Los zapatos para viajar son los inquilinos más caros de una maleta de mano. Son rígidos, no se pueden doblar ni enrollar, pesan más que casi cualquier prenda y vuelven de la calle llenos de lo que hay en la calle. En una maleta grande caben por despiste. En una de cabina, cada par se gana su sitio o se queda en casa. La buena noticia es que la decisión no depende del gusto, sino de unas pocas reglas físicas: cuánto cuesta cargar peso en los pies, cuánto tarda en secarse un zapato y qué le hace a una suela el suelo de la ciudad que vas a pisar.
La maleta que tardó en tener ruedas
La maleta de mano moderna es más joven de lo que parece. La patente estadounidense 3.653.474, Rolling luggage, la solicitó Bernard D. Sadow el 16 de febrero de 1970 para la empresa United States Luggage, y se la concedieron el 4 de abril de 1972. Según la historia que se suele contar, a Sadow se le ocurrió al volver de unas vacaciones en Aruba cargando con dos maletas grandes, cuando vio a un hombre que empujaba equipaje sobre una plataforma con ruedas. Su maleta llevaba cuatro ruedecitas y una correa para tirar de ella, como de un perro con correa. Según esa misma historia, al principio la idea se recibió con burlas, hasta que un directivo de los grandes almacenes Macy’s aceptó venderla.

Medio siglo después, la pregunta ya no es cómo arrastrar el equipaje, sino cuánto cabe. En 2015, la Asociación Internacional de Transporte Aéreo, IATA, propuso una medida orientativa para el equipaje de mano, 55 por 35 por 20 centímetros, pensada para que todos los pasajeros pudieran llevar su bolsa en cabina en aviones de 120 plazas o más. No es un límite: cada aerolínea fija el suyo, y conviene mirarlo antes de cada vuelo. Las bolsas que cumplían esa medida podían llevar una etiqueta conjunta de IATA con un código propio, y las aerolíneas que se sumaran a la iniciativa les darían prioridad para quedarse en cabina cuando no cupiera todo el equipaje. Pero da una idea del espacio: 55 por 35 por 20 centímetros son unos 38,5 litros para todo, zapatos incluidos.

El zapato que pasó por rayos X
Los zapatos tienen además una relación complicada con los aeropuertos. El 22 de diciembre de 2001, Richard Reid embarcó en el vuelo 63 de American Airlines entre París y Miami con explosivos escondidos en los zapatos e intentó detonarlos sin conseguirlo. Los pasajeros lo redujeron y el avión aterrizó en Boston. El análisis forense identificó dos compuestos, el PETN y el TATP, y en 2002 Reid se declaró culpable de ocho cargos de terrorismo; fue condenado a tres cadenas perpetuas más 110 años. Según la misma fuente, los escáneres de rayos X no detectan el PETN escondido en un zapato, para eso hace falta un análisis químico, pero sí permiten ver si un zapato se ha manipulado para esconder algo. Según recoge Wikipedia, desde 2006 la agencia de seguridad del transporte de Estados Unidos, la TSA, obligó a todos los pasajeros a quitarse los zapatos en los controles; en 2011 la norma se relajó para los menores de 12 años y los mayores de 75.
Esa regla duró casi veinte años. El 8 de julio de 2025, el Departamento de Seguridad Nacional anunció que los pasajeros de vuelos nacionales podían pasar los controles de la TSA con los zapatos puestos, manteniendo el resto de las capas de seguridad. Fuera de Estados Unidos, cada país y cada aeropuerto tiene sus propios procedimientos. Un zapato fácil de quitar y de poner sigue siendo una ventaja en muchos controles.

Regla uno: el par más pesado va puesto
La primera decisión es cuál de los pares viaja en los pies. La respuesta habitual es llevar puesto el más voluminoso y pesado, para que no ocupe sitio en la maleta. Tiene sentido para el equipaje, pero conviene saber lo que cuesta. En 1969, Richard Soule y Ralph Goldman publicaron en el Journal of Applied Physiology un estudio clásico sobre el gasto de energía al cargar peso en distintas partes del cuerpo. Según los trabajos que lo citan, el mismo peso llevado en los pies costaba entre 4,7 y 6,3 veces más energía que llevado en el tronco, según la velocidad. Un kilo en las botas no es un kilo en la mochila, como contamos en el artículo sobre el calzado de trabajo.
En un día de aeropuerto, con pocas horas de caminar, el precio es pequeño. En una ciudad que se recorre a pie de la mañana a la noche, ese mismo par pesado se paga en cada paso. El calzado de los días de caminata conviene que sea el más ligero que aguante el terreno.

Regla dos: dos pares, para que uno se seque
Viajar con un solo par tiene un problema que no se ve en la maleta: el zapato no descansa. En 1927, el Departamento de Agricultura de Estados Unidos ya recomendaba tener dos pares para alternarlos a diario, de modo que cada uno pudiera secarse entre una puesta y otra, porque el sudor es muy duro con la piel. Y la física del cuero le da la razón: un estudio de 2019 mostró que, con más humedad, el colágeno del cuero se vuelve más flexible, porque el agua lubrica sus fibras. Un zapato mojado cede y se deforma. Lo contamos con detalle en el artículo sobre cuántos pares de zapatos necesitas.
En un viaje, ese consejo pesa más. Un día de lluvia o de calor deja el zapato húmedo, y en una habitación de hotel la tentación es ponerlo junto al radiador. El mismo boletín lo desaconsejaba con dureza: la piel mojada se estropea con el calor mucho antes que la seca, y secada deprisa encoge, se endurece y pierde la forma. La receta era rellenar el zapato con papel arrugado y dejarlo secar despacio en un sitio no demasiado caliente. Con dos pares, uno puede secarse así mientras el otro trabaja.
En un destino frío, la humedad tiene otro precio. En 1999, investigadores del Instituto Nacional para la Vida Laboral de Suecia midieron con un pie térmico artificial que el sudor acumulado reducía el aislamiento del calzado entre un 9 y un 36 %, según el ritmo de sudoración y la bota. Una bota que no se ha secado de la víspera sale a la nieve abrigando menos.
Regla tres: el suelo decide la suela
El segundo par no se elige por el modelo, sino por el suelo del destino. Una ciudad de piedra cambia mucho las cosas. En 2013, un equipo de la Universidad de Michigan midió que caminar sobre un suelo irregular, con desniveles de hasta 2,5 centímetros, aumentaba un 28 % la energía necesaria para ir a la misma velocidad. En chanclas, según un estudio de la Universidad de Salford de 2014, el talón llegaba al suelo al doble de velocidad que descalzo. Y en Lisboa, la calzada portuguesa pulida y mojada se ha ganado su fama de resbaladiza. Lo explicamos con todos los datos en el artículo sobre sandalias planas en una ciudad de adoquín.
El calor también cuenta. Según la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos, el asfalto convencional puede llegar a 67 grados en superficie a mediodía. Los pavimentos llamados fríos, diseñados para reflejar más luz, se quedaban entre 5 y 9 grados por debajo en las mediciones que cita la agencia. Con una suela muy fina, entre el pie y ese suelo solo hay unos milímetros.
Y si el destino es de lluvia, la chancla tiene un problema añadido. En 2021, un equipo de la Universidad de Waterloo, en Canadá, provocó resbalones controlados a personas que llevaban chanclas sobre baldosa seca y mojada. En mojado, cuanto más peso cargaba el pie que resbalaba, más deprisa se deslizaba. Y concluyeron que, con chanclas, el resbalón puede producirse en dos sitios a la vez: entre el pie y la sandalia, y entre la sandalia y el suelo.
Así que la pregunta útil antes de hacer la maleta no es qué zapatos combinan con qué ropa, sino cuántos kilómetros vas a andar, sobre qué suelo y con qué tiempo.

Regla cuatro: nada de estrenar
Hay un último consejo que no tiene que ver con el espacio, sino con el tiempo. El pie cambia a lo largo del día: según los estudios que repasamos en el artículo sobre por qué los zapatos aprietan por la tarde, gana en torno a un 3 % de volumen, y al ponerse de pie se alarga. Un zapato que se ha probado una mañana en la tienda puede comportarse de otra forma a las ocho de la tarde, tras doce horas de ciudad. El viaje no es el sitio para descubrirlo. Los zapatos que se van a usar a fondo conviene haberlos llevado antes durante días largos.
Meterlos en la maleta
Una vez elegidos, los zapatos que van dentro se colocan pensando en tres cosas. La primera, la suciedad: suela con suela, dentro de una bolsa. La segunda, el espacio: los zapatos tienen un hueco interior que se puede aprovechar, y los calcetines caben ahí. Además, como recomendaba el boletín de 1927 con el papel arrugado, un zapato relleno mantiene mejor la forma. La tercera, el peso: el bulto más rígido y pesado se coloca en la base de la maleta, junto a la bisagra o las ruedas, para que la maleta no vuelque y la ropa no se aplaste debajo.
Con los calcetines pasa algo parecido a lo de los zapatos: también tienen que secarse. Según una revisión de 2023 en la revista Textiles, el algodón absorbe mucha humedad y la suelta despacio, la lana absorbe vapor pero se seca lentamente, y el poliéster apenas absorbe agua. Una fibra que apenas absorbe tiene menos agua que soltar cuando se lava en el lavabo de un hotel. Lo explicamos en el artículo sobre algodón, merino y sintético.
La cuenta para una maleta de cabina
Juntando las reglas sale una cuenta corta. Un par puesto, el más voluminoso de los que sirven para caminar. Un segundo par dentro, distinto en lo que importa: si el primero es cerrado y pesado, el segundo más ligero; si el destino es de calor, uno de ellos puede ser una sandalia con buena sujeción. Y, solo si el viaje lo exige, un tercer calzado plano y muy ligero para la ducha, la playa o la habitación. Más allá de eso, cada par que se añade le quita a la maleta el sitio de dos o tres prendas. En casa, la misma lógica de secado y de usos daba unos cinco pares para una vida con trabajo, deporte e invierno. En un viaje corto, los usos se reducen a caminar, cenar y, quizá, mojarse, y dos pares bien elegidos los cubren casi todos.
Fuentes
- B. D. Sadow, patente estadounidense US 3.653.474, «Rolling luggage» (solicitada el 16 de febrero de 1970 y concedida el 4 de abril de 1972).
- IATA, directriz «Cabin OK» sobre el tamaño del equipaje de mano (2015).
- Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos y TSA, «DHS to end “shoes-off” travel policy» (8 de julio de 2025); Wikipedia, «Richard Reid».
- K. Kuklane, I. Holmér y G. Giesbrecht (1999), «Change of footwear insulation at various sweating rates», Applied Human Science 18(5): 161-168.
- L. M. Tennant et al. (2021), «Analysis of invoked slips while wearing flip-flops in wet and dry conditions», Applied Ergonomics 92: 103318.
- R. G. Soule y R. F. Goldman (1969), «Energy cost of loads carried on the head, hands, or feet», Journal of Applied Physiology 27(5): 687-690.
- F. P. Veitch, R. W. Frey y H. P. Holman, Leather Shoes: Selection and Care, Farmers’ Bulletin 1523, Departamento de Agricultura de Estados Unidos (1927, revisión de 1952).
- S. J. R. Kelly et al. (2019), «Effect of collagen packing and moisture content on leather stiffness», Journal of the Mechanical Behavior of Biomedical Materials 90: 1-10.
- A. S. Voloshina et al. (2013), «Biomechanics and energetics of walking on uneven terrain», Journal of Experimental Biology 216: 3963-3970; C. Price et al. (2014), Journal of Foot and Ankle Research 7: 40.
- Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos, «Using cool pavements to reduce heat islands».
- M. R. Islam, K. B. Golovin y P. I. Dolez (2023), «Clothing thermophysiological comfort: a textile science perspective», Textiles 3(4).
Créditos de las imágenes
- Pasajeros con maletas en el aeropuerto de Málaga: Marek Ślusarczyk (Tupungato). Licencia CC BY 3.0, vía Wikimedia Commons.
- Esquema de la maleta y gráfico del peso: feetkeepers.
- Control de seguridad en Austin: FASTILY. Licencia CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.
- Alfama, Lisboa: Pedro Ribeiro Simões. Licencia CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons.
- Dibujo de la patente de la maleta con ruedas: Bernard D. Sadow. Dominio público, vía Wikimedia Commons.
