículo sobre cómo se fabrica un zapato.

La suela despegada de un zapato pegado se puede volver a pegar. Las costuras abiertas del corte, las plantillas interiores, los cordones y las cremalleras son trabajo habitual de cualquier taller. Justo las mismas operaciones que aparecen, con su descuento, en el baremo del bono francés del que hablamos más abajo: es un buen resumen de lo que el oficio considera reparable.

Esquema de lo que suele tener arreglo en un zapato, como la tapa, la media suela, la suela completa en zapatos con vivo, la suela despegada, las costuras, las plantillas y las cremalleras, y de lo que suele no tenerlo, como el corte agrietado, la entresuela aplastada, la plantilla de montaje rota o el zapato deformado

Lo que no suele tenerlo

Hay averías que un zapatero rara vez puede resolver. La primera es un corte agrietado de lado a lado. El boletín de 1952 ya advertía que unas pieles constantemente mojadas por el sudor podían agrietarse y romperse, y una grieta que atraviesa el cuero se puede tapar, pero no deshacer.

La segunda es una entresuela de espuma aplastada. En las zapatillas y en muchos zapatos de ciudad, la amortiguación la pone una espuma, a menudo EVA, que se fatiga con los kilómetros: un estudio de la Universidad de Birmingham de 2004 midió que, tras 500 kilómetros de carrera, el pico de presión bajo el pie se había duplicado, como contamos en el artículo sobre cuántos pares de zapatos necesitas. Esa espuma va pegada al corte y a la suela, y en la práctica no se sustituye.

La tercera es la plantilla de montaje rota o el vivo gastado, el límite que ya marcaba el boletín de 1952. Y la cuarta, un zapato que ha perdido su forma, torcido o deformado: la horma sobre la que se hizo ya no está dentro para devolvérsela.

La construcción lo decide

Todo esto se resume en una idea que conviene tener en la cabeza al comprar: la reparabilidad de un zapato se decide en la fábrica. En 1972, un estudio del Departamento de Agricultura estadounidense comparó un zapato oxford casual con la suela pegada y uno de vestir con la suela cosida con vivo, y el segundo salía de fábrica un 64 % más caro, en buena parte por la mano de obra de esa construcción, como contamos en el artículo sobre zapato caro y zapato barato. Parte de esa diferencia es, precisamente, lo que se paga por poder cambiarle la suela después.

¿Cuándo merece la pena? La cuenta tiene tres partes. La primera, el estado del corte: si la piel está sana, el zapato tiene vida por delante. La segunda, la construcción: un zapato con vivo cosido admite una suela nueva entera; uno pegado, sobre todo arreglos más pequeños. Y la tercera, el ajuste: un zapato que ya se ha amoldado a tu pie y te sienta bien vale más que uno nuevo que todavía no sabes cómo se comportará a las ocho de la tarde, como explicamos en el artículo sobre por qué los zapatos aprietan por la tarde.

Zapatero en su taller de Kenner, Luisiana, fotografiado por Russell Lee en 1938

Cuando las suelas se racionaban

Hubo una época en que reparar no era una opción, sino la norma. Durante la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos racionó el calzado para la población civil. Según recoge Wikipedia, a finales de 1942 los zapatos estaban entre los productos que exigían cupones, y en algún momento hacía falta un sello concreto de la cartilla de racionamiento, además del dinero, para comprar un par. Los talleres de reparación lo aprovecharon. En abril de 1943, la fotógrafa Marjory Collins, de la Oficina de Información de Guerra, retrató el escaparate de un taller con un cartel que lo decía todo: que no te preocupe el racionamiento de zapatos, tenemos suelas y tacones de goma de sobra, y nuestros precios siguen igual. El mensaje era claro: si no podías comprar zapatos nuevos, podías hacer que los viejos duraran.

Escaparate de un taller de reparación de calzado en 1943, con un cartel que anima a no preocuparse por el racionamiento de zapatos porque hay suelas y tacones de goma de sobra

En España, la reparación llegó a ser hasta metáfora política. En 1904, el dibujante Joaquín Xaudaró publicó en la revista satírica Gedeón una viñeta titulada «El zapatero remendón», en la que un caballero pregunta a un zapatero qué está haciendo y este responde que unas pequeñas reformas: plantillas, medias suelas.

Viñeta «El zapatero remendón», de Joaquín Xaudaró, publicada en la revista satírica Gedeón en 1904

Un oficio que se encoge

El oficio hoy es pequeño. Según la Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos, en mayo de 2023 había en el país 7.230 trabajadores clasificados como zapateros y reparadores de cuero, con un salario medio anual de 37.030 dólares. La mitad ganaba menos de 36.020 dólares al año, y el 10 % mejor pagado, más de 48.440. Según el portal de ocupaciones O*NET, que patrocina el Departamento de Trabajo, es una ocupación en la que se espera que el empleo siga bajando.

Zapatero reparando calzado en su viejo taller del bazar de Bitola, en Macedonia del Norte, en 2025

Francia ha decidido intervenir. El 7 de noviembre de 2023, la entidad Refashion, que gestiona la responsabilidad de los fabricantes de ropa y calzado en el país, puso en marcha un bono de reparación previsto en la ley antidespilfarro y financiado por las marcas. Según su dossier de prensa, el cliente recibe un descuento directo en la factura de un reparador adherido: 7 euros por cambiar una tapa, 8 por un protector de suela, 8 por una costura o un pegado, y 18 euros por una suela nueva de goma o 25 si es de cuero. El fondo cuenta con 154 millones de euros para el periodo 2023-2028. Al arrancar, la red tenía 600 reparadores, entre ellos 254 zapateros. Y el objetivo es pasar de los 16 millones de prendas y pares reparados en 2019, según la agencia francesa del medio ambiente, a 21,6 millones en 2028.

Fuentes

  • F. P. Veitch, R. W. Frey y H. P. Holman, revisado por J. S. Rogers e I. D. Clarke, Leather Shoes: Selection and Care, Farmers’ Bulletin 1523, Departamento de Agricultura de Estados Unidos (1927, revisión de 1952).
  • R. Verdejo y N. J. Mills (2004), «Heel-shoe interactions and the durability of EVA foam running-shoe midsoles», Journal of Biomechanics 37(9): 1379-1386.
  • F. Poats (1972), «Cattle hides and shoe prices», Servicio de Investigación Económica del Departamento de Agricultura de Estados Unidos.
  • Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos (BLS), Occupational Employment and Wage Statistics, «Shoe and leather workers and repairers», mayo de 2023.
  • O*NET OnLine, «51-6041.00 Shoe and leather workers and repairers».
  • Refashion, Le Bonus Réparation, dossier de prensa (7 de noviembre de 2023).
  • Wikipedia, «Shoemaking», «Cordwainer», «Goodyear welt» y «Rationing in the United States», y las referencias que citan.

Créditos de las imágenes

  • Schusterwerkstatt (1881), Max Liebermann, Antigua Galería Nacional de Berlín. Dominio público, vía Wikimedia Commons.
  • Esquema de reparaciones: feetkeepers.
  • Zapatero en Kenner (1938): Russell Lee, Biblioteca del Congreso. Dominio público, vía Wikimedia Commons.
  • Taller de reparación de calzado (1943): Marjory Collins, Biblioteca del Congreso. Dominio público, vía Wikimedia Commons.
  • «El zapatero remendón» (1904): Joaquín Xaudaró. Dominio público, vía Wikimedia Commons.
  • Zapatero en Bitola (2025): Petar Milošević. Licencia CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.

Descálzate y empieza el camino. feetkeepers

Este artículo es informativo y general y no sustituye la opinión de un profesional sanitario. Si tienes cualquier duda sobre la salud de tus pies, consulta a un podólogo o a un médico. Aviso sanitario.