Cómo se fabrica un calcetín es de esas preguntas que parecen tontas hasta que alguien te enseña la máquina. Un calcetín no se corta ni se cose como una camisa: se teje entero, como un tubo, de arriba abajo, en unos minutos, en una máquina que da vueltas sobre sí misma y que de vez en cuando se pone a ir y venir para hacer el talón. Lo que diferencia un calcetín de un euro de uno de diez no está casi nunca en el dibujo. Está en tres o cuatro decisiones de fábrica que no se ven a simple vista y que se notan al primer paso.
Un telar de 1589
La historia empieza con una máquina que parece un instrumento de tortura. Según Wikipedia, el inventor inglés William Lee construyó en 1589, en Calverton, cerca de Nottingham, el telar de medias, la primera máquina de tejer punto. Tenía una aguja de acero para cada punto, con la punta doblada en forma de gancho, lo que se llama una aguja de barbas. El primer modelo llevaba ocho agujas por pulgada, válido para la lana gruesa; las versiones posteriores llegaron a 16 y a 20, finas suficiente para la seda.
La tradición cuenta que la reina Isabel I le negó la patente dos veces por miedo a que la máquina dejara sin trabajo a las tejedoras a mano del reino, y que Lee acabó en Rouen, en Francia, bajo la protección de Enrique IV. La propia Wikipedia advierte de que parte de las historias populares sobre Lee las rechaza hoy la investigación histórica, así que conviene tomar la anécdota con cautela. Lo indiscutible es que aquel telar fue la primera gran mecanización de la industria textil, unos doscientos años antes de la Revolución Industrial.

La aguja que lo cambió todo
El salto que hizo posible el calcetín industrial fue una aguja. Según el archivo de la industria del punto de Leicester, Knitting Together, Matthew Townsend, un fabricante de Leicester, inventó la aguja de lengüeta, que cambió la industria de forma radical. La fecha baila entre fuentes: el mismo archivo da 1849 en una página y 1847 en otra, y no hemos podido resolver cuál es la buena. Lo que sí está claro es cómo funciona.
Una aguja de lengüeta tiene un gancho en la punta y, justo debajo, una pequeña pestaña articulada, la lengüeta, que se abre y se cierra sola. Cuando la aguja sube, el punto viejo baja por el tallo y abre la lengüeta; el gancho atrapa hilo nuevo; cuando la aguja baja, el punto viejo empuja la lengüeta hacia arriba, cierra el gancho y pasa por encima del hilo nuevo, que queda convertido en el siguiente punto. Con la aguja de barbas de Lee hacía falta una barra que apretara las puntas para cerrarlas en cada fila. La de lengüeta no la necesita, y eso permitió tejer en redondo y mucho más deprisa. Según el mismo archivo, se sigue usando hoy en la mayoría de las fábricas de calcetería del mundo.

La máquina que da vueltas
La máquina de calcetines moderna es circular: un cilindro de metal con ranuras verticales, en cada ranura una aguja de lengüeta, y un juego de levas que las sube y las baja a medida que el cilindro gira. El hilo entra por uno o varios puntos alrededor del cilindro, y el tejido sale por dentro, por abajo, ya en forma de tubo.
El archivo de Knitting Together repasa su evolución a partir de la colección de un antiguo mecánico de Hinckley, Bill Partridge. Las primeras máquinas domésticas tenían 84 agujas, y las abuelas, dice el texto, seguían teniendo que coger las agujas de mano para hacer talones y punteras. En las máquinas semiautomáticas, el operario tenía que cambiar agujas y poner la máquina en movimiento de vaivén a mano para tejer el talón. Después llegaron las automáticas, y en Inglaterra William Bentley introdujo la Komet, de cilindro giratorio, que fabricantes italianos y japoneses copiaron y desarrollaron hasta las máquinas actuales, movidas por motores eléctricos y aire comprimido.
En Italia, esa historia tiene nombre propio. Según un artículo de 2026 de la revista del sector Knitting Industry, en 1946 Francesco Lonati montó en Rezzato, cerca de Brescia, su primera unidad de producción de máquinas circulares para calcetines de hombre y de niño. Hoy, en la fábrica de Hinckley que describe el archivo inglés, los calcetines se tejen en máquinas Bentley Komet, Lonati y Busi.

El talón: la máquina que va y viene
El problema mecánico de un calcetín es que el pie no es un tubo: dobla en el talón. Para tejer esa bolsa, la máquina deja de girar y empieza a ir y venir con solo la mitad de las agujas. Una patente estadounidense de 1992, la 5.103.656, lo describe con precisión: se retira del trabajo un grupo de agujas, la máquina pasa a movimiento alternativo y, en cada pasada, se van retirando agujas una a una para estrechar el tejido hasta formar la primera mitad de la bolsa; luego se van reincorporando para ensancharlo y formar la segunda mitad, simétrica a la primera. La unión entre las dos mitades queda como una línea en diagonal que pasa por el vértice del talón. La puntera se hace igual, al final.
Ese vaivén tiene un precio. Una patente de 1986, la 4.589.267, de la empresa estadounidense Speizman Industries, explicaba en sus antecedentes que tejer así el talón y la puntera es una operación relativamente cara, porque exige preparar la máquina de forma especial, y más lenta que tejer en redondo. Y añadía un dato de mercado: los calcetines deportivos sin talón ni puntera tejidos se habían hecho populares precisamente porque reducían el coste de producción y el precio. Es el calcetín tubo. Ya contamos en el artículo sobre calcetines con sandalias que el calcetín como prenda tiene más historia de la que aparenta; el tubo es la versión barata de esa historia.

La costura que no se ve
Cuando la máquina termina, el calcetín sale con la puntera abierta. Cerrarla es la operación que más separa uno barato de uno caro. El archivo de Knitting Together describe las dos formas. En el remallado, la puntera se coloca sobre las agujas de una máquina de remallar, que pasa un hilo por cada uno de los puntos del calcetín para unirlos, y después se recorta el sobrante. La costura, en cambio, es mucho más rápida porque no recoge cada punto: lo que hace es sobrehilar el borde para cerrarlo.
Una solicitud de patente de 2004 de la empresa italiana Golden Lady describe sin rodeos el dilema. El remallado obliga a enganchar cada punto de una fila en su propio gancho, una operación que tiene que hacer personal con una vista especialmente aguda, y el coste y la dificultad de encontrar a ese personal hacen difícil mantenerla. A cambio, consigue una puntera cerrada prácticamente perfecta y especialmente lisa. Las costuras mecanizadas, más baratas, reparten las puntadas de forma más bien aleatoria y dejan una costura gruesa. Esa costura gruesa es el bulto que se nota sobre los dedos en muchos calcetines baratos.
La industria lleva años intentando tener las dos cosas. En 2016, Knitting Industry contaba que Lonati había ganado en un tribunal de Milán un pleito contra el fabricante taiwanés Da Kong por copiar su sistema de cierre automático de la puntera, que remalla el calcetín directamente en la máquina de tejer. El tribunal ordenó bloquear la venta de las máquinas copiadas.
Después de tejer
Un calcetín recién tejido todavía no es un calcetín de tienda. En la fábrica de Hinckley que describe el archivo, los calcetines salen a menudo en ristras unidas por unos pocos hilos finos, como se ve en la foto de 1940 que abre este artículo, tomada en una fábrica de Nottinghamshire. Una máquina los separa tirando de ellos por un tubo hueco que, de paso, les da la vuelta. Después se cierra la puntera, se vuelven del derecho con aire, se tiñen en máquinas parecidas a una lavadora y se secan.
Luego viene el hormado: se colocan sobre unas plantillas planas con forma de pierna y pie. Los de fibras naturales, como la lana, se vaporizan en una cámara; los de fibras sintéticas se someten a unos 130 °C, que ablandan la fibra lo justo para que se quede con la forma de la plantilla. Al final, una máquina escanea cada calcetín, busca en la cinta el que mejor le encaja por forma y tamaño, los empareja y los dobla. Cuando no hay máquina, se emparejan a mano.
Por qué uno cuesta diez veces más
Con todo esto delante, el precio deja de ser un misterio. La primera diferencia es la fibra. A primeros de septiembre de 2026, el indicador de referencia del mercado australiano de lana, el Eastern Market Indicator, cerró en 1.350 centavos de dólar estadounidense por kilo de lana limpia, unos 13,50 dólares el kilo, según el informe semanal de Australian Wool Innovation. Ese mismo mes, el Departamento de Agricultura de Estados Unidos preveía para la campaña 2026-2027 un precio en granja del algodón de 78 centavos por libra, unos 1,70 dólares por kilo. La comparación es solo orientativa, porque son precios en puntos distintos de la cadena, pero da la escala: la materia prima de un calcetín de merino cuesta varias veces más que la de uno de algodón. Qué hace cada fibra con el sudor lo contamos en el artículo sobre calcetines técnicos.

La segunda es la construcción. Un talón tejido en vaivén cuesta más que un tubo, y una puntera remallada punto a punto cuesta más que una cosida a máquina. La tercera es la finura: las máquinas se diferencian por el diámetro del cilindro y el número de agujas, y cuantas más agujas caben en el mismo cilindro, más fino y denso sale el tejido. Y la cuarta es el volumen. En 2022, la agencia Xinhua contaba, en un reportaje recogido por China Daily, que la localidad de Datang, en la provincia china de Zhejiang, fabricaba unos 27.000 millones de pares de calcetines al año, por valor de 75.000 millones de yuanes, el 70 % del mercado chino y el 35 % del mundial, según las cifras oficiales. Todo empezó a finales de los años setenta, cuando los vecinos convirtieron maquinaria vieja de calcetería en máquinas manuales y empezaron a vender calcetines. Con esas cifras, un céntimo ahorrado por par es una fortuna.
El reparto entre materiales, mano de obra y marca en el precio final es otra cuenta, que hicimos para los zapatos en zapato caro o zapato barato. En un calcetín, lo que se paga de más se suele poder tocar: está en la puntera lisa, en el talón que abraza el pie sin hacer bolsa y en la fibra que hay debajo.
Fuentes
- Wikipedia, «William Lee (inventor)») y «Stocking frame».
- Knitting Together, «Matthew Townsend (1817-1879)», «Socks» (archivo de Bill Partridge) y «Manufacturing a pair of socks».
- Knitting Industry, historia de Lonati (2026) y «Lonati successfully defends automatic toe closing patents» (10 de noviembre de 2016).
- N. M. Hanson II (NK Mills), patente estadounidense 5.103.656, «Split-heel sock» (1992).
- J. C. Barbee (Speizman Industries), patente estadounidense 4.589.267, «Method and apparatus for producing hosiery article» (1986).
- P. Conti (Golden Lady), solicitud de patente US 2004/0168478 (2004).
- Australian Wool Innovation, informe semanal de precios, semana 10 (septiembre de 2026).
- Servicio de Investigación Económica del USDA, Cotton and Wool Outlook, CWS-26i (septiembre de 2026).
- Xinhua, «East Chinese town of Datang socks it to world», China Daily, 2 de junio de 2022.
Créditos de las imágenes
- Fábrica de calcetines de Nottinghamshire en 1940: Ministerio de Información británico. Dominio público, vía Wikimedia Commons.
- Telar de medias del museo de Godalming: Mertbiol. Dominio público (CC0), vía Wikimedia Commons.
- Aguja de lengüeta: C. Nilsson. Licencia CC BY-SA 3.0, vía Wikimedia Commons.
- Máquina circular manual de calcetines: jhritz. Licencia CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons.
- Esquema de cómo sale un calcetín de la máquina: feetkeepers.
- Esquema de por qué un calcetín cuesta más: feetkeepers.
